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Entrevista a Dora Barrancos: la rebeldía incombustible

Socióloga, investigadora e impulsora fundamental de la marea verde, Dora Barrancos repasa su trayectoria marcada por el compromiso social, el exilio y la convicción militante. A los 86 años, analiza los ataques de las nuevas derechas a la ciencia y a los derechos de las mujeres. Una mirada lúcida e íntima sobre la historia viva del feminismo argentino y la tracción colectiva de la educación pública.

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La imagen parece mostrar a la socióloga e historiadora feminista argentina Dora Barrancos con una bufanda verde brillante.

La socióloga e historiadora feminista Dora Barrancos abre su vieja casona de Floresta y con una sonrisa cómplice dice: “Solo por esta vez, como una excepción, vayamos para la derecha”; y señala la puerta del living. Se sienta en un sillón y pide un minuto para enviar un mensaje a la persona que le maneja su Instagram: “Hola Ceci, recién te mandé para postear una carta de apoyo a la jueza De Marinis”, le graba en un audio de WhatsApp. Se refiere a la magistrada que declaró inconstitucional el nuevo Régimen Penal Juvenil y se convirtió en escarnio de los medios de comunicación y dirigentes políticos adeptos al punitivismo y la mano dura.

A los 86 años, Barrancos no para de militar. En las últimas semanas viajó a Traslasierra, Esquel y Bariloche para dar conferencias sobre feminismo. Este mes estará en Paraná y en Guadalajara, donde inaugurará una maestría. En medio de la euforia mundialista, había grabado un video en el que, junto a investigadores del CONICET, bailaba y cantaba un jingle de protesta contra el ajuste de Milei a la ciencia y las universidades que circuló al infinito por redes sociales.

 

¿De dónde viene tanta energía militante? 

Hay algo de legado familiar, de los genes –responde y comienza a desgranar su historia, la de una militante nacional y popular, feminista y antifascista, tal como ella misma se define.

 

Barrancos nació en Jacinto Arauz, La Pampa. Más precisamente en La Dora, la casa de campo de su abuela Margarita. De ese lugar paradisíaco, ubicado en un monte de eucaliptus, recibió su primer nombre. Su familia materna -los Bonjour- pertenecía a la comunidad valdense, una disidencia del cristianismo creada en el siglo XII en Francia, cuando Pierre Valdo encabezó una escisión que cuestionaba el exhibicionismo de lujo y los privilegios que le otorgaba el poder las autoridades eclesiásticas.

El segundo nombre de Dora es Beatriz y proviene del paraje homónimo en el que su papá ejercía como maestro rural, muy cerca de Jacinto Arauz. Pedro Barrancos era un hombre muy comprometido con sus vecinos y aprovechaba su investidura de director de escuela rural para ayudar a organizar la defensa de los colonos, hostigados por los terratenientes y las autoridades. “Por eso lo trasladaron castigado a Allen, en Río Negro, y nos tuvimos que mudar todos ahí cuando yo era bebé. Mi papá se había ganado el mote de comunista aunque nunca estuvo afiliado al PC”, cuenta Barrancos y otra vez lanza esa mirada cómplice: “Cómo pasa ahora con todos los progresistas, ¿no?”

Si de la herencia materna recibió la rebeldía y de la paterna el compromiso social, su tía Leonilda Barrancos aportó la fuerza para romper los mandatos y los techos que impone el patriarcado. En tiempos donde las mujeres solo debían ocuparse de la organización doméstica, la hermana mayor de su padre viajó sola a la Escuela Normal de Paraná para estudiar magisterio, ya recibida participó de las huelgas docentes de 1912 y –según el Diccionario Biográfico de la Izquierda Latinoamericana- fue una activa propagandista de la agremiación de los maestros. Se convirtió en una destacada dirigente del Partido Socialista y se presentó como candidata a legisladora nacional en 1951. Su vida pública estuvo llena de luces pero la privada no fue fácil. Se casó con Gregorio Bermann, un médico judío que protagonizó la Reforma Universitaria de 1918 y que viajó con las Brigadas Internacionales a combatir en la Guerra Civil Española. Ese amor no coaguló y se separó en tiempos que el estigma perseguía a las mujeres que rompían su matrimonio. Habían tenido tres hijos, pero uno murió poco después de cumplir un año por un accidente doméstico. Leonilda no vivió lo suficiente para saber que también tuvo una nieta desaparecida por el terrorismo de Estado: Irene Torrents. “Si ves las pocas fotos que hay de mi tía, parece un alma contracturada. Tuvo una vida de novela y había algo de heroísmo en ella. Era el numen familiar, una intelectual que construyó un significado social con su pensamiento político. Yo vengo de ahí y de la resistencia religiosa de mi mamá y civil de mi papá. Mis padres tuvieron tres hijos, el mayor sufrió un accidente, se cayó de un cochecito y quedó con una discapacidad intelectual. No me equivoco si digo que apostaron todo a mí”.

