Kicillof, Cristina, Pichetto y el «Plan B» de Massa: la reorganización opositora frente al espejo libertario
La historia argentina es un cementerio de “ganadores seguros”. En un clima de época efímero, Kicillof busca la polarización total con Milei, mientras Pichetto, Cristina y el massismo tejen redes basadas en la economía real y el capitalismo productivo.
- marzo 7, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Hoy el clima de época intenta imponer una narrativa de inevitabilidad: la idea de que el oficialismo camina hacia un triunfo seguro, incluso en primera vuelta, como si el destino fuera un guión ya filmado. Sin embargo, todos deberían saber que el destino no está escrito en piedra. La historia es un cementerio de “ganadores seguros” que se quedaron en la puerta. Lo supo Antonio Cafiero en 1988, cuando su discurso socialdemócrata y modernizante parecía calzar con el sentido de la época; lo sufrió Mauricio Macri en 2019, luego de arrasar en las elecciones de medio término; y lo padeció Horacio Rodríguez Larreta en 2023, a quien el establishment daba como triunfador consumado.
Hay una cuestión extra. Hoy el mundo vive el reino de lo efímero, es difícil sostener proyectos de largo plazo. El electorado quiere novedades todo el tiempo y la política incentiva expectativas altas que después cuesta cumplir. En América Latina, desde la pandemia hasta acá, de 22 elecciones presidenciales, en 19 ganó la oposición.
En este escenario de incertidumbres disfrazadas de certezas, todos comenzaron a moverse. El tablero de 2027 ya tiene sus primeras piezas en juego, y los movimientos no son solo gestos de supervivencia, sino declaraciones de intención.
En La Plata, el lenguaje ha cambiado. Ya no se habla de Axel Kicillof simplemente como “nuestro gobernador”. La semántica política es precisa: para el funcionariado y su militancia, él es “nuestro candidato”. El discurso de apertura de sesiones en la Legislatura bonaerense no fue un informe de gestión provincial, sino un manifiesto nacional. Kicillof busca la polarización total con Javier Milei, erigiéndose como el espejo invertido del modelo libertario.
Sin embargo, para que esa polarización funcione, se necesitan dos. Y desde la Casa Rosada, en las últimas semanas, prefieren ignorar el guante que lanza el bonaerense. El gobierno elige otros enemigos: prefieren pelear contra las sombras de Juan Domingo Perón o el recuerdo de Cristina Kirchner, saltándose la generación intermedia para vaciar de centralidad al gobernador.
Ya no se habla de Axel Kicillof simplemente como “nuestro gobernador”. La semántica política es precisa: para el funcionariado y su militancia, él es “nuestro candidato”. El discurso de apertura de sesiones en la Legislatura bonaerense no fue un informe de gestión provincial, sino un manifiesto nacional. Kicillof busca la polarización total con Javier Milei, erigiéndose como el espejo invertido del modelo libertario.
Mientras tanto, desde el Congreso, Miguel Ángel Pichetto juega una partida propia. Quienes lo observan de cerca dicen que “juega sobrado”. Sus recientes movimientos diseminan guiños a mansalva: desde su visita a Cristina Kirchner hasta fotos con figuras tan disímiles como Guillermo Moreno, el intendente de Merlo Gustavo Menéndez o el “Gringo” Castro de la UTEP.
Pichetto olfatea un cambio de clima. Sostiene que el debate central hacia 2027 no será la identidad cultural ni la batalla de redes, sino el mundo del trabajo y los salarios, hoy pulverizados. La última encuesta de Zuban Córdoba le da la razón: el eje de la preocupación social está rotando hacia la economía real.
Su propuesta es un “frente nacional basado en el capitalismo productivo”. Pichetto sostiene que hay que jubilar las “estéticas del pasado” para enfocarse en la defensa del trabajo argentino y una inserción inteligente en el mundo. En ese armado, tiende puentes con el kirchnerismo, pero también con el Frente Renovador.
Para este sector del peronismo, el horizonte tiene nombre propio: Lula da Silva. El retorno triunfal del brasileño tras la persecución judicial es el manual a seguir. Pero la clave no fue solo la épica, sino el pragmatismo: la alianza con los sectores industriales y la figura del vicepresidente Geraldo Alckmin –dos veces gobernador del poderoso estado de San Pablo– como garante de orden ante el establishment.
El objetivo es encontrar una figura —probablemente un gobernador o un referente del interior— capaz de sintetizar dos mundos hoy distantes: el progresismo de los grandes centros urbanos y el electorado del centro católico y conservadurismo popular de las provincias. Esos sectores que necesitan un mercado interno vivo pero que sienten un escozor estético ante las formas presidenciales actuales.
¿Y Sergio Massa? En el Frente Renovador aseguran que el ex ministro no ha abandonado su proyecto nacional. No obstante, por primera vez, asoma una novedad: Massa no se enoja cuando se menciona una posible candidatura a la gobernación de Buenos Aires. El massismo parece haber diseñado un plan B, un acuerdo a dos bandas que le permitiría convivir con Kicillof y el kirchnerismo.
El juego ha comenzado. Entre la ilusión de invencibilidad del oficialismo y la reorganización de una oposición que busca identidad, el 2027 se siente a la vuelta de la esquina. Porque en Argentina el futuro siempre llega antes –y de modo distinto– de lo previsto.
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