Argentina / 3 febrero 2026

temperature icon 29°C
Edit Template

Ozempic: ¿ser flaco o ser feliz?

Dos coordenadas que describen con crudeza el clima de época: la presión por la imagen corporal y la promesa del logro inmediato.

Mariano Rato

Psicólogo Clínico Cognitivo

Compartir:

Compartir:

586397_landscape

Hace poco me topé con un dato que todavía me resuena. Según una encuesta reciente de UNICEF, la primera búsqueda en internet de muchos adolescentes —sobre todo de las chicas— es “cómo bajar de peso”. La segunda: “cómo ganar plata”. Dos coordenadas que describen con crudeza el clima de época: la presión por la imagen corporal y la promesa del logro inmediato. En la adolescencia el cuerpo se vuelve una vidriera que parece determinar pertenencias, deseos y oportunidades; y en un mundo hiperdigital esa presión se multiplica: filtros, comparaciones, rankings implícitos, ideas de “éxito” asociadas a verse de cierta manera.

En ese escenario irrumpe un nombre que todos escuchamos cada vez más: Ozempic. La conversación pública lo presenta como el atajo perfecto para bajar de peso sin demasiado esfuerzo. Ese gancho funciona: una inyección que “apaga” el hambre y hace que la balanza baje. En muy poco tiempo el medicamento pasó de ser un tratamiento para la diabetes a convertirse en un fenómeno cultural. Se habla en consultorios, en charlas de café, en redes sociales. Y, como suele pasar, la ansiedad por resultados rápidos va por delante de las preguntas necesarias.

Lo central no es demonizar ni glorificar un fármaco. Ozempic puede ser útil para personas con indicación médica precisa y seguimiento profesional; también puede generar efectos adversos y, sobre todo, puede reforzar una ilusión peligrosa: creer que un problema complejo se resuelve con una solución inmediata. Mientras discutimos la inyección, vale mirar el paisaje completo. Desde mediados del siglo XX, la industria alimentaria perfeccionó productos ultraprocesados diseñados para que sea difícil —a veces casi imposible— parar de comer. No es casualidad: combinaciones exactas de azúcar, grasas y sal, texturas que crujen por fuera y se deshacen por dentro, formatos pensados para el “un bocado más”. Esa ingeniería del placer, sumada a estilos de vida más sedentarios y estresantes, ayudó a que la obesidad y el sobrepeso se multiplicaran en todo el mundo, con su estela de diabetes, hipertensión y trastornos metabólicos.

Frente a esa realidad colectiva, Ozempic aparece como el otro extremo de la misma cadena: la cultura que nos invita a comer sin freno celebra un medicamento que promete apagar el apetito. Dos caras de un circuito que se retroalimenta: primero el estímulo, después la cura. La paradoja es evidente y debería incomodarnos, sobre todo cuando la adolescencia —etapa de construcción de identidad, de necesidad de pertenecer y de vulnerabilidad frente a los mensajes— queda en el medio de esa pinza.

Ser críticos, sin ser despiadados, implica preguntarnos qué hay detrás del furor. ¿Por qué el éxito inmediato de una inyección nos resulta más verosímil que la posibilidad de transformar hábitos, reglas del juego y expectativas? ¿Qué responsabilidad tienen las plataformas que amplifican modelos inalcanzables? ¿Qué rol juegan las escuelas, las familias, los clubes, el sistema de salud y las políticas públicas? Si el problema es únicamente “mi cuerpo”, la respuesta será siempre individual y urgente; si entendemos que el problema también es del entorno, la conversación cambia: prevención, educación alimentaria, acceso a opciones saludables, regulación de la publicidad de ultraprocesados, abordajes interdisciplinarios, tiempos que no sean incompatibles con la vida real.

No se trata de negar que existan herramientas médicas que ayudan; se trata de no convertirlas en la única narrativa posible. Cuando el centro de la escena lo ocupa la promesa de pérdida de peso “rápida y fácil”, la discusión se empobrece y el riesgo de uso inapropiado crece. Y cuando el foco es solo el número de la balanza, corremos el peligro de perder de vista la salud integral: el descanso, el movimiento, los vínculos, la relación con la comida y con el propio cuerpo.

Quizás el aporte más honesto que podemos hacer, como profesionales y como comunidad, es devolverle complejidad al problema sin perder la empatía. Decir que no existen atajos que valgan para todos, pero sí caminos posibles para cada uno; que la delgadez no es sinónimo de salud, como tampoco lo es la fórmula de una etiqueta “fit”; que la adolescencia no necesita más exigencias, sino más amparo frente a mensajes que lastiman. Y que cualquier decisión sobre medicamentos debe tomarse con información clara, acompañamiento profesional y objetivos realistas, nunca desde la urgencia de encajar en un molde.

Ozempic no es el héroe ni el villano de esta historia. Es un síntoma de una cultura que primero abre el apetito y después ofrece apagarlo. Si algo vale la pena preguntarnos es si vamos a seguir corriendo detrás de soluciones instantáneas o si nos animamos a revisar el sistema que nos empuja de un extremo al otro. Porque, si no discutimos el trasfondo, corremos el riesgo de repetir el ciclo una y otra vez: del bocado irresistible a la inyección que promete silencio, sin haber cambiado nada esencial en el camino.

Facebook / Instagram / YouTube: @marianoratopsicologo

Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Temas relacionados

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete a nuestro
boletín
para mantenerte
actualizado

Publicidades

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: