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Glifosato en Misiones: la “punta de lanza” de un arsenal químico que enferma a la población

Hugo Sanz, productor misionero, denuncia el uso de agrotóxicos en el campo y desmonta el mito de los “bioinsumos”. Alerta sobre el impacto severo en la salud, sustentado en evidencias sobre cáncer y malformaciones congénitas, y cuestiona la desprotección estatal frente al avance del monocultivo industrial y la concentración del mercado yerbatero.

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La imagen muestra un termo verde metálico con la palabra Glifosato impresa, sirviendo agua en un mate en medio de un yerbal.

Hugo Sanz, productor misionero y referente asociativo, denuncia el uso indiscriminado de herbicidas tóxicos bajo el rótulo engañoso de “bioinsumos”. Cita evidencias científicas sobre malformaciones congénitas y cánceres vinculados a estas prácticas agrícolas, mientras critica la ausencia total de políticas estatales que protejan tanto la salud pública como la soberanía alimentaria frente al avance del monocultivo industrial.

La conversación con Hugo Sanz, desde Posadas, Misiones, puso el foco no solo en la crisis económica del sector yerbatero, sino en una emergencia sanitaria silenciosa pero devastadora: la contaminación por agrotóxicos, específicamente el glifosato. Para Sanz, este veneno es apenas “la punta de lanza de un arsenal terrible”, utilizado sistemáticamente para sostener modelos productivos extractivistas que priorizan el lucro sobre la vida humana y ambiental.

Uno de los puntos más álgidos de la entrevista fue la desmentida categórica sobre las supuestas alternativas ecológicas promovidas recientemente por ciertos sectores políticos y empresariales. Sanz calificó de “gran mentira” la promoción de “bioinsumos” orgánicos presentados como herbicidas seguros. “Un político llamado (Carlos) Rovira, junto con su grupo familiar, inventaron bioinsumos y promovieron que eso era un herbicida orgánico. Todo mentira. Simplemente para hacer negocio con los productores”, afirmó con dureza.

Según el referente, esta estrategia busca confundir a los colonos, haciéndoles creer que pueden mantener sus rendimientos sin abandonar los químicos destructivos, cuando en realidad se trata de una nueva vía comercial para vender productos tóxicos disfrazados de sustentabilidad. En lugar de enseñar agroecología real, el Estado (a través del INTA y ministerios) incentiva el uso de estos venenos, descuidando la formación técnica necesaria para producir sin ellos.

Sanz fundamenta su denuncia en investigaciones médicas concretas. Recordó el trabajo del fallecido doctor Gómez de Mayo, traumatólogo que observó una correlación directa entre las zonas de aplicación intensiva de glifosato (particularmente en áreas tabacaleras y yerbateras) y el aumento alarmante de malformaciones congénitas en recién nacidos, casos de espina bífida y leucemias y diversos tipos de cáncer.

Hugo Sanz, productor yerbatero: “Es mucho más inteligente mirar alrededor, tener una mirada amplia de amistad con todos los macro y microorganismos, que ir a comprarle glifosato a Monsanto y llenarle los bolsillos”.

Además, mencionó el estudio nacional SPRINT, liderado por la investigadora Virginia Aparicio, cuyos resultados son escalofriantes: el 86% de los argentinos evaluados tiene residuos de glifosato en sangre. “Y esto no es solo agricultura; también tenemos todos los venenos domésticos. Es un cóctel tóxico diario”, advirtió Sanz.

La pregunta ética que plantea el productor es contundente: “¿Por qué aplicar veneno si eso le doy de comer a mi esposa? Mis hijos toman leche materna envenenada. ¿Cómo puede ser eso?” 

Para explicar por qué se usa tanta química, Sanz desglosó la diferencia estructural entre el modelo industrial y el ancestral. El yerbazal convencional es un monocultivo a pleno sol. Al eliminar la sombra natural del bosque nativo, se favorece el crecimiento de gramíneas (“malezas”) que compiten con la yerba. La solución fácil y barata para el gran capital es rociar glifosato para matarlas.

Sin embargo, Sanz señala que esta solución ignora la sabiduría ecológica básica. En el bosque nativo, donde hay sombra, las gramíneas invasoras no crecen porque aman el sol directo. El árbol de yerba mate prospera mejor en simbiosis con otras especies forestales. Lo que llaman maleza son especies silvestres nutritivas. Si se introduce el pastoreo rotativo de ovejas, estas consumen la vegetación espontánea, transformándola en estiércol (fertilizante natural) y proteína animal, cerrando el ciclo sin costo químico. “Es mucho más inteligente mirar alrededor, tener una mirada amplia de amistad con todos los macro y microorganismos, que ir a comprarle glifosato a Monsanto y llenarle los bolsillos”, sentenció.

En un plano inseparable del problema sanitario, está la complicidad institucional. Sanz denunció que leyes provinciales que prohibían el glifosato fueron derogadas bajo presión de grandes empresas y sectores productores “enviciados” con los venenos.

Actualmente, no existen herramientas legales ni técnicas efectivas para defender a quienes quieren producir agroecológicamente. Peor aún, se exige etiquetado especial a los pequeños productores orgánicos (“Té Agroecológico”), mientras que las grandes marcas industriales, que utilizan miles de litros de tóxicos, venden libremente sin advertencias claras sobre riesgos cancerígenos.

“Que los industriales pongan en sus paquetes: ‘Consumir este producto posiblemente le va a producir cáncer’. Vayamos por todo, pero por todo”, desafió Sanz, evidenciando la doble vara moral del sistema actual.

El productor explicó que el mercado yerbatero funciona como un oligopsonio: hay miles de pequeños productores (unos 13.500 con menos de 8 hectáreas) enfrentando a solo dos grandes compradores industriales (Las Marías y Liebig, más otras cooperativas menores) que controlan más del 50% de la demanda. Sin el INYM para equilibrar fuerzas mediante fijación de precios mínimos y cupos, el pequeño productor queda indefenso frente a los monopolios.

“Es imposible que un pequeño productor pueda negociar con estos monstruos. Jamás de los jamases. Y eso Milei no lo entiende, Sturzenegger tampoco… Creen que el precio se conforma libremente, pero no es así. Están destruyendo una economía regional”, sentenció Sanz.

Recordó además la historia de resistencia local: la creación del INYM en 2001 fue resultado de meses de acampes frente a Casa de Gobierno tras décadas de abusos iniciados con la Masacre de Oberá en los años ’70, donde el poder político y económico violentó marchas de productores para imponer un modelo exportador.

Frente a este panorama de salud deteriorada y economía asfixiada, Sanz llamó a la organización comunitaria. Anunció un próximo Encuentro por la Tierra, que integrará luchas contra megarepresas, defensa de la educación pública y soberanía alimentaria.

Su mensaje final fue de esperanza activa basada en la temporalidad agrícola: “Somos plantadores de árboles. Sembramos hoy para cosechar en 20 años. Esto tiene que cambiar de dirección, pero lo hará si estamos todos pisando la calle diciendo nuestra verdad”. La salud de los argentinos, y especialmente de los misioneros, depende de revertir esta lógica de envenenamiento sistemático antes de que las secuelas genéticas y oncológicas sean irreversibles.

 

Podés escuchar la entrevista completa al productor misionero Hugo Sanz realizada por Radio La Leñera aquí.

 

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