Argentina / 3 febrero 2026

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Fin de Año: sobre el vértigo de nacer y morir en una esquina de Buenos Aires

Un hecho, una circunstancia, un episodio que puede ocurrirle a cualquiera. O no. Al final de cuentas una anécdota de la vida cotidiana. Un episodio que nos puede ayudar a reflexionar sobre la vida y sobre lo que nos empujan a matarnos entre nosotros mismos.

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Las callecitas de Buenos Aires tienen ese no sé qué. Salimos de casa rumbo a una reunión de amigos en auto. Doblé en la esquina, avancé —ponele— cuatro o cinco cuadras, semáforos despejados, todo tranqui, cuando de pronto: el grito desesperado de mi mujer.

—¡¡¡Cuidadooo!!!

Y el pie que se me clava en el freno.

Pero ¿cómo te explico? Más que el pie: el tobillo, la tibia, el peroné. Todo el cuerpo incrustado hasta el fondo de mi existencia, como el último clavo del que agarrarme antes del desastre, del horror, de la pena más infinita que te puedas imaginar.

La presión del cinturón de seguridad en el pecho. Todo el auto sobre la espalda. Libros y papeles rodando por el piso. Una bolsa con botellas aparece —no sé cómo— al lado de la guantera.

Mientras escribo, colijo que en ese momento estalló el sonido de la radio. Quizás la encendimos sin querer al manotear el tablero o el volante, no sé. Lo absurdo al borde de la tragedia, o sea. Lo cierto es que levanto la vista y ahí estaba: una bicicleta, a centímetros del paragolpes. Y arriba, un pibe. ¿Cuánto tendría? ¿Quince años? No sé. ¿Puede un pibe de quince trabajar de repartidor en una plataforma? No sé si pueden. Necesitan trabajar y ya.

El pibe me miraba mientras yo lo miraba. Lívido del cagazo, el rostro demudado. Como si fuera mi propio espejo. Y mientras nos mirábamos, las ganas de enojarme con él por cruzar en rojo, a los pedos, a contramano (y sin casco). Pero ¿sabés qué? No. Hay mejores usos para el espejo.

Pensé en mí. Y en el pibe. Sí, sí. Como si enojarme fuera traicionarnos. Tanto tiempo tratando de entender las responsabilidades sociales en el instante de ver subjetivo, como para terminar castigándome de semejante manera.

Apagué la radio. Puse el freno. Otro freno.

Prefiero putear al desquiciado presidente que supimos conseguir, a los canallas que lo rodean, a los senadores que votaron un presupuesto infame y a la lacra financiera que lo sostiene.

Nos acercamos. Después supimos que hubo testigos. Vecinos. Autos que pararon. Vieron cuando el chiquito —quizás porque percibió mi angustia, o porque entendió lo cerca que estuvo del final— movió su bici junto a la ventanilla del auto y me extendió la mano como pidiendo disculpas. No sé. Aunque quizás el que debería pedir disculpas soy yo, que con varias décadas encima no pude dejarle un hogar, un país, donde no tenga que arriesgar la vida para ganarse el mango.



Hoy nos encontramos frente a un escenario de franco deterioro de la Salud Mental. Y hay muy precisas razones para explicar tal situación. El discurso ultraderechista que impera en el mundo enloquece, simplemente porque su estrategia consiste en borrar las referencias éticas que orientan nuestras mociones de deseo, afectos y preferencias. Milei regala libros que defienden al narcotráfico. Trump quiere invadir Venezuela con el pretexto de que Maduro es un narco. Absoluta impunidad. Y después pretendemos que los pibes manejen con sensatez.

 

Atiné a decirle:

—Vos estás trabajando, ¿no?

(Asintió con la cabeza.)

—Te tenés que cuidar, por favor.

Ahora me pregunto: ¿A quién le estaba diciendo “te tenés que cuidar”?

Porque gracias al pibe de la yuta plataforma comprendo que nos han lanzado a todos y todas en bicicleta, a los pedos y a contramano, con un semáforo enorme que en rojo nos advierte: Por aquí no. Y, sin embargo, ahí estamos.

Hoy nos encontramos frente a un escenario de franco deterioro de la salud mental. Hay muy precisas razones para explicar tal situación. El discurso ultraderechista que impera en el mundo enloquece, simplemente porque su estrategia consiste en borrar las referencias éticas que orientan nuestras mociones de deseo, afectos y preferencias.

Milei regala libros que defienden al narcotráfico. Trump quiere invadir Venezuela con el pretexto de que Maduro es un narco. Absoluta impunidad. Y después pretendemos que los pibes manejen con sensatez.

 

**Momento de concluir**

Con probabilidad, este fin de año los pibes de la plataforma van a estar al palo trabajando. Sin embargo, para bien o mal, si algo imponen las Fiestas es un corte, una pausa.

Como ya es sabido, mientras nos deseamos felicidades, el balance del año y el recuerdo de quienes ya no están suelen producir efectos diversos: depresión, manía, ansiedad, nostalgia… cuando no discusiones sobre con quién lo pasamos, qué llevamos, los regalos, el arbolito y bla.

Pero también, como pocas otras festividades, el año que se va nos recuerda nuestra condición mortal. Una fecha que, si logramos amigarnos con la finitud, nos permite apreciar la existencia.

Como ese pibe y este escriba, que nacieron de nuevo en una esquina de Buenos Aires.

¡La puta que vale la pena estar vivo! —gritaba Héctor Alterio en Caballos Salvajes–.

Que lo único urgente en este comienzo de año sea poner un freno a quienes nos empujan para matarnos entre nosotros mismos.


* Sergio Zabalza es Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.

 

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