Davos y la configuración del orden mundial
El Foro Económico Mundial inicia bajo la tensión de una nueva globalización que redefine el vínculo público-privado. Entre el avance de China, la inestabilidad de Trump y el peso de lo bélico, las corporaciones ganan terreno frente a un Estado de Bienestar en crisis y una desigualdad que clama justicia fiscal.
- enero 19, 2026
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Comienza el Foro Económico Mundial de Davos en una coyuntura marcada por dos procesos en redefinición a nivel internacional: por un lado, el de las relaciones entre sector público y sector privado; y, por otro, el aumento de las tensiones internacionales en la nueva globalización. Ambos procesos están profundamente interrelacionados y la cuestión es hasta dónde los intereses del poder político logran congeniar o abrazar a los del poder empresarial y el rol que las escaladas bélicas juegan en ello.
A principios de los años ochenta, el neoliberalismo se impuso en los países centrales con la consigna de la desregulación de la economía y, sobre todo, de las finanzas, permitiendo la libre circulación de capitales por el mundo. Eso facilitó la tendencia a reubicar la producción en zonas -sobre todo, en Asia Oriental- que presentaban condiciones más favorables por los menores costos laborales y controles ambientales. Así fue tomando forma la globalización, entre un occidente financiero y un lejano oriente manufacturero. Lo que terciaba en medio era la constitución de la sociedad del conocimiento, y los países asiáticos dieron el golpe, lograron evolucionar hasta equiparar en el manejo de la ciencia y la tecnología a Occidente.
El neoliberalismo no sólo talló la forma de la globalización, sino que fue minando el Estado de Bienestar que, desde finales de la II Guerra Mundial, había permitido el crecimiento de sólidas y opulentas clases medias, garantizando derechos y oportunidades. Hoy, esas sociedades se encuentran menos satisfechas, con menos posibilidades de crecer, lo que las lleva a tener un permanente desencanto con la política. Así, van pendulando entre la abstención, la extrema derecha, el nacionalismo o la izquierda.
Frente al crecimiento chino, la amenaza rusa, la inestabilidad política interna y la carrera tecnológica, los países occidentales precisan atraer la relocalización interna de las corporaciones. La estrategia es dar toda la prioridad a los intereses empresarios: conseguir los recursos naturales que precisen, mínima carga fiscal, bajos controles, sociedades disciplinadas, y la fuerza bélica a disposición para lo que fuera necesario.
Hoy las sociedades se encuentran menos satisfechas, con menos posibilidades de crecer, lo que las lleva a tener un permanente desencanto con la política. Así, van pendulando entre la abstención, la extrema derecha, el nacionalismo o la izquierda.
La nueva globalización quizá vaya adquiriendo la tesitura que expuso Jorge Aleman: un mundo dividido entre EE.UU., China y Rusia. Sin embargo, aún no es claro que ese equilibrio pueda gestarse y, menos aún, perdurar mientras Donald Trump amenace con atacar Groenlandia y cambiar las reglas del comercio internacional todo el tiempo. ¿Puede imaginarse un mundo donde se desintegre la OTAN y los europeos terminen superando su rusofobia para acercarse a Putin? La idea ya no parece tan disparatada como se hubiera pensado un par de meses atrás.
El aumento de las tensiones bélicas marca la cancha a las estrategias de las corporaciones internacionales. Seducir a los capitales, en todo lo posible, amenazarlos, de ser necesario. La arbitrariedad con la que se maneja en las relaciones internacionales Donald Trump le da forma a ese juego. El tiempo corre. Los períodos presidenciales son cortos y debe presentarle a los estadounidenses mejoras lo antes posible: ni la diplomacia, ni la libertad en Venezuela, ni los derechos humanos y ambientales tienen importancia. Pero un dechado de democracia debe quedar.
Aun así, con las fortunas más grandes del mundo separándose cada vez más de las clases medias y sus territorios, en esas nuevas configuraciones público-privado y geopolítica no se observa cuáles van a ser las ganancias para el resto de la población, amenazada con ser sumergida en una conflagración o pagar los impuestos que no pagan las grandes fortunas, para sostener la infraestructura pública. Como sostiene Thomas Piketty, sólo con una política fiscal progresiva que grave a las grandes corporaciones y genere una distribución dentro de cada economía, y también a nivel internacional, se podrá avanzar en un mundo más estable y con mayor número de oportunidades para todos. Por ahora, el poder hegemónico mundial confía en ponerse de acuerdo y que el resto de la sociedad se resigne al nuevo orden. No estoy tan seguro.
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