Eli, guardiana del Chazal
De la clandestinidad de los 70 al cerco de los countries: la historia de Eli Álvarez, la mujer que custodia la memoria de Colonia Chazal. Entre recortes de diarios de la militancia de su madre y el avance de las topadoras, una crónica sobre la resistencia de un pueblo tucumano que quedó encerrado en el paraíso de otros.
- marzo 18, 2026
- Lectura: 3 minutos
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“Venite como quieras agüita terca
Te espera mi guitarra y mi tierra seca
Llename de coyuyos y alojas frescas
Abrime la esperanza de una cosecha
Así es la cosa agüita
No te demores
No sea que la seca
Borre mi nombre”
Hermanos Nuñez
Las ferias populares entre gazebos y sombrillas; los almacenes tras las rejas de las ventanas en casas de familia; los tablones sobre caballetes y percheros llenos de ropa usada en las veredas irregulares; los pollos dorados humeantes sobre las parrillas. Las calles llenas de baches, el agua estancada, las perpendiculares que mueren en cañaverales o en plantaciones de limón y el cerro. El cerro como presencia omnipotente: verde saturado en los mediodías; azulado a contraluz durante el ratito que dura la hora mágica. Estas imágenes se repiten en las barriadas del oeste, de norte a sur del Gran San Miguel de Tucumán, o en los pequeños poblados de comunas lejanas —y no tanto— del centro de la ciudad.
Una de las primeras feriantes de la cuadra, trabajadora de la cultura y encargada e impulsora del área de Mascotas y Animales Callejeros de la comuna de San Pablo y Villa Nougues, es Eli Álvarez. Ha sabido rebuscárselas para juntar unos mangos cuando las changas se cortan de un día para el otro, organizando una feria americana con una red de mujeres del barrio, hoy reactivada los sábados, cuando la lluvia lo permite.
—San Pablo está cargado de historia —dice mientras sonríe, guardando apenas el misterio.
Uno de los conflictos más obscenos y silenciosos de Tucumán es la trama del country más grande del Noroeste Argentino que, dentro de sus más de 200 hectáreas, ha encerrado con alambrados y cámaras de vigilancia a unas once familias que viven en esas tierras desde hace cuatro generaciones. La empresa dueña e inversora del emprendimiento habitacional privado en el pedemonte tucumano es la exportadora número uno de limones del mundo, cuyos propietarios se encuentran dentro del top 50 de los mayores multimillonarios de la Argentina, según la revista Forbes.
“Seguridad 24 horas, Club House, Salón de eventos con capacidad para 800 personas, Club de Golf de 10 hoyos (ampliable a 18), canchas de tenis, pileta con solárium, senderos de trekking y pista ecuestre. San Pablo Country Life & Golf es un extraordinario desarrollo urbanístico que combina infraestructura de vanguardia con la armonía del entorno natural”, reza el sitio web. ¿Su lema? “Vos también podés ser parte”.
Tucumán es el producto neoliberal de un experimento forjado mediante luchas y una exacerbada violencia durante el Operativo Independencia y la posterior dictadura cívico-militar. Este proceso derivó en la eliminación práctica de una generación de liderazgos. Bussi —el tirano genocida entrerriano que asesinó a Lucho Falú, hermano del reconocido guitarrista Juan Falú, y lo arrojó al Pozo de Vargas— gobernó la provincia tanto en dictadura como en democracia.
Existen más de 50 barrios privados y countries en la llamada área metropolitana de Tucumán o Gran San Miguel de Tucumán. La expansión se da, fundamentalmente, hacia el oeste. En primera medida, con la tala de lo que debería ser «zona roja» de la Ley de Bosques, devorando las yungas. Luego, con el cambio del uso del suelo: muchas zonas que históricamente fueron plantaciones de caña de azúcar, y que luego atravesaron el boom citrícola, se reconvierten desde hace unos años en barrios cerrados. Los caminos y accesos son prácticamente los mismos, aunque la población se multiplica.
Colonia Chazal se llama el pueblo encerrado, una ex colonia agrícola situada en San Pablo. Sus habitantes originarios eran trabajadores golondrina y trabajadores del ingenio San Pablo, que encontraron en esos lares la tierra, el techo y el trabajo. La villa obrera se encontraba bajo la tutela de un francés de apellido Chazal, en las cercanías de lo que fue el ingenio. Tras la quiebra de éste y su posterior venta a mediados de los 90, se empezó a construir el country sobre un lote azucarero devenido en plantación de limones; el sitio donde residían, desde hace casi un siglo, las familias de Chazal.
