Argentina / 13 marzo 2026

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¿El fin del mito gesellino?

De la playa sin testigos a la noche con protocolo; del desborde de principios de los ochenta a la diversión monitoreada. Villa Gesell fue laboratorio de libertad, capital del exceso adolescente y, después de la tragedia de 2020, territorio de control. ¿Se terminó el mito o simplemente mutó en una época donde hasta el desborde deja registro?

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Gesell

Durante años, Villa Gesell fue más que un balneario. Fue un borde, un territorio corrido del mapa. La democracia acababa de nacer y era frágil; la euforia venía pegada a una sombra persistente, un miedo sin forma que no sabíamos bien dónde alojarLa libertad todavía arrastraba olor a encierro, y caminar por la Avenida Tres era una manera discreta de asegurarse de que nadie estuviera detrás. 

Esa intensidad tenía algo animal. No era todavía el impulso de renegar de lo humano -eso llegaría después, con otras violencias y otras máscaras-, pero ya existía una incomodidad, una sensación extraña de habitar el cuerpo de manera provisoria. La noche te dejaba expuesto, y ese era el acuerdo. El desorden orbitaba alrededor de fogones mal apagados y bandas de rock regrabadas demasiadas veces en casetes gastados. Ocupar la playa a las tres de la mañana era una forma rudimentaria de decir: estamos vivos. 

Gesell era eso, un lugar donde algo podía desbordarse sin pedir permiso. Las casas bajas se escondían entre los pinos. La arena se metía en la ropa, en los bolsos, en la boca. Y la oscuridad era oscuridad de verdad. 

Muchos adolescentes llegaban solos por primera vez. Se notaba en cómo caminaban por la peatonal. Algo estaba pasando ahí. Algo que nunca más iba a repetirse igual.

Entre fines de los 90 y comienzo de los 2000, Gesell volvió a desbordarse, pero de otra manera. La invasión juvenil fue masiva y organizada. Micros de egresados estacionados sobre la arena, promociones que prometían una noche irrepetible, listas interminables y pulseras de plástico que dejaban marca en la muñeca. 

La Avenida Tres se convirtió en pasarela y los boliches en templos del exceso administrado. La rebeldía empezó a tener sponsor.

Gesell era eso, un lugar donde algo podía desbordarse sin pedir permiso. Las casas bajas se escondían entre los pinos. La arena se metía en la ropa, en los bolsos, en la boca. Y la oscuridad era oscuridad de verdad. Muchos adolescentes llegaban solos por primera vez. Se notaba en cómo caminaban por la peatonal. Algo estaba pasando ahí. Algo que nunca más iba a repetirse igual.

Gesell se transformó en capital adolescente del verano. Un parque temático del descontrol con patovicas en la puerta y cámaras multiplicándose en las esquinas. El ritual era repetitivo y previsible, pero todavía vibraba. Hasta que en enero de 2020 el asesinato de Fernando Báez Sosa, a la salida de un boliche, quebró la escena. Lo que antes se toleraba como exceso juvenil se convirtió en tragedia nacional. Desde entonces, la ciudad mutó otra vez. Más controles, más presencia policial, más regulación nocturna. Los boliches cerraron o se reconvirtieron, las familias recuperaron centralidad, el adolescente siguió llegando, pero más monitoreado. Cada gesto puede viralizarse; cada discusión puede convertirse en trending topic.

¿Es eso el fin del mito gesellino? Tal vez no su fin, sino su transformación. Porque el mito no estaba solo en el desorden, sino en la posibilidad de vivir una intensidad sin archivo. 

Hoy la Gesell de 2026 es distinta. La felicidad se programa. Se reserva alojamiento por aplicación, se consulta el clima en tiempo real, se pregunta por la clave del wifi antes de bajar del auto. Todo se googlea, se registra, se sube. Las historias duran veinticuatro horas y se almacenan en la nube. El recuerdo borroso fue reemplazado por el video en alta definición.

La ciudad es más inclusiva, más consciente, más cuidadosa. Y también más contenida. Donde antes había exceso sin palabras, ahora hay palabras para cada exceso. Se analizan riesgos, se redactan protocolos, se preparan informes para los noticieros del mediodía.

Sin embargo, los mitos no mueren tan fácil. No desaparecen. Se repliegan. Persisten en pequeñas grietas, en una conversación que se estira hasta el amanecer, en un grupo sentado frente al mar oscuro sin decir casi nada, en alguien que demora el regreso sin saber bien por qué. Son gestos minúsculos, casi imperceptibles, pero allí -en esa pequeñísima desobediencia- todavía late algo que no se deja programar.

Hoy la Gesell de 2026 es distinta. La felicidad se programa. Se reserva alojamiento por aplicación, se consulta el clima en tiempo real, se pregunta por la clave del wifi antes de bajar del auto. Todo se googlea, se registra, se sube. Las historias duran veinticuatro horas y se almacenan en la nube. El recuerdo borroso fue reemplazado por el video en alta definición.

 

Gesell ya no es el lugar donde todo podía pasar. Es el lugar donde casi todo está previsto. Pero mientras exista esa mínima posibilidad de correrse del mapa, de salirse del protocolo, aunque sea por un rato, el mito seguirá respirando.

No como exceso. Sino como resistencia íntima a la domesticación.

 

4Palabras

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