Del cine de Quentin Dupieux a la novela Los reyes de la casa y el documental Cómo ser feliz: un recorrido por obras que analizan la cultura del “like”, la autoexplotación digital y el impacto de las redes en la salud mental. Reflexiones urgentes sobre un presente hiperconectado.
- enero 31, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Magalie nació el mismo día que el instrumento que la convirtió en una celebridad: el 12 de marzo de 1989. Esa fecha marca el surgimiento de Internet, porque se escribió el protocolo de transferencias de hipertextos que dio lugar a la primera página web. Magalie ahora es conocida como “Megajugs”, una de las influencers más destacadas en YouTube y en las redes sociales. Es famosa por sus videos en los que se autolesiona. De niña descubrió que padece una enfermedad rara: una insensibilidad congénita al dolor. Su padre se pasaba horas y horas frente a la computadora mirando videos virales. Los celos llevaron a su hija a realizar audiovisuales para competir por la atención de su progenitor.
La indolencia que sufre le permite someterse a las lesiones más salvajes, desde cortarse de mil formas hasta dejarse atropellar por un auto. Sus fanáticos le piden más y más. Ella quiere más: exige a sus colaboradores producir los videos más riesgosos para mantener atrapados a sus seguidores de todo el mundo. Siempre de diez segundos. O menos.
La lógica de los algoritmos y la monetización de sus audacias la convierten en millonaria. También los jugosos contratos con las empresas que quieren subirse a su poder viral.
Uno de los experimentos no sale bien. Y una periodista lo sabe. Quiere ser la primera que la entreviste, la extorsiona para lograr una exclusiva. Megajugs odia a la prensa. Es la estrella de estas nuevas plataformas de comunicación que detestan y, al mismo tiempo, se retroalimentan con el periodismo. Cree que no los necesita, que son un estorbo en la relación directa con el público. Pero debe aceptar, su asistente le dice que no están en condiciones de negarse. Hasta le explica que debe ser complaciente. Esas preguntas de la periodista son las que permiten conocer su historia. El diálogo por momentos toma las formas de una sesión de psicología, con una tensión manifiesta entre la paciente y su analista/entrevistadora.
Esa es la trama de El accidente de piano, la nueva película protagonizada por Adèle Exarchopoulos, una de las nuevas figuras de la filmografía europea. Está escrita y dirigida por Quentin Dupieux, el niño terrible del cine francés, que no para de escupir largometrajes. A razón de una o dos por año. Fumar causa tos, Yannick, El segundo acto son algunos de ellos.
A Dupieux ninguno de sus títulos le termina de salir redondo, ni alcanza la obra maestra. Pero nadie le puede negar la intención de abordar los grandes temas contemporáneos. En este caso, para reflexionar –al extremo– no sólo sobre el impacto que pueden tener las redes sociales en nuestras vidas y el goce del dolor ajeno, sino también acerca de los problemas crecientes de salud mental y las nuevas formas de explotación (y autoexplotación) laboral. En algún punto es un eco tardío y cinematográfico del novelista y ensayista Michel Houellebecq. En la búsqueda de la polémica, en la tendencia al cinismo y la crueldad. Las obras de Dupieux son una apuesta al shock, que muchas veces más que como un llamado a la acción actúan como un dardo paralizante. El accidente de piano es uno de los estrenos que llegó a Mubi en enero de este año.
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Los diputados franceses aprobaron esta semana un proyecto de ley para prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 15 años e impedir el uso de los móviles en los institutos. El objetivo es que la medida pueda implementarse desde el comienzo del próximo curso escolar. Aún queda la sanción definitiva por parte del Senado.
La escritora Delphine DeVigan abordó el tema en Los reyes de la casa, hasta ahora su última novela, que publicó Anagrama en 2022. Su título en francés es más enfático: Les enfants sont rois. Allí aborda las consecuencias de las redes sociales en la constitución de nuestras identidades.
El personaje central es Mélanie Claux. Licenciada en Filología, casada y madre de dos hijos, busca con obstinación formar la “familia perfecta”. Pero justo cuando parece haberlo alcanzado, la inunda una sensación de vacío. Llora sin motivo aparente: tiene el inventario completo del bienestar material, pero perdió el sentido de la vida.
Su paso fugaz por un reality show en la juventud le dejó una cicatriz: la adicción al reconocimiento. Así decide convertir su existencia en una serie de episodios y temporadas. Facebook es el primer laboratorio y su rol de “supermamá” se transforma en un camino a la monetización. Se llena de corazones y emojis de aquellos otros que validan su existencia.
Luego salta a YouTube e Instagram. La popularidad y el dinero se multiplican. Mélanie construye un imperio en forma de patrocinios, juguetes, merchandising. Su canal traspasa la barrera de los cinco millones de suscriptores y logra facturaciones millonarias. “La intimidad no es un refugio, sino una mercancía con la marca bien visible”, escribe De Vigan. Pero todo se desploma cuando Kimmy, la hija de seis años y estrella del canal, desaparece. La trama salta al policial.
De Vigan pone en juego una técnica casi periodística, con datos, actas judiciales y testimonios. Su escritura se convierte en un bisturí que se mete en la llaga de los problemas contemporáneos: la explotación infantil disfrazada de entretenimiento; la intimidad como algo público; la identidad como algo a ser validado por los otros; la soledad profunda que se esconde detrás del escroleo infinito. (Si aún no leyeron, recomendamos otra novela de De Vigan: Las gratitudes, bella y aguda reflexión sobre la memoria).
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Si Exarchopoulos y Dupieux tomaban un día exacto como punto de inflexión para la configuración de nuestro presente, también lo hace Ofelia Fernández en el documental Cómo ser feliz, que estrenó a fines de 2025 y puede verse en YouTube. “Después de 2010, la depresión grave en adolescentes mujeres aumenta 145%, y en varones 161%. ¿Qué mierda pasó en 2010?”, se pregunta Fernández.
Producido por Fundar y Corta, el documental dura 50 minutos. Tiene guión de Ofelia y Agustín Valle. Y funciona como un espejo incómodo de nuestro tiempo: ¿Se puede hackear la angustia digital?
El mediometraje viaja hasta ese quiebre de 2010 —cuando el “like” se instaló en nuestras vidas— para desmenuzar el combo completo del presente digital: la conexión total, el boom de redes y ese “FOMO” (miedo a perderse de algo) que acelera el pulso de los adolescentes y jóvenes. La mirada de Ofelia está en su generación, claro, pero el diagnóstico salpica a todos.
En algún sentido, Cómo ser feliz es una endoscopia del malestar. Va directo a temas pesados como la fragmentación de la atención, la soledad paradójica y esa sensación de estar ausentes incluso con el teléfono en la mano. Pero no se estanca en la lágrima. Hay una pregunta urgente: ¿Qué significa, hoy, el bienestar en medio del ruido digital? Acá sí hay un llamado a hacerse cargo de nuestro presente.
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Esta semana llegaron dos novedades de la editorial Entropía: Poesía y errancia de Alicia Genovese y Prueba de cámara de Andrés Di Tella. Los leeremos con atención. Esto es todo por hoy. Nos vemos la semana próxima. Saludos cordiales, la Redacción.
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