Picada cultural: El agente secreto + Mauricio Kartun + John Malkovich en la Argentina
Se estrena en cines lo nuevo del brasileño Kleber Mendonça Filho. Baco Polaco brilla en el Teatro Sarmiento. La llegada de Malkovich a Buenos Aires para encarnar el universo del chileno Roberto Bolaño. Un mapa de cine, teatro y libros para buscar comprender el poder, la memoria y la resistencia.
- febrero 22, 2026
- Lectura: 3 minutos
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El agente secreto no es otra película “sobre la dictadura”. Es, ante todo, una obra sobre la estructura de sentimiento de una época. Kleber Mendonça Filho filma el estado de suspensión y oscuridad que el terrorismo de Estado genera en el tejido cotidiano. Es el horror a la vuelta de la esquina, la persecución como ruido de fondo y la urgencia de encontrar, entre tanto escombro, oasis de comunidad, belleza o felicidad.
Recife 1977. El carnaval potencia el escenario enrarecido. La trama sigue a Marcelo (Wagner Moura), un hombre que busca un refugio y la reconexión con su hijo. En ese Brasil asfixiado, el peligro no siempre es un estruendo, a veces es una mirada de más o el murmullo de un vecino.
La película desnuda la maquinaria de exterminio: esa red promiscua entre militares, fuerzas de seguridad, empresarios y bandas paraestatales. Es una estructura siniestra y, al mismo tiempo, brutalmente torpe. Ahí reside el mayor peligro: en esa impunidad descontrolada. El terror se dispone en bandeja para que un empresario pueda desviar fondos de una universidad pública en beneficio propio.
A diferencia de tantas obras que romantizan la memoria como un rompecabezas prolijo, acá la reconstrucción es un campo minado. Los traumas intergeneracionales son heridas abiertas que tardan en cicatrizar.
Pero Mendonça Filho no firma un ensayo político traspasado a la pantalla grande. El agente secreto es un hecho cinematográfico total. Más allá de Moura, el trabajo con los personajes secundarios (atención a Tânia Maria en el entrañable rol de Doña Sebastiana) es de una precisión quirúrgica. También presenta un uso magistral del código del cine de terror de los 70 —con apelaciones directas a Tiburón y otras películas del género, pero también con uso magistral de la prensa sensacionalista— para narrar lo inenarrable. Hay un excepcional uso de las capas de sonido, con los ecos permanentes del carnaval que tapan la amenaza y elevan la fantasmagoría.
Premiada en Cannes y en los Globos de Oro, con cuatro nominaciones a los Oscar, incluyendo a mejor película y actor, El agente secreto llega esta semana a las carteleras argentinas.
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Los paisajes carnavalescos son, también, el territorio de Baco Polaco, la nueva pieza de Mauricio Kartun que habita el Teatro Sarmiento con precios aún amigos. El dramaturgo y director regresa a su cantera predilecta: esa Argentina de las primeras décadas del siglo XX, donde pica gemas de oro y barro. Es el retrato de una nación tan próspera como desigual. Un mundo sin derechos, donde las ilusiones populares cotizan a diez centavos.
Kartun despliega un telón de fondo de tragedia griega tamizado por el sainete y la gauchesca. Prodigio en el manejo de la lengua popular, cimenta identidades a fuerza de recolectar refranes y rescatar autopartes olvidadas de viejas maquinarias de la cultura nacional.
En el campo cordobés, la disposición del poder se ejerce sobre los cuerpos ajenos: una puesta en escena de la máxima de Atahualpa Yupanqui donde las penas nos pertenecen mientras las vaquitas siguen siendo de los Anchorena. Dioses caídos actúan como rehenes de los jóvenes patriarcales, terratenientes a fuerza de herencia: mecanismo perverso para exigirle a las clases trabajadoras sacrificios mayores. Si antes las obras de Kartun sobre los años veinte o treinta funcionaban como una chicharra que advertía sobre riesgos latentes, hoy ya no resuenan lejanas; son el espejo de una actualidad de arrebatos.
En El agente secreto y en Baco polaco conviven dos temporalidades suspendidas. El carnaval, territorio de la máscara y el festejo, ilusión efímera de equiparación y la igualdad. Pero también la intemperie del despojo de derechos, donde el poder se muestra al desnudo, sin brazos políticos ni fachadas de justicia ni mallas de contención. ¿Qué sucede cuando el poder decide no dar tregua? ¿Cuando se propone no dejar ni dos hojas de calendario como respiro de igualdad?
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El próximo 27 de marzo, el Teatro Ópera de la Ciudad de Buenos Aires recibirá a una leyenda: John Malkovich presenta El infame Ramírez Hoffman. Se propone como una experiencia única, donde la narrativa del chileno Roberto Bolaño se funde con la música de Astor Piazzolla y Satie.
La obra pone el foco en la dictadura chilena a través de un personaje siniestro: un aviador que escribe poesías en el cielo mientras integra el aparato represivo. Es una parodia sombría sobre aquellos que creyeron que el arte podía justificar la atrocidad. Considerado uno de los escritores más influyentes de la literatura en lengua castellana, la literatura de Bolaño (1953-2003) volvió una y otra vez a abordar la experiencia del golpe de Augusto Pinochet en 1973, las conexiones con el nazismo, la represión y el exilio.
En tiempos donde algunos intentan “dar vuelta la página”, negar o directamente reivindicar lo ocurrido, esta puesta cobra una vigencia urgente. La necesidad de hacer memoria no es un ejercicio del pasado, sino un acto de resistencia global frente a la repetición del horror.
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Esta semana llegó a nuestras manos la flamante segunda edición de Hacer la revolución: guerrillas latinoamericanas, de los años sesenta a la caída del Muro, el libro del historiador uruguayo Aldo Marchesi. Publicado por Siglo XXI Editores, pone el foco en las formas de articulación de distintas organizaciones de militantes de izquierda de los países del Cono Sur, que convergieron entre los años 1960 y la década de 1990 en toda la región. Marchesi considera que hay muchas preguntas abiertas, que incluso no se terminan de agotar en la discusión pública, porque resurgen de forma cíclica.
El libro será presentado en el marco de la Feria del libro de Derechos Humanos del Espacio Memoria (ex ESMA) –que se realizará del viernes 20 al domingo 22 de marzo–, por medio de una entrevista pública a Marchesi a cargo del director de 4Palabras, Washington Uranga. En las próximas semanas daremos más detalles de la charla.
Eso fue todo por hoy. Hasta la semana próxima. Saludos cordiales, la Redacción.
4Palabras
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