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La crisis del pacto del Nunca Más y los desafíos del futuro

La Argentina vive una transición histórica. Ante la irrupción de una "política de la crueldad" y el cuestionamiento de la justicia social, el país enfrenta el desafío de procesar el agotamiento de los acuerdos de 1983. No basta con la nostalgia: urge construir un nuevo horizonte político que recupere la imaginación y transforme la realidad.

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Imagen de pies caminando y una placa de nunca más

La Argentina atraviesa una etapa histórica marcada por un resquebrajamiento de ciertos consensos que estructuraron la vida democrática desde el retorno institucional en 1983. El llamado “pacto del Nunca Más” constituyó la piedra basal de un nuevo orden político, ético y simbólico. No se trató únicamente de una consigna vinculada al rechazo del terrorismo de Estado, sino de un verdadero horizonte civilizatorio: un acuerdo social que delimitaba lo intolerable, organizaba la memoria colectiva y ofrecía un programa político implícito para la vida en democracia.

Sin embargo, ese pacto hoy se encuentra en crisis; comprender las razones de esta crisis es fundamental para poder pensar no sólo el presente, sino también las posibilidades de construcción de un nuevo horizonte político.

El Nunca Más condensó la experiencia traumática de la última dictadura y permitió fundar una democracia con un fuerte contenido ético. Funcionó como mandato y como límite: estableció que ciertos niveles de violencia estatal no serían nunca más tolerados. En ese sentido, su potencia fue indiscutible.

Pero ese pacto no debe ser sacralizado. Convertirlo en un objeto intocable impide analizar críticamente sus efectos. Porque junto con su dimensión emancipadora, también operó como un dispositivo que, con el tiempo, tendió a clausurar otras discusiones, en particular, aquellas vinculadas con la transformación estructural de la sociedad.

La democracia postdictatorial tuvo, como sostiene Luis García, “dos cabezas”. Por un lado, consolidó un lenguaje político basado en los derechos humanos, impulsado por el movimiento de memoria, verdad y justicia; por otro lado, coincidió con un proceso de progresiva renuncia, especialmente por parte de sectores de la centroizquierda, a proyectos de transformación profunda. Se configuró así una democracia vital en lo institucional, pero limitada en su imaginación política.

En este marco, el pacto democrático también tuvo un efecto restrictivo. Al consolidarse como un consenso incuestionable, fue dejando fuera de discusión aspectos fundamentales de la vida social. Aquello que quedaba “fuera” del pacto no era negado explícitamente, pero sí despolitizado. Esto impidió, en muchos casos, reconocer la persistencia de formas de violencia, desigualdad y exclusión dentro del propio régimen democrático.

El Nunca Más condensó la experiencia traumática de la última dictadura y permitió fundar una democracia con un fuerte contenido ético. Funcionó como mandato y como límite: estableció que ciertos niveles de violencia estatal no serían nunca más tolerados. En ese sentido, su potencia fue indiscutible. Pero ese pacto no debe ser sacralizado. Convertirlo en un objeto intocable impide analizar críticamente sus efectos.

La irrupción de Milei: síntoma de una mutación profunda

Hoy nos encontramos ante una nueva etapa histórica que algunos caracterizan como una transición. Sin embargo, a diferencia de la transición democrática de los años 80, esta se define por un rasgo central: la incertidumbre.

En aquel momento, existía cierta claridad sobre el horizonte hacia el cual se avanzaba, la consolidación de un sistema democrático. En cambio, en la actualidad predominan la confusión y el desorden. Los marcos de comprensión del mundo están en crisis y las categorías con las que interpretábamos la realidad ya no alcanzan.

Esto genera un escenario donde lo fundamental es volver a hacer inteligible el presente, comprender esta época se vuelve una tarea política urgente. Sin esa comprensión, el riesgo es sucumbir a las dinámicas de descomposición que atraviesan la sociedad.

En este contexto emerge la figura de Javier Milei. Es fundamental entender que Milei no es simplemente una causa, sino un síntoma, su aparición expresa transformaciones más profundas, tanto a nivel local como global.

Uno de los quiebres más significativos que introduce su discurso es la afirmación de que la justicia social es una aberración. Esta idea rompe con cualquier noción de bien común como objetivo compartido. En su lugar, instala una lógica radicalmente individualista donde la sociedad como tal deja de existir, sólo hay individuos y mercado.