 

¿Es verdad que tu papá te enseñó a leer a los dos años?

Nooo. Ese es un mito. Es verdad que me enseñó a leer con el diario La Nación. Pero a los dos años, yo fingía que leía. Amaba el objeto libro, los agarraba y me sentaba en el umbral de la puerta, los abría y decía mñamñamña. Era mi manera de jugar.

 

¿Te acordás cuál fue el primer libro que leíste?

No sé cuál fue el primero, pero me acuerdo de un libro de lectura que habré leído a los ocho o nueve años que se llamaba Nuestra América. Todavía lo conservo. Eso ya era en Rancul, al norte de La Pampa, donde trasladaron sancionado a mi papá, después de Allen. Vivíamos arriba de la escuela, en un departamento para el director de la escuela. Me acuerdo que del Consejo Nacional de Educación le mandaban cajones enormes llenos de libros. Para mí era una fiesta. También recuerdo una colección que se llamaba algo así como Los personajes de mi granja, de origen estadounidense. Venían en una bibliotequita y le tenía devoción, fue mi primer patrimonio letrado. 

 

¿Qué libro te marcó?

En la adolescencia, sin dudas, Operación Masacre, de Rodolfo Walsh. También El lobo estepario, de Herman Hesse. Cuando cumplí 18 años, mi papá me regaló Radiografía de la pampa, de Ezequiel Martínez Estrada. Me costaba leerlo, era muy arduo y muy duro, mostraba una aspiración frustrada del país.

 

¿Y cuál estás leyendo ahora?

Recién terminé de leer Limpia, de Alia Trabucco Zerán, una joven narradora chilena. Es una novela impresionante, en torno a una empleada doméstica. Ahora tengo que leer por trabajo –casi siempre la lectura es por interés– una serie de textos para armar el curso que tengo que dar en Guadalajara. Son escritos del inicio del feminismo porque voy a rescatar a las clásicas: Política Sexual, de Kate Millett; Espéculo de la otra mujer, de Luce Irigaray, que conversa y deconstruye a Freud; y dos textos más, uno de María Lugones para ver el feminismo decolonial, y otro de Isabel Larguía, una mujer muy marxista que inventó el concepto de trabajo invisible. Da una protopostulación de que el trabajo reproductivo doméstico es el que sostiene la fuerza y el orden capitalista.

 

¿De chica ya eras feminista? ¿Cuál fue tu primer acto de defensa de las mujeres?

Yo era una justiciera básica. Me encantaba pleitear cuando había una arbitrariedad. A los seis años, en Rancul, tenía una íntima amiga bizca, María Rosa. La despreciaban mucho y yo solía salir en su defensa. Eso tiene mucho que ver con mis identificaciones tempranas con los más débiles. Me encantaba ganarle discusiones a los varones. Yo me plantaba y tac, tac, tac: sacaba una espada de mi lengua.



Durante el gobierno peronista volvieron a cesantear a Pedro. La nueva peregrinación obligada llevó a los Barrancos a Goldney, un pueblo bonaerense a 23 kilómetros de Mercedes. Para estudiar en el secundario, Dora tuvo que mudarse sola a Laprida. Veía a sus padres cada veinte días. Creció de golpe y ganó autonomía. Al principio vivía en la casa de los Calderón, una familia con mucha generosidad pero con poco espacio. Por eso se mudó a otro hogar. Pero no fue una buena idea. Allí sufrió su primera agresión sexual: “Un día vino de visita el abuelo de la familia. Yo estaba limpiando mis zapatitos en el cuarto, este hombre entró y se me vino encima. Tuve que darle un empujón para que saliera. Eso no me gustó nada y al otro día volví a lo de los Calderón. No conté mucho para no preocupar a mis padres”.

Después de insistir acá y allá, Pedro consiguió un cargo en una escuela porteña y tras una nueva mudanza, Dora terminó el secundario en Buenos Aires. Antes de egresar, tuvo su bautismo en protestas populares: marchó junto a los estudiantes universitarios en el conflicto conocido como “la laica o la libre”, cuando el gobierno de Arturo Frondizi habilitó a las universidades privadas –que en ese entonces eran sinónimo de religiosas– a emitir títulos oficiales. Dora por supuesto estaba a favor de la laica, en defensa de la educación superior pública estatal.

