Súper vacíos: volvió a registrarse una caída en el consumo masivo
Los indicadores siguen en el subsuelo. En noviembre, la caída del 1,8% mensual confirma que la crisis de acceso persiste: el stockeo desaparece y el ticket quirúrgico es la nueva norma de la supervivencia.
- diciembre 22, 2025
- Lectura: 3 minutos
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Existe una distancia insalvable entre las planillas de Excel del Ministerio de Economía y el changuito en la línea de cajas. Es una brecha que no se mide en puntos porcentuales, sino en la resignación de quien devuelve un producto antes de llegar al escáner. Los datos de noviembre confirman la paradoja actual: mientras la inflación se contiene en torno al 2,5% mensual, el consumo masivo permanece en el subsuelo, con una caída del 1,8% respecto a octubre.
El síntoma es inequívoco. El programa económico de Javier Milei logró enfriar los precios, pero en el proceso parece haber congelado la capacidad de compra de las mayorías. No es una crisis de desabastecimiento, sino de acceso: las góndolas están llenas, pero los pasillos lucen raleados.
Según el último informe de la consultora Scentia, la caída interanual de noviembre (0,1%) parece marginal frente a los derrumbes de dos dígitos de meses previos, pero oculta una consolidación peligrosa. El 2025 cierra como el año de la “racionalización extrema”. Ya no se trata solo de la pérdida del poder adquisitivo —que aún arrastra las cicatrices del ajuste fiscal—, sino de un cambio estructural en el comportamiento de los hogares.
El consumo masivo es el termómetro social más fiel porque no admite postergaciones. Abarca lo esencial: la comida, los artículos de limpieza, los pañales. En este escenario, el salto hacia marcas económicas dejó de ser una emergencia para convertirse en la norma. El «stockeo» —esa histórica gimnasia argentina para ganarle a la inflación— ha muerto. Hoy la compra es quirúrgica: tickets bajos, presentaciones pequeñas y el objetivo de llegar a la noche, no de llenar la alacena.
El programa económico de Javier Milei logró enfriar los precios, pero en el proceso parece haber congelado la capacidad de compra de las mayorías. No es una crisis de desabastecimiento, sino de acceso: las góndolas están llenas, pero los pasillos lucen raleados.
Geografía de la crisis: ganadores y perdedores
El mapa del consumo también exhibe fracturas. El comercio de cercanía —el almacén de barrio y el autoservicio— se desangra. Es allí donde la crisis se siente sin anestesia: no hay cuotas para la leche y la proximidad ya no compensa los precios más altos frente a las grandes cadenas. Incluso el canal online, refugio de sectores con mayor poder adquisitivo, se ha retraído hacia rubros específicos como farmacia y perfumería. No hay motores que empujen la demanda.
La desaceleración inflacionaria es una condición necesaria, pero insuficiente. Los salarios y las jubilaciones chocan contra un muro: el aumento de los gastos fijos. Las tarifas de servicios públicos y el transporte han reconfigurado el presupuesto familiar, asfixiando el margen para el consumo básico.
Para que el consumo rebote, no basta con que los precios dejen de subir; es imperativo que el ingreso real recupere el terreno cedido. Sin esa recomposición, la “estabilidad con recesión” corre el riesgo de volverse un paisaje permanente. El Gobierno debe leer los indicadores de forma integral: la baja de la inflación es un éxito estadístico que aún no ha sido invitado a cenar a la mesa de los argentinos. Uno de los fantasmas más peligrosos para los bolsillos siempre es la estanflación.
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