Argentina / 5 noviembre 2026

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No estamos a salvo de las pasiones 

¿Se puede transmitir el amor por la lectura? Entre la mercantilización de los libros y la rutina docente, reflexiones sobre la pasión, sus riesgos y lo que verdaderamente ocurre cuando alguien lee en voz alta frente a una clase.

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“Uno no sabe cómo se transmite una pasión” dice Martín Kohan en una entrevista replicada hasta el cansancio por las redes sociales. Martín Kohan no usa redes sociales. Tampoco ve las entrevistas que le hacen. Se ríe cuando se refiere a la falta de garantías para transmitir una pasión. “Sino todas las personas de las que nos hemos enamorado se habrían enamorado de nosotros. Y a mí no me pasó. Unas pocas veces salió bien. Las otras veces no pude inspirar la pasión que me hubiese gustado inspirar. Si yo tuviese la fórmula de inspiración de pasión en el otro, la hubiese usado primero para eso”, dice y señala con ambos índices hacia la izquierda mientras se encoge de hombros y esboza una sonrisa.

Pasión por el fútbol, por las plantas, por la música, por el cine, por la Historia, por la religión, por la comida, por los viajes, por los recitales… Todos tenemos una. “…no estamos a salvo de las pasiones”, canta Baglietto, “ellas echan raíces en las cornisas”.

Pienso en Werther y su amor apasionado, su obsesión, su frustración. Pienso en la pasión por los libros de caballería de Alonso Quijano (don Quijote), en la obsesión que consume al capitán Ahab, en Victor Frankenstein y su entrega febril por descubrir las leyes de la muerte, en el conde Drácula y su pasión por el poder y el dominio. 

Pero la entrevista a Kohan consiste en dilucidar si es posible transmitir la pasión por la lectura. “No tenemos la fórmula para transmitir la pasión de lo que sea”, insiste. Y subraya la imposibilidad de transmitir la pasión de aquello que no se tiene o que ya no se tiene o que se tuvo. Porque los tiempos en que se conjuga esa pasión son la raíz de la cuestión.

En cuanto a la lectura, existen inmensidad de reels con recomendaciones, cuentas en redes sociales, clubes de lectura, talleres. Todos parecen tener algo nuevo que decir. Todos presentan libros que no leímos y que, en el tsunami de incontables hojas impresas, parece que tendríamos que rescatar porque no podemos dejar de leerlos. Un imperativo de la mano de un mercado editorial que lanza como bombas desde el cielo libros y más libros, sin parar. Unos cools. Otros clásicos pero con el prólogo de un gran crítico o con notas al pie. Los recuperados del olvido. Los de los escritores descubiertos recientemente. Los de los escritores que hablan de ellos mismos o de su propio oficio para decir finalmente que nada podría garantizar la pasión por la escritura y menos aún la escritura literaria en el sentido que literaria tiene.

“¿Los estudiantes tienen a alguien que frente a la clase invoca su pasión por la lectura o que la vive y la pone en escena en su propia clase (por lo tanto sin necesidad de declararla)?”, se pregunta Kohan. Quienes damos clases de Literatura sabemos cuál es la diferencia. Primero porque atravesamos la carrera de Letras, y sufrimos a docentes laureados que nos embolaban con lecturas y textos que, a veces asegurábamos, odiaban ellos mismos. Ellos, los que habían seleccionado la bibliografía. Y, segundo, porque presenciamos la alucinación febril de un docente que, apasionado por la lectura de un texto, desbordaba la hora de clases. Lo sabemos ahora también, ya profesionales. Distinguimos cuando, llevados por la falta de tiempo, por la comodidad de repetir una y otra vez textos que “funcionan”, porque no encontramos otra cosa, damos la clase de Literatura como si estuviéramos completando una planilla de excel, haciendo tics a los contenidos, dictando como autómatas tal o cual concepto, levantando murallas chinas entre el texto y el diálogo que toda lectura augura entre los estudiantes y con nosotros mismos. A todos nos pasó cualquiera de estas experiencias.

Pero las pasiones, como canta Baglietto, echan raíces en las cornisas. Y entonces vale la pregunta de si eso que llevamos a clase es una hiedra que ahoga todo o es una oportunidad, una pregunta, un escenario donde leer el mundo y a nosotros mismos.  Porque, como dice la misma canción: “y un apasionado solo hace canciones/ y nunca sabe muy bien/ y nunca sabe muy bien/ y nunca sabe muy bien/ dónde pisa.”

 

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