Este desplazamiento implica una reconfiguración de los valores políticos fundamentales. Los derechos pasan a ser presentados como privilegios, especialmente ante sectores medios. Se trata de una operación discursiva altamente eficaz, que transforma el orgullo histórico de pertenecer a una sociedad con derechos en una fuente de vergüenza.

Uno de los rasgos más distintivos de la etapa actual es la emergencia de lo que puede denominarse una “política de la crueldad”. No se trata simplemente de una categoría moral, sino de un concepto político.

La crueldad nombra prácticas concretas que habilitan socialmente la violencia. Implica no sólo la implementación de políticas que generan sufrimiento, sobre jubilados, mujeres, personas con discapacidad, sino también la producción de un clima donde ese sufrimiento es aceptado, justificado o incluso celebrado. La crueldad y el odio son componentes estructurales de esta forma de hacer política, funcionan como mecanismos de cohesión y como herramientas para disciplinar a la sociedad.

El proyecto político actual no se limita a la implementación de determinadas políticas económicas. Apunta a algo más profundo: la destrucción de los lazos sociales y de las condiciones mismas de posibilidad del pensamiento. El ataque a la ciencia, la universidad, la cultura y la memoria no es accesorio, busca erosionar la capacidad colectiva de comprender el mundo. En este sentido, puede hablarse de una verdadera ofensiva contra el pensamiento.

Es fundamental entender que Milei no es simplemente una causa, sino un síntoma, su aparición expresa transformaciones más profundas, tanto a nivel local como global. Uno de los quiebres más significativos que introduce su discurso es la afirmación de que la justicia social es una aberración. Esta idea rompe con cualquier noción de bien común como objetivo compartido.

Negacionismo y batalla cultural: hacia una nueva imaginación política

El negacionismo ocupa un lugar central en esta nueva racionalidad política. No se trata sólo de la negación de hechos históricos, sino de algo más profundo: un negacionismo del pensamiento y la de la realidad misma como instancia compartida.

En paralelo, la llamada “batalla cultural” se configura como una estrategia para naturalizar un nuevo orden social profundamente desigual. Esta batalla implica la descomposición de los símbolos que podrían sostener resistencias futuras, como el del Nunca Más o el de Memoria, Verdad y Justicia.

Existe una convergencia entre la destrucción de las condiciones materiales de vida y la descomposición de lo simbólico. Esta articulación explica, en parte, la crisis del pacto del Nunca Más: el desacople entre el discurso de los derechos y la experiencia concreta de amplios sectores sociales.

Frente a este escenario, la pregunta por el futuro se vuelve ineludible. No alcanza con resistir o defender lo existente. Es necesario imaginar y construir algo nuevo.

Esto implica, en primer lugar, repensar la justicia desde nuevas coordenadas. También exige preguntarse por las formas de organización política en una sociedad atravesada por plataformas digitales y fragmentación social.

La posibilidad de un nuevo pacto democrático está abierta, pero no puede ser una simple reedición del anterior, debe incorporar las lecciones de su crisis.

Ante el avance de las derechas se vuelve necesario recuperar la idea de transformación social como horizonte político. La paradoja es que mientras la izquierda abandonó esa imaginación transformadora, la derecha la reapropió en forma de una “revolución ultraneoliberal”.

Esta tarea requiere comprender profundamente la realidad actual, pero también recuperar la convicción de que es posible transformarla. Hoy existe una vitalidad social que no logra articularse con un proyecto de transformación, la desconexión entre ambas dimensiones es uno de los principales problemas de la época.

Vivimos un momento en el que lo que antes parecía inconcebible se ha vuelto realidad. Esto, lejos de clausurar el futuro, abre nuevas posibilidades. Evitar tanto el derrotismo nostálgico como el cinismo autocomplaciente es clave. Se trata de construir una posición que, sin idealizar el pasado ni resignarse al presente, sea capaz de abrir horizontes. La crisis del pacto del Nunca Más no implica su desaparición definitiva, sino la necesidad de resignificarlo, devolverle su potencia como herramienta para las luchas por venir.

Ante el avance de las derechas se vuelve necesario recuperar la idea de transformación social como horizonte político. La paradoja es que mientras la izquierda abandonó esa imaginación transformadora, la derecha la reapropió en forma de una “revolución ultraneoliberal”.

En última instancia, el desafío es construir nuevos sentidos comunes, reorganizar el campo simbólico y activar las potencias colectivas. Porque si algo enseña la historia es que ningún orden es definitivo, y que incluso en los momentos más oscuros, la posibilidad de lo nuevo sigue latente.

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