Adelanto exclusivo del libro ¡Progres del mundo…!, de Nicolás Tereschuk
El analista político explora las razones de la derrota progresista global. Analiza cómo la derecha radical unifica estrategias, fondos y discursos de odio y miedo que, potenciados por las nuevas tecnologías y redes sociales, circulan más rápido, creando fenómenos políticos en espejo.
- diciembre 4, 2025
- Lectura: 3 minutos
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Realizan cumbres, se visitan, se reconocen, se peinan como parte de un mismo movimiento. Sus discursos, que buscan motorizar principalmente los sentimientos del odio y del miedo, circulan más rápido que ningún otro a través de las redes sociales, cuyos dueños adhieren en esta etapa con fuerza a la cosmovisión de estos “neofascismos”.
En su nuevo libro ¡Progres del mundo…!, publicado por Ediciones Futurock, el politólogo Nicolás Tereschuk se pregunta por las razones detrás de la derrota de los sectores progresistas en el mundo. Explora en una mezcla de motivos que incluyen a las nuevas tecnologías y las formas de circulación de los discursos. También sus formas de organización.
“Nos encontramos ante una derecha radical que intercambia y comparte palabras, estrategias, infraestructuras y fondos, cuando vemos a dirigentes y partidos políticos que se reconocen como parte de la misma batalla cultural”, escribe.
Aquí un anticipo que comparte con 4Palabras.
CAPÍTULO I
POR QUÉ PERDEMOS
Este libro se refiere a lecturas, conversaciones, debates políticos, tácticas y estrategias sobre el Estado y el poder que se están desplegando en este momento. Porque ahora mismo hay dos, tres, muchos “progres” en Porto Alegre, Atlanta, Mar del Plata, Barcelona, Liverpool, Munich, Santiago de Chile, Niza y Milán que están debatiendo sobre el pasado, el presente y el futuro de la justicia social, los derechos de diversos grupos, la democracia y el autoritarismo.
A partir de 2016, con el ascenso de Donald Trump, y aún con más fuerza desde 2018, con la llegada al poder en Brasil de Jair Bolsonaro, la derecha radical dejó de ser parte de una cuestión
académica –sobre todo en el continente americano– para estar en el centro de debates políticos, charlas cotidianas, las vidas y los cuerpos de millones de personas.
Partidarios de estos “neo” fascismos tomaron la palabra con fuerza cuando se sintieron con el suficiente empuje y quienes resistieron a esas experiencias también elevaron la voz. Pero, al
mismo tiempo, hubo espacio para la reflexión por parte de ciudadanos y ciudadanas “de a pie”, comentaristas en medios de comunicación o en redes sociales.
Quienes vivimos en la Argentina del distópico Javier Milei sabemos de todo eso. Este libro trata de ver, justamente, que ningún progre está solo en el mundo. Hay escenas en espejo produciéndose en simultáneo en otra ciudad, en otra provincia, en otro país, en otro hemisferio.
La pandemia tuvo múltiples impactos: el “regreso” de Donald Trump para competir en la campaña electoral de 2023, el triunfo de Javier Milei en Argentina ese mismo año, el crecimiento en volumen de apoyo para Vox en España o Alternativa para Alemania (AfD), así como la estridencia de los llamados “broligarcas” o “techno bros” como Elon Musk o Marcos Galperin. Para quienes tienen alguna idea positiva sobre ciertos valores, que en distintos países se llaman de manera diferente pero que aquí simplificamos con la etiqueta progres, el debate fue más deprimente, más duro, más urgente. Y primero se centró en la cuestión de por qué “perdimos”, por qué perdimos una elección o por qué perdimos espacio en la sociedad y opciones que eran intocables se convirtieron en posibilidades ciertas.
Estos diagnósticos se multiplicaron de manera exponencial ante la derrota del Partido Demócrata en Estados Unidos, que adoptó distintas formas en medios de comunicación tradicionales, newsletters, canales de Youtube, podcasts. Y todo ello, al estilo americano, con la capacidad de poner sobre la mesa datos duros y los enfoques de algunos de los principales intelectuales de las más grandes universidades del mundo.
Los debates han tenido honestidad y suciedad, tristeza y furia, intención de indagar y conocer y, en paralelo, en no pocos casos, la intención de obtener alguna ventaja en el “juego de las culpas” en el que muchas veces se convierte la política. “¿Quién tiene razón?”, “¿por qué no tuve razón?”, “siempre tengo razón”, “qué importa quién tiene razón, mientras vos no tengas razón”. La intención de saber pero también de aventajar. La política, dicen, es la guerra por otros medios.
Quienes vivimos en la Argentina del distópico Javier Milei sabemos de todo eso. Este libro trata de ver, justamente, que ningún progre está solo en el mundo. Hay escenas en espejo produciéndose en simultáneo en otra ciudad, en otra provincia, en otro país, en otro hemisferio.
Puede decirse que ya hubo coyunturas similares: las izquierdas que se enfrentaron al capitalismo de la primera y segunda revolución industrial también adoptaban comportamientos “en línea”. Las que combatieron a los fascismos clásicos, las que participaron de las disputas por la descolonización, las que integraron las guerras (o guerrillas) de la liberación nacional, las que vieron caer el muro de Berlín, también vivieron “vidas paralelas”. ¿Pero fue tan en simultáneo y transmitida como ahora de manera instantánea?
La primera pregunta en este recorrido es, entonces, ¿por qué perdemos los progres? Una de las cosas más interesantes que se generaron en la pospandemia y que motivó la escritura de este texto es que, probablemente por una mezcla de motivos que incluyen a las nuevas tecnologías y las formas de circulación de los discursos, las posiciones se vuelven casi idénticas en distintos países. Las particularidades “nacionales” pierden peso o, por lo menos, se convierten en expresiones locales de fenómenos globales. Resulta paradójico pero, en medio de la “desescalada” de la globalización, parece fortalecerse la “aldea global”.
Nos encontramos en todo el mundo discutiendo lo mismo. Los casilleros en el debate son equivalentes. Cambian los nombres y cambian los temas puntuales pero los términos del debate,
las posiciones, son claramente reconocibles saltando las fronteras. Para que se entienda: hoy hay un grupo de WhatsApp en otro país donde alguien está tomando tu posición sobre un tema,
contra la de otro integrante de ese grupo. Hoy hay un diputado, un senador, un gobernador, un ministro, un presidente, un expresidente, un candidato que está realizando un planteo en la
“cancha” de un debate y está haciendo una jugada parecida a la de alguien que está en otro país disputando un “partido” similar. Pinta tu progre y pintarás el mundo. Esto no debería llamar la atención cuando nos encontramos ante una derecha radical que intercambia y comparte palabras, estrategias, infraestructuras y fondos, cuando vemos a dirigentes y partidos políticos que se reconocen como parte de la misma “batalla cultural”. Realizan cumbres, se visitan, se reconocen, se peinan como parte de un mismo movimiento. Sus discursos, que buscan motorizar principalmente los sentimientos del odio y del miedo, circulan más rápido que ningún otro a través de las redes sociales, cuyos dueños adhieren en esta etapa con fuerza a la cosmovisión de estos neofascismos.
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