Orlando “Nano” Balbo: el humanismo como legado
Referente de la educación popular y discípulo de Paulo Freire, Orlando “Nano” Balbo sobrevivió a la tortura de la dictadura y transformó su dolor en militancia. A tres años de su muerte, un recorrido por la vida del maestro que alfabetizó en la precordillera y mantuvo viva la memoria.
- febrero 20, 2026
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No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿Quién hablará? (Primo Levi)
Su primer vínculo con la política fue de niño cuando, con el peronismo proscripto, acompañaba a su padre campesino a sublevar a la peonada de las estancias. En los años setenta, Orlando “Nano” Balbo se acercó al peronismo de base y abrazó los postulados del educador Paulo Freire, a quien solía recordar como “un hombre sabio, portador de una humildad increíble; decía lo que nosotros queríamos decir y no sabíamos cómo hacerlo”.
En 1973, durante la primavera camporista, tuvo la oportunidad de acompañar la gesta de un proyecto revolucionario y fue coordinador provincial de la Campaña de Reactivación Educativa del Adulto para la Reconstrucción (CREAR), apuesta pedagógica sin precedentes que abarcaba no solo una etapa preparatoria de enseñanza sino la concreción de los Centros de Cultura Popular, en los que las organizaciones comunitarias –-con la apoyatura del Estado–, se responsabilizaban de la educación para adultos en el lugar. “Nuestra escuela hoy es patriarcal, profundamente colonizadora, etnocentrista y eurocentrista” señalaba Balbo en 2020.
La dictadura arrancó para Nano el mismísimo 24 de marzo cuando fue secuestrado por una patota comandada por el ex agente de inteligencia del Batallón 601, Raúl Guglielminetti. Había regresado a Neuquén para alertar a sus compañeros de la inminencia del golpe. Por entonces era docente primario en Cipolletti y se desempeñaba como secretario parlamentario de la diputada justicialista René Chávez.
En Un maestro, Una historia de lucha, una lección de vida, el libro de Guillermo Saccomanno (premio Rodolfo Walsh a la Mejor Novela Testimonial otorgado en 2011 por la Semana Negra de Gijón), Balbo lo recordaba así: “Un día antes del golpe, René, la diputada y yo estábamos en Buenos Aires en el Congreso. Nos enteramos de que el golpe militar era inminente. Se estaba vaciando el Parlamento. Teníamos pasaje para volver a la noche, tarde a Neuquén, en el último avión del día. René dudaba en volver. Le dije que me parecía importante que ella se quedara pero yo debía regresar para informarle a los compañeros. Además, quería encontrarme con una compañera con la que venía saliendo. No tomé conciencia de la gravedad de lo que se venía. Volvimos a Neuquén a las once de la noche y en el aeropuerto me esperaba la piba. Yo tenía las llaves de una casa en el centro, muy quemada, que había sufrido allanamientos. Pero era el único lugar que tenía para estar con ella porque mi casa se la había dado a unos compañeros. Ella se fue temprano a trabajar. Y volvió para avisarme que desde hacía unas horas estaba el golpe. Le dije que se fuera: me daría un baño, tomaría un café y me marcharía. Eso hice. Cuando estaba por salir sonó el timbre. Antes de que pudiera abrir, la puerta saltó en pedazos y entró la patota encañonando. Todos de civil, todos armados. Me cayeron encima y empezaron a golpearme. Alcancé a ver todo el operativo: lo dirigía, portando una Itaka, Guglielminetti”.
Su calvario comenzó en una dependencia de la Policía Federal cuando empezaron a torturarlo mientras le preguntaban por la funcionaria. Luego llegaría lo peor: tras pasar seis meses encarcelado en la Unidad 9 de Neuquén fue trasladado al penal de Rawson. Allí fue salvajemente golpeado y torturado con picana eléctrica. Pasó días sin comer ni beber. Soportó un mes inacabable en uno de los “chanchos”, los calabozos de castigo con el suelo inundado. Creyó enloquecer.
Logró exiliarse en Roma, gracias a la ayuda de monseñor Jaime de Nevares y fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Trabajó en la imprenta del Vaticano y regresó al país en los albores de la transición democrática. Estuvo a punto de volver a Europa cuando vio por televisión a su torturador cuidando la espalda del ex presidente Raúl Alfonsín. Pero De Nevares reapareció como sostén y le propuso la posibilidad de alfabetizar a la comunidad mapuche Milain Currical en Huncal, hostil paraje en la precordillera patagónica.
“Yo salí de Huncal muy enriquecido, pude reflotar mi cultura del campo, donde nací y me crié. Y fue un proceso de des-exilio. Allí pude reconectarme y comprender las secuelas que había dejado el terrorismo de Estado. Huncal también fue la posibilidad de confirmar si seguía en condiciones de enseñar. Con los mapuches aprendí más de lo que enseñé”, sostuvo al concluir su etapa allí.
Nano falleció el 19 de febrero de 2023, a los 75 años. Quedan su voz y su militancia como legado. Y la irremediable idea de no ceder ni callar contra la opresión y las injusticias porque, acaso, como parafraseaba Nano al sobreviviente Primo Levi, las conciencias pueden volver a oscurecerse. Incluso la nuestra.
El encuentro con Chicha
En 2014, Nano Balbo visitó a Chicha Mariani, co-fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, quien murió buscando incansablemente a su nieta Clara Anahí Mariani Teruggi, secuestrada cuando tenía tres meses en el feroz operativo militar a la casa de calle 30, donde funcionaba una imprenta clandestina de Montoneros. Nano se había acercado a Chicha en el acto homenaje del 38º aniversario del ataque. Quería contarle la emotiva experiencia vivida durante su exilio junto a su marido en Italia, cuando Enrico Mariani dirigió un histórico concierto organizado por familiares de italianos desaparecidos en la plaza del Campidoglio, Roma.
“Debe haber sido un 9 de julio porque recuerdo que era verano. El Campidoglio, una plaza diseñada por Miguel Ángel tiene una acústica muy particular. No sabíamos si los músicos querrían tocar ahí, se arriesgaban a sonar mal. Enrico habló con ellos. Era un tipo optimista, siempre con alguna humorada, tengo un muy buen recuerdo suyo. Un funcionario de la ópera de Roma aceptó el traslado de la orquesta y los instrumentos. Era una locura pensar en organizar semejante movida en una semana. Tomábamos un café y pensamos: ¿Y si no viene nadie? No importa, dijo su marido, yo toco para ustedes, para los que están acá, para los exiliados”, le contó Nano a Chicha. Ella sabía algo, pero sin ningún detalle. Se emocionaron, se agradecieron mutuamente y coincidieron en seguir sosteniendo la inquebrantable búsqueda de justicia, afán contra el que no puede ni la muerte.
“Que me hayan dejado sordo no quiere decir que me calle”, señala a perpetuidad Nano desde las páginas de Un maestro, su libro de memorias escrito a cuatro manos con Saccomanno, antiguo compañero de colimba en los desolados cuarteles patagónicos. Nano falleció el 19 de febrero de 2023, a los 75 años. Quedan su voz y su militancia como legado. Y la irremediable idea de no ceder ni callar contra la opresión y las injusticias porque, acaso, como parafraseaba Nano al sobreviviente Primo Levi, las conciencias pueden volver a oscurecerse. Incluso la nuestra.
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