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A 50 años del golpe: salud mental, trauma y política

El terrorismo de Estado dejó en la Argentina un trauma que todavía atraviesa la vida social. Desde el campo de la salud mental, este artículo revisa las herramientas clínicas y políticas construidas para acompañar a las víctimas y advierte que, cuando las políticas de memoria, verdad y justicia se debilitan, también se vuelve más frágil la elaboración colectiva del daño.

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Imagen ilustrativa de marcha por derecho a la salud mental

A cincuenta años del golpe cívico-militar de 1976, el campo de la salud mental en la Argentina vuelve a ser interpelado no sólo por la memoria del terrorismo de Estado, sino también por las condiciones políticas y sociales del presente. El trauma producido por la violencia estatal no constituye un capítulo cerrado de la historia. Sigue siendo una dimensión activa de la vida subjetiva y colectiva, cuya elaboración depende, todavía hoy, de políticas públicas de memoria, verdad, justicia y reparación.

El terrorismo de Estado produjo un daño psicosocial de carácter estructural. No se trató únicamente de la afectación individual de las víctimas directas. Implicó, además, una fractura profunda de los marcos simbólicos que sostienen la confianza social en el Estado como garante de derechos. La especificidad del trauma argentino radica justamente en esa inversión radical: el agente de protección se transformó en agente de aniquilamiento. Esa ruptura otorgó al daño psíquico una dimensión política constitutiva que todavía atraviesa la vida social.

Desde la transición democrática, los equipos de salud mental de los organismos de derechos humanos construyeron un campo original de intervención que articuló clínica, memoria y producción de prueba judicial. Ese recorrido permitió reformular nociones clásicas como trauma, duelo y reparación. También incorporó problemas específicos de la experiencia argentina: la transmisión intergeneracional del daño, los efectos prolongados de la impunidad y el exilio, y la tensión permanente entre restitución jurídica y elaboración subjetiva.

Sin embargo, el presente vuelve a abrir interrogantes decisivos. En un escenario marcado por retrocesos en las políticas de memoria, por el desfinanciamiento de áreas sensibles del Estado y por discursos públicos que relativizan o banalizan el terrorismo de Estado, las condiciones sociales para la elaboración psíquica se ven nuevamente erosionadas. La producción de sufrimiento no pertenece sólo al pasado. La precarización de la vida, la fragilización de los lazos comunitarios y la deslegitimación pública de las políticas de derechos humanos reactivan modalidades de desmentida social que afectan directamente a las víctimas y a sus familias.

La clínica del trauma extremo enseña que no hay reparación posible si el daño social no es reconocido de manera colectiva. Cuando la sociedad niega o relativiza el crimen, la experiencia traumática queda nuevamente expuesta a la soledad y al silencio. Por eso, el debilitamiento de los programas de acompañamiento a víctimas-testigos, la inestabilidad de los equipos interdisciplinarios y la pérdida de centralidad institucional de las políticas de derechos humanos ponen en riesgo una de las conquistas más importantes del período democrático: la construcción de dispositivos específicos de cuidado para quienes deben atravesar los procesos judiciales por crímenes de lesa humanidad.

La precarización de la vida, la fragilización de los lazos comunitarios y la deslegitimación pública de las políticas de derechos humanos reactivan modalidades de desmentida social que afectan directamente a las víctimas y a sus familias. La clínica del trauma extremo enseña que no hay reparación posible si el daño social no es reconocido de manera colectiva.

El testimonio en los juicios continúa siendo una escena de alta vulnerabilidad subjetiva. Declarar implica reactivar experiencias traumáticas, exponerse a dispositivos judiciales que no siempre logran alojar el sufrimiento y sostener, con la propia palabra, el proceso de verdad y justicia. La desaparición de Jorge Julio López luego de declarar en 2006 marcó un punto de inflexión: evidenció que la responsabilidad estatal no se agota en juzgar a los perpetradores. También incluye la protección integral de quienes sostienen ese proceso con su testimonio. Hoy, esa responsabilidad vuelve a estar en discusión.

A cincuenta años del golpe, el campo argentino de salud mental y derechos humanos sigue ofreciendo herramientas conceptuales y clínicas para leer el presente. La experiencia acumulada en la clínica del terrorismo de Estado demostró que el sufrimiento extremo no puede tratarse como un problema técnico ni neutral. Es una práctica necesariamente situada, atravesada por disputas políticas y por las condiciones materiales de existencia.

Sostener políticas activas de memoria, acompañamiento a las víctimas y fortalecimiento de los equipos de salud mental no es sólo una tarea conmemorativa. Es una condición para que la elaboración subjetiva no quede aislada en el consultorio y para que la democracia no se reduzca a un relato formal. No hay reparación psíquica sin políticas públicas que la sostengan, ni elaboración social posible allí donde el daño vuelve a ser negado.

 

Adelqui del Do es Psicólogo. Especialista en Psicologia Clínica. Integrante del Tribunal de Ética de APBA. Comisión Directiva de Feduba. Miembro fundador de Enclave

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