Una vida que cruzó psicoanálisis, literatura y pensamiento crítico. Escribió Nanina, una novela censurada por la dictadura militar. El psicoanalista e investigador Marcelo Izaguirre escribe para 4Palabras un recorrido posible por la vida y la obra de Germán García.
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Murió el 26 de diciembre de 2018. Siete años después, Germán García sigue siendo un punto de referencia ineludible allí donde el psicoanálisis se cruza con la escritura y el pensamiento crítico. Había llegado desde Junín a Buenos Aires con solo 17 años, y dejó huella: fundó la Biblioteca Internacional de Psicoanálisis, la Fundación Descartes y fue parte del Instituto del Campo Freudiano. Escribió Nanina, su primera novela, a los veinte, publicada cuatro años más tarde con el impulso de Rodolfo Walsh, y censurada por la dictadura de Onganía. Más que un autor o un analista, fue un gran articulador de saberes: del lenguaje coloquial al registro erudito, del lunfardo a la epistemología. Porque, como él mismo señaló alguna vez, “siempre habrá cientos de Bucay trabajando como psicoanalistas, pero serán pocos los Macedonio Fernández”.
Las vías del ramal San Martín le permitieron dejar atrás la casa familiar siendo apenas un adolescente y dejarse cautivar por la ciudad de Buenos Aires. Allí irrumpió en la escena cultural con Nanina, una novela prohibida cuando tenía 24 años, luego de haber vendido miles de ejemplares antes de que un juicio por obscenidad la retirara de circulación. “Provocación a la moral”, dictaminó el juez. Y Rodolfo Walsh, en Primera Plana, le dedicó una línea que quedó: “Una sola reflexión y te me venías abajo, pobre ciudad”.
Llegó al psicoanálisis tras su encuentro con Oscar Masotta. Dos prácticas -la literatura y el psicoanálisis- que lo acompañaron toda la vida y en las que dejó huella. Un analista, a diferencia del juez, lo definió como “un provocador de la inteligencia”, algo que, según él mismo decía, espantaba a los fóbicos.
En 1975 escribió Macedonio Fernández: la escritura en objeto, un ensayo en el que leía la obra del escritor a partir de categorías psicoanalíticas, un cruce poco frecuente para la época.
Participó junto a Oscar Masotta en la creación de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, en 1974. Luego residió seis años en Barcelona. Allí fundó la Asociación de Psicoanálisis de Barcelona y, junto a Alberto Cardín, la revista Sinthoma. No sin conflictos: de ese período quedó una pregunta dirigida a un personaje -y acaso a sí mismo-: “¿En qué lugar estoy? Allá, como una sombra; aquí, como un ausente”.
Al regresar a la Argentina, en 1985, creó la Biblioteca Internacional de Psicoanálisis, que luego se asociaría al Campo Freudiano. Participó en la fundación de la Escuela de la Orientación Lacaniana -de la que fue Analista Miembro y presidente- y más tarde impulsó la Fundación Descartes, que también dirigió. Fue, además, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
Ni los reconocimientos ni los libros -tanto literarios como psicoanalíticos- le hicieron creer a Germán García que pertenecía a un grupo dueño de verdades reveladas. Desde que dejó su Junín natal, pasando por su estancia en España y su práctica como analista y enseñante, supo siempre que se trataba de exponer y exponerse.
La Universidad Nacional de Córdoba y la Universidad Nacional de San Martín lo distinguieron como Doctor Honoris Causa. La Ciudad de Buenos Aires lo nombró Ciudadano Ilustre, distinción que recibió también en otras localidades del país. En 2003 obtuvo la Beca Guggenheim, cuyo resultado fue El psicoanálisis y los debates culturales (2005).
Nunca tuvo título universitario, pero cuando le preguntaban si era autodidacta respondía -sin rodeos- que había tenido “educación de príncipe”, en alusión a la gente con la que se había formado.
Integró la redacción de Los Libros y, tras su salida, fundó junto a Luis Gusmán y Osvaldo Lamborghini la revista Literal, “la vanguardia intrigante”. Fue autor y director de numerosas publicaciones; la última, Descartes. Dictó cursos y conferencias en universidades de distintos países.
Ni los reconocimientos ni los libros -tanto literarios como psicoanalíticos- lo hicieron creer que pertenecía a un grupo dueño de verdades reveladas. Desde que dejó su Junín natal, pasando por su estancia en España y su práctica como analista y enseñante, supo siempre que se trataba de exponer y exponerse.
Quienes lo escucharon en alguna conferencia o participaron de su enseñanza conocieron ese estilo coloquial que disimulaba la erudición que lo sostenía. El clasicismo de Freud y el gongorismo de Lacan, en su transmisión, se volvían una conversación de café donde, gracias al humor, todo parecía aclararse.
*Marcelo Izaguirre es psicoanalista especializado en historia, teoría y transmisión del psicoanálisis en la Argentina.
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