Argentina / 14 febrero 2026

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La posible reforma de la Ley de Salud Mental y el riesgo de retroceder en derechos humanos

Este artículo forma parte del Dossier que 4Palabras dedica a la Ley Nacional de Salud Mental. En esta entrega, la autora analiza los riesgos de una reforma regresiva y advierte sobre las consecuencias políticas, sanitarias y sociales de un posible retroceso en materia de derechos humanos.

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La reforma de la Ley Nacional de Salud Mental que impulsa el Gobierno Nacional nos obliga a tomar posición respecto del rol del Estado en el diseño e implementación de las políticas públicas y en la definición misma de qué vidas merecen ser cuidadas. Desde su sanción, la ley estableció como prioridad la creación de dispositivos intermedios y alternativos que permitan incluir a las personas con sufrimientos psíquicos y sociales, garantizando respuestas adecuadas en todo el territorio nacional.

Los padecimientos en salud mental no pueden atribuirse únicamente a trayectorias individuales o a historias personales aisladas. Se configuran, se profundizan o se cronifican en contextos donde el Estado se retira de su función de garante de derechos humanos fundamentales. El sufrimiento psíquico y social no es un proceso lineal ni exclusivamente individual: es colectivo, político y estructural, atravesado por determinantes sociales. Las personas que atraviesan estos padecimientos requieren un sostén integral, pero muchas veces se encuentran con un sistema que reproduce lógicas de exclusión y estigmatización en lugar de ofrecer cuidado y acompañamiento.

Una de las propuestas de reforma impulsadas por el Gobierno Nacional plantea habilitar que un juez disponga una internación involuntaria. Avanzar en ese sentido implicaría desvalorizar el rol de los equipos interdisciplinarios de salud, cuyo criterio profesional -basado en formación y experiencia específica- es central e irreemplazable para evaluar la pertinencia de una internación de carácter excepcional, sustituyendo el saber clínico por una lógica punitiva y ajena al cuidado.

En los últimos años se registró en Argentina un aumento sostenido de los suicidios, de los consumos problemáticos de sustancias y de los consumos digitales, así como de cuadros de ansiedad, depresión, pánico y duelos asociados a la pérdida de organizadores centrales de la vida cotidiana como el trabajo, la vivienda o la educación. 

Según datos oficiales, la demanda de atención en salud mental en el sector público creció de manera significativa en el último lustro, traduciéndose en guardias saturadas, listas de espera prolongadas y tratamientos discontinuados, profundizando un escenario ya crítico. Este sufrimiento se agudiza frente a la falta de respuestas sanitarias adecuadas y oportunas.

Una de las propuestas de reforma impulsadas por el Gobierno Nacional plantea habilitar que un juez disponga una internación involuntaria. Avanzar en ese sentido implicaría desvalorizar el rol de los equipos interdisciplinarios de salud, cuyo criterio profesional -basado en formación y experiencia específica- es central e irreemplazable para evaluar la pertinencia de una internación de carácter excepcional, sustituyendo el saber clínico por una lógica punitiva y ajena al cuidado.

La coyuntura actual exige fortalecer las redes de cuidado mediante una inversión sostenida en salud pública: camas de salud mental en hospitales generales para internaciones breves, equipos interdisciplinarios propios, casas de medio camino, dispositivos comunitarios, escuelas de oficios, recursos humanos suficientes y provisión adecuada de medicación. Todo ello requiere presupuesto y decisión política. Estas medidas permiten sostener tratamientos ambulatorios y prevenir descompensaciones que suelen producirse por la ausencia de intervenciones a tiempo.

Sin embargo, mientras la demanda de atención en salud mental crece en todo el país, el Gobierno avanza en el desfinanciamiento del sistema de salud. La vulneración del acceso a la salud de personas con discapacidad y padecimientos mentales implica una profunda deshumanización del sistema. Este escenario se agrava si se pretende judicializar las respuestas ante el sufrimiento psíquico, desplazando al campo sanitario en decisiones cruciales para la vida de las personas.

La responsabilidad del Estado es tejer un entramado social y sanitario que sostenga a las personas, especialmente en los momentos de mayor fragilidad, evitando que la internación involuntaria se convierta en una respuesta frente a la ausencia de redes de cuidado. El encierro forzado no puede ser una solución ante el ajuste y la falta de dispositivos alternativos.

Defender la salud mental como derecho humano implica exigir políticas públicas integrales, presupuesto adecuado y la consolidación de dispositivos comunitarios. No se trata de una consigna abstracta, sino de una obligación estatal concreta. Allí donde el Estado se retira, el sufrimiento se profundiza; allí donde asume su responsabilidad, el cuidado deja de ser una excepción y se vuelve una política.

 

Paula Boullosa es Especialista en Psicología Clínica e integrante del Equipo de Adultos del Servicio de Salud Mental del Hospital General Dr. Abel Zubizarreta (CABA)

 

4Palabras

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