Aceiteros: saber por qué pelear
¿Es posible hablar de conquistas gremiales en el marco de la reforma laboral? Pablo Waisberg reconstruye la trayectoria de los Aceiteros en un libro que, lejos de ser un relato del pasado, desafía el sentido de época actual en el que predomina el derrotismo y la apatía.
- febrero 28, 2026
- Lectura: 3 minutos
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En el actual escenario social y económico, hablar de los derechos de los trabajadores suele sentirse como un ejercicio de nostalgia o, peor aún, como la crónica de una derrota anunciada. Entre reformas laborales que acechan en los pasillos legislativos, la caída libre del poder adquisitivo que no encuentra piso y el avance feroz de la informalidad, el horizonte parece nublado. O, para ser más precisos, tormentoso. En medio de esa oscuridad, surge una referencia que saca el polvo al pesimismo reinante. El sindicato de Aceiteros no es solo un gremio: hoy asoma como un faro, una lucecita allá lejos, que indica que otros caminos son posibles.
No hay milagros ni golpes de suerte. Fue un proceso de construcción lento, tenaz, estratégico que el periodista Pablo Waisberg disecciona en su libro Aceiteros, una lucha por el salario, la democracia obrera y la conciencia de clase. Luego de indagar en los años sesenta y setenta en obras como La ley y las armas: biografía de Rodolfo Ortega Peña, La Noche de las Corbatas (ambos escritos junto a Felipe Celesia) u Operación Vallese: Barraza, el hombre detrás de la historia, aquí decide poner el foco en el tiempo presente. Con una combinación precisa de rigurosidad informativa, una narrativa atrapante y sentido pedagógico, invita a mirar dentro de la maquinaria de uno de los gremios más dinámicos del país.
El libro revela que el ascenso de los aceiteros no radica únicamente en su capacidad de lucha y movilización o en la importancia estratégica de su sector. El núcleo de su crecimiento es conceptual: no se trata solo de pelear, sino de saber por qué luchar.
La clave fue encontrar una “consigna ordenadora”: el reclamo por el Salario Mínimo, Vital y Móvil, pero no entendido como la cifra marginal que suele fijar el Estado, sino bajo el estricto derecho establecido por la Constitución. Es decir, un salario que garantice una vida digna: alimentación adecuada, vivienda, educación, salud, transporte y esparcimiento. Allí emerge la figura del abogado laboralista Horacio Zamboni y su capacidad de transmisión intergeneracional, formando cuadros que hoy continúan su legado.
El libro viene a llenar un vacío urgente. En el debate público actual, las voces obreras suelen estar ausentes, devaluadas o mediadas por intérpretes que no conocen el olor del taller ni el calor de la asamblea. Existe una necesidad imperiosa de que los trabajadores vuelvan a ocupar un lugar central en la discusión sobre qué modelo de país necesita la Argentina.
Para sostener la demanda por el salario mínimo ante las cámaras empresariales más poderosas, los trabajadores no apelaron a la intuición, sino a la investigación académica. El libro destaca la articulación con centros de estudios y universidades para crear herramientas de medición propias. Cuando el trabajador maneja el dato, la negociación deja de ser un pedido para convertirse en una exigencia técnica y política.
Waisberg avanza también con las historias familiares y colectivas, las trayectorias de los distintos trabajadores que se fueron convirtiendo en dirigentes gremiales. Aquí nadie nació líder: todos se fueron haciendo junto a otros, aprendiendo en cada paro, toma y acción sindical.
La investigación recupera escenas cotidianas que son, por momentos, conmovedoras. Una de las más potentes es la de una cena navideña frente a las puertas de la fábrica. Esa imagen resume la mística del conflicto: el sacrificio personal y familiar puesto al servicio de un objetivo colectivo. Es el símbolo de una resistencia que se impuso no solo a las patronales, sino también a una burocracia sindical que, durante años, prefirió el pacto de oficinas al protagonismo en las bases.
El libro viene a llenar un vacío urgente. En el debate público actual, las voces obreras suelen estar ausentes, devaluadas o mediadas por intérpretes que no conocen el olor del taller ni el calor de la asamblea. Existe una necesidad imperiosa de que los trabajadores vuelvan a ocupar un lugar central en la discusión sobre qué modelo de país necesita la Argentina.
Aceiteros es una guía posible para la organización y recuerda que la conciencia de clase es una herramienta de gestión presente. En tiempos donde se intenta convencer a los argentinos de que su único destino es la resignación, el libro demuestra que, con democracia interna, formación técnica y convicción ética, la luz al final del túnel no tiene por qué ser un tren de frente, sino el resplandor de la dignidad recuperada.
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