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¿Por dónde andan los fantasmas de 2001?

Somos partícipes y observadores de un diciembre diferente a los precedentes, algo que resulta casi antinatural en el escenario político argentino. Pero recordar el 19 y 20 de diciembre es necesario para recuperar la fuerza de lo colectivo.

Walter Isaía y Manuel Barrientos

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20-12-01 neustadt (11)

Hay una extraña calma en este diciembre. Una ausencia del eco que, para quienes habitamos la memoria de las últimas décadas, resulta casi antinatural. Durante muchos años, el 2001 funcionó como una “chicharra”, una alarma social. Así la había definido en algún momento Horacio González. Era el límite, el borde, el lugar al que la narrativa política mayoritaria —desde el kirchnerismo hasta incluso sus detractores— juraba no volver jamás. Pero hoy, ese fantasma parece haberse corrido de escena, escondido luego del ruido de una nueva época que intenta, precisamente, borrar las huellas de aquel estallido. Volver a tiempos previos al 19 y 20. Con los mismos nombres, con políticas similares o recargadas.

El 2001 fue mucho más que la caída de un gobierno o el desfile de cinco presidentes en una semana. Fue la cristalización de un proceso que no nació en los saqueos de diciembre, sino en los cortes de ruta de los fogoneros, en la resistencia de los desocupados, de los jubilados y en el cuerpo de quienes veíamos cómo el neoliberalismo del “uno a uno” (nos) desvencijaba la vida. Para quienes éramos jóvenes entonces, el 19 y 20 marcaron a fuego nuestra biografía política. Fue la subversión del orden cotidiano establecido: el momento donde miles interrumpieron sus vidas, no dudaron en dejar lo que estaban haciendo y con una fuerza inspiradora inédita salieron a las calles para constituirse, bajo los gases y los balazos, en sujetos políticos.

Hoy la mirada dominante del sistema político intenta reducir aquel magma a una mera crónica de errores palaciegos o conspiraciones políticas. Otros, desde el cinismo posmoderno, lo sintetizan como un simple “problema financiero”: el corralito, la deuda, el default. Sin embargo, el 2001 fue el round que el pueblo le ganó a la “democracia de la derrota” heredada de la dictadura y los años noventa. El fin de la post dictadura decían en aquellos días desde el Colectivo Situaciones. De allí brotó una vitalidad que pateó a los que nos anunciaban el fin de la historia: asambleas, colectivos de comunicación, economía social y un campo popular que volvió a reconocerse latinoamericano.

Sería muy difícil de explicar la llegada de los gobiernos “progresistas” que se sucedieron a partir de 2003, sin esa movilización social, sin esa vitalidad, sin ese hartazgo, sin esa potencia creadora que generó el proceso popular que estalló en 2001.

Sería muy difícil de explicar la llegada de los gobiernos “progresistas” que se sucedieron a partir de 2003, sin esa movilización social, sin esa vitalidad, sin ese hartazgo, sin esa potencia creadora que generó el proceso popular que estalló en 2001.

Cierto es que el 2001 era una agenda confusa, pero con algunos puntos que aparecían con mucha fuerza: derechos humanos, la mirada latinoamericana, la independencia del FMI, el poder transformador del Estado. Tenía también un poder destituyente de lo establecido. Un tembladeral. 

Duele el 2001 porque todavía no está resuelto. Los 39 asesinados de aquellas jornadas siguen siendo los más anónimos de nuestras luchas. Nadie se hizo bandera. Pocos pueden recordar al menos el nombre de alguno de ellos. En su gran mayoría eran jóvenes pobres, trabajadores precarizados. La Justicia fue poca. Muy poca. Hay una parte de la sociedad que no lo vivió, otra que quiere digerir ese trauma. Otra que, directamente, intenta aplicarle un no volver nunca a ese lugar, a ese infierno tan temido y despojarlo de su carácter de revulsión popular. A veces se tiende a pensar que la experiencia es intransferible, pero el 2001 nos enseña que es más que un recuerdo, es una pregunta que todavía late: ¿Qué se hace cuándo brota en las calles la potencia de un pueblo?

Hoy está claro que no cambió el sistema de raíz. Bajo el gobierno de Javier Milei, está más claro que nunca. Figuras de aquel gabinete de la Alianza, como Federico Sturzenegger o Patricia Bullrich, tienen plena vigencia. Pero también podría pensarse que el triunfo libertario es otra de las caras de la inconformidad y el malestar de aquel diciembre que la democracia argentina aún no puede resolver.

A pesar del silencio de este diciembre, el 2001 sigue ahí, como un movimiento de los sublevados del subsuelo. Lo vimos en las calles contra el 2×1 a los genocidas y contra la reforma laboral en 2017, en las mareas del feminismo y, en estos meses, en la resistencia del sector de discapacidad y la defensa de la universidad pública. Cada marcha o manifestación popular es parte de una historia más larga.

Hay revueltas que parecen fracasos, pero transforman las relaciones sociales para siempre. El 2001 es potencia y creatividad popular. Siempre dispuesta a ser convocada, siempre dispuesta a emerger.

 

4Palabras

Lo ocurrido en diciembre del 2001 fue la cristalización de un proceso que no nació en los saqueos, sino en los cortes de ruta de los fogoneros, en la resistencia de los desocupados, de los jubilados y en el cuerpo de quienes veíamos cómo el neoliberalismo del “uno a uno” (nos) desvencijaba la vida. Para quienes éramos jóvenes entonces, el 19 y 20 marcaron a fuego nuestra biografía política.

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