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Chile: un mandato para la restauración
José Antonio Kast, presidente electo de Chile, obtuvo ayer más de siete millones de votos. Ahora enfrenta su propio desafío: la concreción de sus promesas en materia de seguridad y política migratoria. Esa comunidad vulnerable -potenciales víctimas de la deportación- será el pararrayos para la radicalidad prometida por el presidente electo.
- diciembre 15, 2025
- Lectura: 3 minutos
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Para dimensionar el mandato que Chile le otorgó a José Antonio Kast, basta un solo dato, tan frío como demoledor: obtuvo ayer más de siete millones de votos. Esta cifra no es solo un récord; es una novedad histórica. Esa cantidad equivale, más o menos, a la suma total de votos que obtenían en cada elección celebrada entre 1989 y 2021, sumados, todos los candidatos de todos los partidos.
Este aluvión electoral desnuda una realidad que la política tradicional pudo ignorar durante décadas. Entre 1989 y 2021, la población de Chile creció en seis millones y medio de habitantes, pero la cantidad de votantes se mantuvo sorprendentemente constante. La victoria de Kast confirma la irrupción violenta de un “país invisible”. Los votantes totales fueron casi el doble de los que participaron hace apenas cuatro años. Se trata, esencialmente, de un país distinto.
La paradoja de esta elección es cruel para la centroizquierda. Jeannette Jara no hizo una mala elección en términos históricos. De hecho, a pesar de perder, se convirtió en la candidata de su sector —el mismo que logró terminar con la dictadura de Pinochet en 1988— que más votos totales ha obtenido desde entonces. En sufragios constantes y sonantes, consiguió 600.000 votos más que los que llevaron a Boric a la presidencia en 2021. Sin embargo, en el nuevo océano electoral, esos números fueron insuficientes. Con su 42%, Jara quedó como la candidata de su campo con el porcentaje más bajo en una segunda vuelta, mientras que el 58% de Kast lo acerca al récord histórico de Michelle Bachelet en 2013.
Esta disparidad se explica porque la “pecera” de siete millones de votos, en la que la izquierda y la derecha tradicional pescaron cómodamente durante treinta años, ha dejado de existir. La tarea de reconstrucción para los derrotados es mucho más empinada que en el pasado, porque el electorado ya no es el de la transición. Kast demostró su habilidad para pescar en el mar abierto de un cuerpo electoral que ahora sí se corresponde genuinamente con la demografía total del país.
El primer aviso de este cambio tectónico ocurrió en 2022. Fue el primer año con empadronamiento automático y voto obligatorio, y la participación se disparó por encima del 85%, un abultado 35% más que en el plebiscito que había iniciado el proceso constituyente dos años antes. En esa ocasión, el texto constitucional reformado, con el que el presidente Boric se había embanderado, fue rechazado por casi dos tercios de los votantes.
Kast enfrenta ahora su propio desafío. Su tarea no será sencilla, aunque la realidad económica y social se presenta razonablemente manejable, con la inflación en baja y el crecimiento en alza. El problema radica en la difícil concreción de sus promesas en materia de seguridad y política migratoria, áreas donde desbordó por derecha a la derecha tradicional, asegurando hacer más y más rápido.
La irrupción de quienes nunca habían votado selló el destino de la constitución y definió la tragedia política de Gabriel Boric: fue un presidente electo por un país, pero tuvo que gobernar los últimos tres cuartos de su mandato para otro país distinto, el que se expresó en las urnas a partir de 2022. Boric llegó en la cresta de la ola de las protestas de 2019, pero su administración consistió en lidiar con el destrozo político que dejó esa ola al romper. Aunque indicador por indicador no se podrá decir que lo hizo mal, medido contra las expectativas, decepcionó tanto como sus predecesores del campo democrático a quienes les tocó ver a su coalición derrotada al final del mandato.
Kast enfrenta ahora su propio desafío. Su tarea no será sencilla, aunque la realidad económica y social se presenta razonablemente manejable, con la inflación en baja y el crecimiento en alza. El problema radica en la difícil concreción de sus promesas en materia de seguridad y política migratoria, áreas donde desbordó por derecha a la derecha tradicional, asegurando hacer más y más rápido.
Sin embargo, con la banda presidencial a la vista, el Kast candidato ha dado paso al Kast gobernante. Su discurso de victoria no fue la arenga de las semanas anteriores, sino un ruego de paciencia. Este “pie en el freno” fue notable en su abandono súbito de la retórica polarizante. Al convocar a construir “un país en unidad” y afirmar que su rival es “una persona igual que nosotros” —arriesgándose a ser silbado por sus propios partidarios—, el futuro líder deja ver sus viejos instintos de derecha conservadora. Reaparece el padre de familia numerosísima y se desvanece el outsider.
El triunfo parece no tentarlo a un salto al vacío. El Kast que veía bloqueada su carrera dentro de la derecha tradicional la derrotó yendo por fuera, pero sin distanciarse de los principios programáticos de Jaime Guzmán, el gran ideólogo civil del pinochetismo. Todo parece servido para que su gobierno se parezca más a un “como decíamos ayer” —una restauración del orden— y menos al experimento refundacional de tabula rasa que lidera Javier Milei al otro lado de los Andes.
No obstante, esta restauración puede demandar una válvula de escape para la energía radical movilizada durante la campaña. Sea su orientación más neoliberal o más reaccionaria, el futuro gobierno ya definió su chivo expiatorio: los inmigrantes venezolanos. Está por verse si las víctimas de deportación serán un puñado apenas simbólico o una porción significativa del millón y medio de personas que llegaron en aluvión bajo el gobierno de Sebastián Piñera. Lo que es indudable es que esa comunidad vulnerable será el pararrayos para la radicalidad prometida por el presidente electo.
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