Eli es chazaleña de nacimiento. Ya no vive allí, sino a unos cuantos kilómetros, en un barrio de la comuna de San Pablo. Maneja el Facebook Chazal Chazal, desde donde comparte memorias del pueblo y, sobre todo, el reclamo más urgente: agua potable para la colonia. Porque al Grupo Lucci le sobran las topadoras, el alambre y las lagunas en las canchas de golf, pero le faltan las cañerías para llenar los cientos de tachos con los que conviven las abuelas y abuelos de Chazal.
Los que vendieron sus casitas fueron reubicados en el barrio Citrusvil, unos kilómetros al este, siguiendo la pendiente. Ese barrio se inundó muchísimas veces ya que arriba se sigue desmontando y se eliminaron arroyos.
Eli habla por momentos despacio y por momentos rápido. Es una narradora hábil. Sabe dónde hacer pausas, cuándo buscar complicidad con los ojos y cuándo volver sobre sí misma después de perderse mirando el cerro. El aura de sus memorias se agiganta con cada interrupción externa, como si fueran silencios calculados que van capitulando su relato.
—Una noche, mi vieja en Chazal, bajo las estrellas, me dijo que me tenía que contar algo…
Suena su teléfono. Atiende y sonríe con toda la cara mientras relojea al cerro para hablar con su hijo. Ya dentro de su casa, ingresa unos momentos a su habitación a buscar los archivos que atesora. Trae los recortes, fotos y fotocopias hacia la mesa del comedor. El televisor, con YouTube pausado en unas cumbianchas, sirve de luz de relleno. Eli reparte los papeles como barajas sobre la mesa.
En una foto en blanco y negro se ven dos niñas junto a un hombre mirando con firmeza a cámara, rodeades de cañaverales.
—Esta es ahí en Chazal con mi papá. Mi abuelo, en realidad. Cuando digo papá es mi abuelo; él me anotó en el registro cuando mi mamá estaba presa. Por culpa de él me llamo también “del Valle”. Él era creyente; te imaginarás que mi mamá nada que ver.
En otra foto de tonos azulados se ve a su abuelo junto a otro hombre apoyado sobre un tractor, rodeado de cañas de azúcar y pastizales. Detrás de ellos, el cerro vigilándolos.
Su mamá, “la Negra” Cristina Álvarez, era chazaleña también. Limpiaba casas en la ciudad y así conoció a Miguel Hurtado, un estudiante de arquitectura que la introdujo en la militancia del ERP. “Estaba embarazada de mí cuando lo conoció, pero eso no le importó a ninguno de los dos. Siempre decía que fue el amor de su vida”. Sus padres no le perdonaron el embarazo de soltera y la echaron de Chazal, lo que facilitó su paso a la clandestinidad.
Cuando Eli nació en el 72, fue criada por compañeres de la Negra mientras ella y Miguel viajaban por Córdoba y La Rioja. Meses después, sus tías se hicieron cargo de la bebé hasta que Pastor, el abuelo de Eli, se la llevó “de prepo” y la inscribió como su propia hija. Eli se crió en Chazal entre cañaverales y los silencios obligados del Operativo Independencia.
—Todos los años íbamos en tren a Buenos Aires; parecía un viaje al África. Los vagones estaban llenos de mercadería y gallinas. Al llegar, nos íbamos derecho a Devoto a ver a mi mamá. Yo no sabía muy bien quién era. Me acuerdo de las humillaciones que le hacían pasar a mi abuela en las requisas. La tocaban. Ella no decía nada. Supongo que a mí también, pero lo habré borrado.
Toma aire con fuerza.
—Ahí yo veía a esa señora, a la Negra, tras el vidrio. Ella me pedía que me parara contra la pared para ver cuánto había crecido.
Su actitud corporal es nostálgica. Suenan unas palmas desde la ventana. Se queda «tildada» un ratito mirando la mesa, labrando esos recuerdos. Vuelve a salir para oficiar de almacenera y regresa directo a su habitación para traer más carpetas.
—A los 17 años me fui a vivir a Buenos Aires con mi vieja. Un día le preguntamos cómo y por qué había caído presa. Nos mandó a buscar un recorte de diario. Mientras lo leíamos, la escuchaba reírse: “¿Y qué piensan, que estaba tejiendo escarpines todo el día?”. La cara se nos iba transformando. “Tampoco era la Rambo que dice ahí”. Aquí tengo la fotocopia.
