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Lo inevitable y lo imprevisible
Entre la desazón política, el avance del narco y el pensamiento mágico, la urgencia pasa -dice Sandra Russo- por recuperar lo imprevisible: la movilización juvenil, capaz de encender una nueva utopía.
- octubre 10, 2026
- Lectura: 4 minutos
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Como tantos lectores en el mundo, siempre que leo a Bifo Berardi encuentro alguna idea que no entiendo del todo al principio, pero que me da un puñetazo (estamos en tiempos de puñetazos, no de caricias). Esta vez fue el lunes pasado, un día después de que Bolsonaro ganara en primera vuelta, y la desazón se apoderase de todos nosotros porque no la vemos, no la vemos.
Berardi dice que es necesario el surgimiento de una “izquierda apocalíptica”, que la izquierda tradicional ha fracasado en este Occidente totalmente irracional. Que debe sobrevenir algo alocado.
No creo que surja esa izquierda apocalíptica, pero miro Francia y dudo. Qué habrá sido en su tiempo la Revolución Francesa sino algo apocalíptico visto del lado de los Luises. La generación que nos vendieron como analfabeta en Francia retoma con una fuerza increíble (900 liceos y escuelas tomadas, incendios, batallas campales y un discurso sólido).
Volviendo a Berardi, sí creo que captó la banda emocional que suena mientras bailan multitudes armadas hasta los dientes, votando cachivaches porque reclaman seguridad, ley y orden. El dice que tenemos que funcionar con dos cerebros: el de lo inevitable y el de lo imprevisible. Y viendo Europa esta semana, vaya si sobrevino lo imprevisible.
En Brasil, la demencia que supone votar a Bolsonaro “por la inseguridad”, o “por ser cristiano” -como se autodenominan los neoevangelistas- es la prueba del extravío en el que vive la mitad de la población. Para tener más seguridad votan a narcos que se cargarán a sus hijos o a ellos mismos. Porque, ¿qué elenco eligió Trump para América Latina? Al único posible: una banda de lúmpenes que hace rato tienen estrechos vínculos con el narco, las estafas, los falsos positivos, los escuadrones de la muerte, los carteles que triangulan todo y los que les blanquean la guita. No hay teoría, hay provocación en continuado.
¿Qué elenco eligió Trump para América Latina? Al único posible: una banda de lúmpenes que hace rato tienen estrechos vínculos con el narco, las estafas, los falsos positivos, los escuadrones de la muerte, los carteles que triangulan todo y los que les blanquean la guita. No hay teoría, hay provocación en continuado.
¿Qué pasa por nuestras fronteras ahora que se desreguló todo? ¿Qué circula por el Paraná? ¿Qué entra y sale por vía aérea? El Estado no lo sabe, y ése es un triunfo del narco.
¿Recuerdan a los normalistas acribillados en Ayotzinapa? Nunca se me borró el testimonio de uno de los sobrevivientes: “Nos matan por ser normalistas y querer educar. El narco no quiere estudiantes, quiere mano de obra de corta vida”.
Dirán: ¿Y qué es Ayotzinapa? ¿Un bar de especialidad nuevo? Los millones de termos con los que convivimos son carne de cañón para pastores y fieles envolventes que bendicen a todo el mundo y que te aseguran que si a los ricos Dios les dio fortuna, él sabe por qué lo hace. Y que tu destino está solo en tus manos y en las pruebas que Dios te pone. Dios te puso a Milei. Jodete. Algo habrás hecho.
Despolitización a pleno. Individualismo al palo. Conservadurismo hipócrita: no viven como dicen. Los pastores, menos. Todos aprovechadores del pensamiento mágico inevitable en tiempos de huevos de serpiente.
Ahora que viene el Papa, tenemos la oportunidad de volver a hablar de los valores cristianos primitivos, que son los que comparten las grandes religiones. No estoy hablando de Iglesias, sino de fe popular. San Francisco, como nuestro Francisco, sentía asco por la riqueza vaticana. Francisco, Clara, Bernardo, los jóvenes de Asís, fueron de una excepcionalidad revulsiva para su época. Eran los hijos de los burgueses enriquecidos con las guerras los que crearon las órdenes mendicantes que consideraban a los animales como sus hermanos y con su misma dignidad. Yo no veo en eso algo religioso, sino algo espiritual.
Necesitamos de lo imprevisto, como Francia. Necesitamos que los jóvenes recojan el guante, los más limpios de decepciones, los únicos capaces de reemplazar la distopía por la utopía, porque nuestras vidas ya están hechas pero son ellos los que no tendrán futuro. Y si lo tienen no sabrán qué es la felicidad.
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