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Psicología: Vivir a la velocidad del algoritmo

En diálogo con la entrevista a Nora Merlin en 4Palabras --donde la psicoanalista piensa el colapso del lazo social y la captura de la intimidad por las lógicas del poder--, Marcelo Clingo aborda ahora cómo la urgencia permanente, la exigencia de disponibilidad y el mandato de responder ya operan hoy como dispositivos de producción subjetiva, erosionando el tiempo del deseo y configurando formas contemporáneas del malestar.

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Una paciente entra al consultorio, deja el celular sobre la mesa y dice, sin que se lo pregunten: “Estoy agotada”. No de trabajar, sino de tener que responder todo el tiempo. En redes, en chats, en el trabajo, en los vínculos. Como si no contestar a tiempo fuera un delito. Su angustia no es nueva, pero su forma sí.

Muchas personas hoy repiten: “No me alcanza el tiempo”. Pero no se trata solo de horarios apretados, sino de una vivencia más densa: la de no poder sostener nada. Los vínculos se encienden y se apagan. Las decisiones se toman rápido o se evaporan. Todo corre. Y lo que no responde enseguida, se pierde.

Esta experiencia afecta el deseo. Freud decía que el psiquismo necesita tiempo: para elaborar, para simbolizar, para desear. Cuando todo se acelera, lo que emerge no es claridad, sino angustia. El apuro como mandato deja huellas: ansiedad, insomnio, vacío, sensación de inadecuación. El sujeto no desea menos: desea más rápido y con menos cuerpo.

En consulta, esto se escucha a diario. Personas que viven conectadas, estimuladas, exigidas, pero que no logran habitar lo que hacen. Un paciente decía: “Me entusiasmo con todo, pero no puedo sostener nada”. No es falta de voluntad. Es un síntoma epocal: cuando se corta el lazo entre inicio y proceso, todo se vuelve efímero.

Lacan hablaba del “tiempo para comprender”. Pero el sistema empuja a decidir antes de entender, a actuar antes de desear. En redes, en vínculos, en trabajo: lo inmediato vale más que lo consistente. Y ese imperativo deja fuera el malentendido, la pausa, la espera. Todo lo que molesta al algoritmo.

Los vínculos no escapan a esta lógica. Relaciones que empiezan con intensidad y se desmoronan al primer desencuentro. No porque haya algo grave, sino porque sostener implica demora, frustración, ambigüedad. Y la cultura actual no tolera esas condiciones. El síntoma no es una falla: es una defensa frente al mandato de rendimiento.

En consulta, esto se escucha a diario. Personas que viven conectadas, estimuladas, exigidas, pero que no logran habitar lo que hacen. Un paciente decía: “Me entusiasmo con todo, pero no puedo sostener nada”. No es falta de voluntad. Es un síntoma epocal: cuando se corta el lazo entre inicio y proceso, todo se vuelve efímero.

Jorge Alemán dice que vivimos en un presente extendido, sin horizonte. El futuro pierde espesor y los proyectos se vuelven frágiles. ¿Para qué sostener algo que no rinde ya? Así, estudiar, militar, analizarse, incluso amar, parecen actos sin rédito. La clínica lo confirma: lo que no es rentable, se abandona.

Incluso el análisis se vuelve rehén de la urgencia. Pacientes que, a las pocas sesiones, preguntan cuánto falta para “estar bien”. No es impaciencia, es subjetividad de época. Pero los síntomas no entienden de clicks. Requieren relato, repetición, deseo. Y sobre todo: tiempo.

No es solo un problema individual. Es político, cultural, económico. Sostener hoy un proyecto implica resistir a la lógica de lo desechable. Y resistir, a veces, solo consiste en no rendirse enseguida. En seguir, aunque no entusiasme ya. En esperar, aunque cueste. En habitar el mientras tanto.

Tal vez por eso recuperar el tiempo sea un gesto radical. No para volver atrás, sino para crear zonas donde no todo sea respuesta inmediata. Donde el deseo pueda no estar disponible. Donde fallar no sea sinónimo de inutilidad. En tiempos que absolutizan la urgencia, defender el tiempo es defender la subjetividad.

Esa presión por responder, decidir, resolver ya, no se vive solo en lo virtual. También se mete en el cuerpo. Personas que sienten que, incluso en los ratos libres, tienen que producir algo: un hobby útil, una salida posteable, un momento “disfrutable” que valga la pena. Pero ese deber de gozar también cansa. Porque hasta el descanso parece tener que rendir. Y cuando todo se convierte en tarea, incluso el deseo se vacía.

La clínica, entonces, no es solo un espacio de escucha, sino de reparación de ese tiempo perdido. Allí donde el afuera pide velocidad, la palabra interrumpe. Y ese intervalo -esa pausa donde no hay que contestar ya- puede ser el inicio de algo distinto. Algo que no se mide en clics ni en productividad, sino en la posibilidad de armar sentido con lo que duele.

 

Marcelo Clingo  es Licenciado en Psicología, Presidente de la Federación de Psicólogos de la República Argentina (FEPRA)

 

4Palabras

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