 

¿Qué diferencia había entre aquella militancia estudiantil y la de hoy?

Tengo una anécdota que lo describe todo. Yo iba a las marchas con (la actriz) Martha Bianchi, que era mi compañera en el normal. Ella me decía: “Cuando viene un chico a seducirme, le hago un test. Le pregunto: ´¿Laica o libre?´ Si me contesta ´¿quéee?´, listo, se acabó la historia”. El ambiente era de alta izquierdización, de una atmósfera de alta rebeldía. No recuerdo a nadie de mi generación que se mandara la parte porque tenía plata, era de muy mal gusto. Es más, si alguien tenía intentaba que se notara lo menos posible.

Dora Barrancos: “Estas nuevas derechas son fuertemente repatriarcales y antifeministas. Además están muy disgustadas con la ilustración: desprecian los conocimientos y quieren dar un salto cuántico al tecnofacismo. Lo nuevo es que ven al feminismo como una postulación marxista, una locura. Hoy el feminismo es más radical que el marxismo histórico. Este capitalismo financiero y no productivo no se sostiene en el tiempo, algún día estallará”.

Al finalizar la secundaria, impulsada por su padre, Dora ingresó a la carrera de Abogacía. Cuando inició el curso introductorio de Derecho y comenzó a estudiar de memoria los códigos, se aburría. “Me enseñaban cuáles eran las normas, pero lo que me interesaba era saber por qué se daban los conflictos en la sociedad”, subraya. Por esa razón, se cambió a Sociología, una carrera por entonces nueva, fundada en la Universidad de Buenos Aires por Gino Germani. Estudió junto a una camada de compañeros que con el tiempo se convertirían en célebres intelectuales de la Argentina: Horacio González, Pedro Krostch (su gran amigo), Ernesto Villanueva y María Antonia Berger, quien primero sobrevivió a la Masacre de Trelew pero luego fue desaparecida por la última dictadura.

En ese ámbito de ebullición, Dora ingresó a militar en el Socialismo de Vanguardia. “Nos reuníamos en mi casa”, recuerda y agrega: “Todos los sábados nos vestíamos como monjas -pollera, buzo azul oscuro-, íbamos a la Villa de Flores y panfleteábamos casa por casa”.

 

Pero poco después te hiciste peronista, ¿por qué?

Cuando panfleteábamos, había una respuesta muy común que nos daban los vecinos: “Pero lo que ustedes proponen es igual al peronismo”. En 1967, después de que muere el Che, me digo: “Hay una economía de significados extraordinaria. Si para la gente todo esto que hacemos es peronismo, ¿para qué hacer triangulaciones?”. Ahí empecé a militar en la resistencia peronista, en una unidad básica de Ezpeleta, un grupo que coordinaba (el historiador y dirigente) Rodolfo Puiggrós. Nos reuníamos dos o tres veces por semana; éramos 12, muchos fueron desaparecidos en la dictadura.

 

¿Creías en el camino de la lucha armada?

No tenía un feroz disgusto con ella, pero no la veía. Discutía con mi hermano y con compañeros. Les decía que se veían a sí mismos como unos adláteres, que todos sus cuadros eran de clase media… Dejamos de ir a Ezpeleta cuando ya toda la expresión era de la tendencia, cooptada por Montoneros. No quería discutir con ellos, me parecía bastardo discutir por a quién pertenecían los cuadros de la militancia. Ahí terminé.

 

Sin embargo tuviste que exiliarte.

Yo trabajaba, era la segunda de la gerencia de afiliación del PAMI y había tenido participación gremial en la creación de UPCN. Estaba muy marcada, como si fuera montonera. Las hordas interventoras llegaron al PAMI recién el 16 de abril, tres semanas después del golpe. Se demoraron porque el Ejército y la Marina discutían por quién se quedaba con Desarrollo Social, de donde dependía el PAMI. Un día llegamos y salió la lista de cesanteados. Yo estaba en tercer lugar, nos obligaron a retirarnos inmediatamente. Éramos tan naif que bajamos las escaleras cantando la Marcha Peronista y nos fuimos a almorzar a un restaurante en Plaza de Mayo. En esa sobremesa escuché que se habían llevado a tres personas de su casa y nunca volvieron. Fue la primera noticia que tuve de desaparecidos. 

 

¿Cuándo te sentiste amenazada?

