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Celulares prohibidos: el desafío de la norma en las aulas de CABA

El Gobierno porteño decidió avanzar este año en la restricción de celulares en escuelas primarias y secundarias. La distancia entre las normativas y la realidad. Docentes y alumnos narran los efectos y las dificultades de implementación: desde la mejora en la socialización en los recreos hasta la resistencia de los padres y el fracaso de las “cajitas” para guardarlos.

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En los últimos dos años, un sinfín de noticias inundaron los diarios y tuvieron como protagonistas a las escuelas y a los celulares: apuestas virtuales, ciberacoso, alteración de imágenes con IA de alumnas, entre otras problemáticas, entraron en la discusión pública.  Como resultado, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires prohibió el uso de celulares en escuelas de nivel primario y medio. Hoy en día, cumpliéndose el primer ciclo lectivo completo con la prohibición vigente—y en aras de una restricción similar en provincia de Buenos Aires, vale preguntarse: ¿Cómo se implementó esto? ¿Qué efectos tuvo en los estudiantes?

Hay una distancia entre la norma y lo que realmente sucede”, explica Nicolás Blamos, docente de matemática en nivel primario y medio en un colegio privado ubicado en el barrio porteño de Flores. En su escuela, los estudiantes de primaria tienen prohibido llevar los celulares; mientras que en la secundaria no hay tal restricción. “En los años superiores están perdiendo ciertas habilidades, no saben cuestiones básicas de espacialidad, se ven un montón de problemas con la lectocomprensión”, advierte.

En una escuela de gestión pública del barrio de Congreso, la adecuación para que los alumnos dejen los celulares llegó recién en octubre, a dos meses de que finalicen las clases. “Nos trajeron las cajitas para que pongan los celulares en la mesa del profesor, pero fue un fracaso. Hoy prácticamente no la tiene ningún docente esa caja, desaparecieron todas”, indica Joaquín Gamal, docente de Geografía.

La prohibición de celulares en clase, según el profesor Guillermo Visanni (Lengua, nivel medio), mejoró la fluidez de sus clases. Además, observó una mejora en la socialización de sus alumnos durante los recreos, quienes ahora llevan cartas y conversan, dejando de ser "burbujas aisladas" con el móvil.

 

Un problema es que la responsabilidad del cuidado de los celulares queda en el docente que está a cargo, lo que desanima aún más que aquellos quieran restringir el uso de los dispositivos. Otra posibilidad más costosa—que resultó más efectiva y se realizó en un colegio privado ubicado en Recoleta—consiste en la instalación de cajas cerradas con llave dentro de las aulas, donde se guardan los celulares y, en caso de que se necesiten usar pedagógicamente, el preceptor se encarga de abrir la caja.

Guillermo Visanni, profesor de Lengua en nivel medio, explica que una vez que se aplicó la restricción, las clases comenzaron a ser más fluidas ya que no debía estar instando a sus alumnos a guardar los celulares. “En cuanto a la socialización, en el recreo empezaron a llevar cartas, a hablar un poco entre ellos, mucho más que antes, que parecían como burbujas totalmente aisladas de autómatas con el celular”, comenta. 

También hay situaciones mixtas, en las que para los primeros años de la secundaria rige la prohibición, mientras que en los últimos eso se flexibiliza, con las consecuencias que eso conlleva. Así lo cuenta Sophie, una estudiante de quinto año en una escuela secundaria ubicada en Caballito: “En primero y segundo se respeta, no lo sacan de la mochila. Pero en mi curso los chicos se la pasan jugando Clash Royale en clase. Hay compañeras que se están llevando todas las materias, porque están todo el día con el celular y no lo pueden soltar en el aula”.

La implementación no solo encuentra resistencias en la organización de las escuelas, sino que en algunos casos también por parte de los propios padres, quienes no están a favor de la regulación. Blamos explica: “Las veces que se han sacado celulares, al poco tiempo tenía a los padres diciendo que no se pueden meter con la propiedad de ellos. En vez de estar apoyando esa alianza que forman las familias con la escuela, la rompen para el otro lado”.

El primer principio que rige la normativa es el de garantizar el “bienestar integral y socioemocional” de los chicos, y pone su foco en cuidar la interacción social, elemento clave en la educación escolar. La Legislatura bonaerense sancionó en septiembre de este año la prohibición de dispositivos electrónicos en el nivel primario, cuya aplicación se prevé que comience en marzo de 2026. 

Todavía son pocas las provincias que reglamentan este uso con leyes: de 24 jurisdicciones, solo las mencionadas, junto a Neuquén y Salta, tomaron cartas en el asunto. En un panorama en el que impera la desregulación, parece lejano pensar en normativas de alcance federal que tomen una posición activa y unificada en la reelaboración de cómo se concibe una educación con los desafíos que la actualidad impone. Ya en la región, países como Brasil y Perú avanzaron en esta dirección. 

Parece claro que se llegó a una instancia en la que problematizar el uso de la tecnología en los jóvenes se convirtió en una tarea ineludible. Sin embargo, quizás la clave para que se pueda abordar el problema de forma eficaz no dependa de una normativa, sino de algo a la vez simple y complicado: la construcción de un consenso.



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