Como una maga experta, saca dos hojas de La Gaceta del 19 de agosto de 1974. “Un arsenal en El Colmenar”, lee en voz bajita.
—Después la llevaron a Devoto; a Miguel, a Rawson. Cuando los largaron no pudieron volver a estar juntos. Habían sufrido mucho ahí adentro.
Colonia Chazal está dividida hoy en Norte y Sur. La parte sur está cercada completamente por el country; la otra tiene un camino lateral que bordea las tierras de Lucci. Una tela de alambre separa los dos «chazales». Antes eran uno solo, unidos por una gruta milagrera y una canchita de fútbol que resistió hasta 2020 a pesar de los intentos de arado de la empresa, que quería avanzar en su tercera etapa: unos lujosos departamentos en edificios de tres pisos, con vistas al cerro y la ciudad.
Son cuatro generaciones las que resisten el hostigamiento constante de vivir entre tachos de agua, cargados por voluntad de la comuna de San Pablo. Al country, en cambio, el agua llega y absorbe la ajena. Antes, los chazaleños tenían agua de pozo, pero las napas se secaron con la creación de los lagos de golf y las cisternas privadas.
Los niños juegan entre la arboleda y la tela metálica, siempre alertas hasta que escuchan las motos de los guardias. Entonces corren hacia adentro. Nadie se acostumbra al terror.
—A los cinco años, por las burlas de mis compañeros, mis abuelos me cambiaron de escuela. Me decían que mis papás eran muy viejos. Yo algo sabía, pero ellos no me decían nada. Me cambiaban de tema.
La Negra nunca se olvidó de Eli. En 1979 viajó a La Rioja y trajo a su hijo a Chazal. Paró unos días en lo de Pastor con la intención de llevarse también a la niña.
—Me acuerdo que ella discutía mucho con mi abuelo. Una noche, mientras mirábamos las estrellas, yo le decía que estaba lleno de ovnis. Ella me dijo que no creía en nada de eso. Ahí fue cuando me dijo que me tenía que contar algo… se tenía que andar escondiendo porque andaba «robando»: con sus compañeros les robaban a los camiones de leche para repartirla en los barrios. Por eso no podía estar conmigo.
Pastor, legalmente el padre de Eli, la retuvo en Chazal tras una fuerte discusión. Cristina no pudo hacer nada.
—Sentía que me dejaba otra vez ahí… Después, de grande, trabajé de lo que te imagines. Hice el CBC en la UBA para estudiar Derecho. Cargaba con mucho dolor, pero hoy ya la entiendo mejor.
Cristina pasó sus últimos años en Merlo, San Luis, cansada de la ciudad. Desde San Pablo, Eli reparte su tiempo entre la crianza de sus hijos y su almacén .
—Quiero que los jóvenes de mi Chazal luchen por los viejos. Que no pierdan esas tierras que les corresponden.
El guante lo recogió Daiana Villagra, una docente de nivel inicial que vive en Chazal Sur. Peleándole madrugadas y atardeceres a las topadoras, logró a fines de 2022 —con apoyo técnico del Centro de Acceso a la Justicia y el MHaPa (UNT-Conicet)— los certificados de vivienda familiar del Renabap. Esa ley evitaba desalojos y sentaba las bases para mejoras a través de la hoy extinta Secretaría de Integración Socio Urbana. Eliminada por la gestión libertaria, esta secretaría debía garantizar lo mínimo: luz, agua, cloacas y un cacho de pavimento.
— Dai tiene un tío desaparecido. En realidad, el hermano de quien falleció el año pasado militaba con mi mamá. Lo fueron a buscar y se llevaron por equivocación al hermano. Eso mucho no se sabe.
Eli sabe contar su historia. Sabe que es compleja. La decora con gestos, miradas y silencios. También sabe bien quiénes son los Lucci y qué representan. Antes de cocinar, guarda los recortes y las fotos de su infancia. Sale al patio y muestra con orgullo sus naranjos. Sonríe con nostalgia. Sabe que el cerro la vigila, azul y omnipresente.
“Los que tienen nada quieren algo
Los que tienen algo quieren todavía más
Para pretender el mundo es largo
Para conformarse se ha inventado el jamás”
Silvio Rodriguez
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