Argentina / 3 febrero 2026

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Adiós al asado

El ritual de las familias argentinas se encarece: la carne aumentó más del 70% en este año. Fuentes del sector anticipan que la tendencia no frenará y seguirá en alza, acercando los valores al “precio internacional”. Esta escalada tiene un impacto directo: la caída del consumo per cápita, que está en uno de sus peores momentos históricos.

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El asado de domingo, pilar de la argentinidad y termómetro inalterable de la amistad, ritual sagrado, ha ascendido de categoría. Premium plus. Ya no es una costumbre: es una ceremonia para pocos, una misa exclusiva donde el asador se transforma en un Masterchef que manipula una de las materias primas más buscadas por la alta cocina; y el comensal se vuelve un afortunado, como si hubiese logrado ganar el premio grande de la lotería.

La parrilla, antes un altar humeante de tiras de asado, matambres, colitas de cuadril y vacío popular, se está convirtiendo en un lugar de guardado, un receptáculo de mangueras y macetas. Donde había brasas y carne, ahora hay un vacío filosófico (y económico). La tradición, esa que nos hacía sentir el país más cárnico del planeta, hoy se piensa dos veces. O, directamente, ha dejado de pensarse.

Durante este año, el precio promedio de la carne registró un aumento de más del 70%, muy por arriba de la inflación general. La escasez de oferta y la perspectiva de la demanda externa indican una continuidad en esta tendencia, dicen las fuentes del sector.

Pero ojo: lo peor aún está por venir. La Cámara de Matarifes sostiene que deberíamos ir adecuándonos de a poco a los valores internacionales. Así que los precios se van a ir afianzando, no van a bajar y seguirán subiendo. La serena frialdad de los matarifes congela las achuras y vuelve vegano a quien antes te hacía un fuego con dos piedritas.

A la luz de esta tendencia, la parrilla pasará de ser un jugador que no faltaba nunca en el equipo de los domingos a un lujoso objeto decorativo que se hereda de generación en generación. En noviembre aumentó un 8.2% con respecto a octubre, donde ya había tenido un incremento significativo. Más que una suba, es la carne pidiendo el pasaporte y un asiento en primera clase. 



La parrilla, antes un altar humeante de tiras de asado, matambres, colitas de cuadril y vacío popular, se está convirtiendo en un lugar de guardado, un receptáculo de mangueras y macetas. Donde había brasas y carne, ahora hay un vacío filosófico (y económico). La tradición, esa que nos hacía sentir el país más cárnico del planeta, hoy se piensa dos veces. O, directamente, ha dejado de pensarse.

La triste realidad es que el descenso en el consumo interno tiene una asociación directa con algo que los economistas llaman “pérdida de poder adquisitivo”. Es decir, la billetera ha adelgazado tanto que ha desaparecido en el bolsillo del pantalón. La contracción en la demanda de carne vacuna no es una elección dietética; es una decisión de supervivencia.

Pero no todo es drama, señoras y señores. Los matarifes tienen una visión optimista: “Una pizza vale 35 mil pesos, entonces todavía la gente ve que la carne es barata porque la picada vale 9 mil pesos el kilo, entonces se puede defender un poco”.

Gracias a este razonamiento, el argentino, entrenado en la anticipación inflacionaria, tiene un consuelo. “Ir comprando antes”. Una especie de stockeo pre-apocalíptico, comprando caro hoy lo que será incomprable mañana. Un ser visionario que, más que planificar el fin de semana, está invirtiendo en el mercado de futuros de los alimentos. El freezer como una caja fuerte.

Mientras tanto, los matarifes se regodean en la complejidad del mercado: «Hay un tema de temporada… ahora la gente empieza a comprar más milanesa, algo de parrilla, churrasco, entonces lo que es la parte del pecho del animal, que se usa para puchero, se empieza a vender menos y se le pone menos aumento». El puchero, en su eterna modestia, se convierte en el reservorio de la estabilidad de precios. Compremos para el invierno.

Para los productores, el camino es claro: “Una política previsible, donde haya un rumbo, que no les mientan, que no cierren exportaciones, que el dólar sea libre”. Un paraíso de libre mercado que, claro, dispara el precio de la mercadería local.

El problema queda del lado del ciudadano de a pie. El consumidor común que, si no reestructura su presupuesto, pronto tendrá que reestructurar su patio: llenando la parrilla con macetas para tener un jardín vertical, o usándola como mueble de guardado vintage. Al fin y al cabo, el mito fundacional del asado se está volviendo una ficción linda para ver en una plataforma de streaming.

 

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