Había un militar vecino mío, el comodoro Vaca, que le pidió a mi mamá que lo fuera a ver urgente. Me dijo que no teníamos noción de lo que estaba pasando y que la Marina, que se había quedado con el PAMI, era lo peor, que no me iba a salvar. Me sugirió que armara las valijas, tramitara el pasaporte y me fuera del país. Después había un coronel de los azules, Baldrich, que me tenía aprecio. Me contó que tuvo que discutir con los interventores para disuadirlos porque decían que tenían una foto mía con una ametralladora. Imposible. También me dijo que me tenía que ir. Pero mi exmarido no les daba la autorización a mis dos hijas para salir del país; yo no me iba a ir sin ellas. En abril del 77, un domingo a la noche tocan el timbre de mi casa, viene una persona muy querida, y me dice que habían chupado a una amiga, que la soltaron, y que en el interrogatorio le preguntaron por mí. Había pedido que me avisaran que estaban detrás de mí. Me dio una cosa en el pecho. Mi compañero me dijo algo que recuerdo hasta hoy: “Negra, tenemos que irnos. Más vale que las nenas te lloren por un rato de ausencia a que te lloren por muerta”. Nos fuimos esa misma noche a Brasil.

 

¿Pudiste con la culpa de madre?

Me la pasaba todas las noches llorando. En julio me quise volver y mi familia me mandaba cartas enérgicas en las que me pedían que no volviera, que aguante. Fueron siete meses hasta que por fin el padre de las chicas las autorizó a salir del país.

 

A Dora se le pusieron los ojos vidriosos y se le corrió el delineador. Pero sigue adelante. Cuenta que sus hijas jamás le reprocharon aquella ausencia. “Más bien –confiesa– se quejaron cuando volvimos a la Argentina. Fue como otro exilio para ellas, estaban muy bien en Brasil”. En San Pablo Dora se doctoró en la Universidad de Minas Gerais y también se asumió feminista a partir de un momento preciso. Fue mientras miraba una entrevista por televisión al abogado del asesino de Ángela Diniz, una mujer del jet set brasileño con una vida sexual muy liberal. “La entrevistadora de O Globo le preguntó al letrado –uno de los más prestigiosos del país– cuál iba a ser la línea de defensa. El tipo respondió: ´Va a ser muy fácil, porque mi defendido actuó en legítima defensa de su honor. Todavía existía esa figura en el Código Penal brasileño´. Para mí fue terrible. ¿El honor de quién? No lo podía creer. Ese fue el inicio del camino y de ahí nadie retrocede”. Aquel crimen fue considerado un hito del feminismo brasileño. Una enorme movilización social, bajo el lema “Quien ama no mata”, logró revertir un primer fallo absolutorio y que se condene a 15 años de prisión al femicida.

 

Cuando regresaste al país tomaste como objeto de investigación el feminismo. ¿Fuiste la primera académica en hacerlo?

Me parece que sí. Los primeros proyectos que se presentaron al Conicet sobre esta temática los dirigimos con Mabel Bellucci. Cuando volví a la Argentina, a fines de los ochenta, di el primer curso sistemático de historia de las mujeres para el posgrado en Filosofía y Letras. 

 

¿Fue difícil romper el techo académico con esa temática?

El hecho que ya hubiera trabajos sobre una historia social, que tuviera que ver con conflictos sociales, me dio un buen respaldo para saltar. Mis primeros trabajos eran sobre historia social, historia del anarquismo, ya hablaba del feminismo anarquista. También hubo algunos trabajos de Maria del Carmen Feijoó, pero no había dado cursos en la universidad. Algunos me miraban raro, por ejemplo, nunca lo entendió Tulio Halperín Donghi, a quien le tengo un respeto bárbaro. Aún así vino a ver mi trabajo “La puñalada de Amelia”.

 

Ese trabajo de Barrancos en varias oportunidades estuvo cerca de llegar al cine, pero nunca se concretó. Amelia Carreras era una trabajadora argentina con 14 años de antigüedad en la Unión Telefónica. En 1922 se casó en secreto porque sólo estaba aceptado emplear mujeres solteras. Por esa razón, cuando la descubrieron fue despedida. Tras recibir la noticia, la mujer atacó con un cuchillo a Mr. Parker, el director de la empresa. “El juez dice que en un mundo que se exige a la mujer que se case, no puede haber una detracción cuando lo hace. El caso dio lugar a una ley de (el diputado socialista) Alfredo Palacios para prohibir ese tipo de despidos. Amelia hizo un terrible reivindicación de clase y género sin saber que era feminista”, explica Dora. 

Dora Barrancos: “Nunca escuché eso de que nos pasamos tres pueblos, conmigo nadie se animó a semejante idiotez. No nos pasamos ni siquiera una aldea de 150 habitantes. Ahora van a ver lo que viene. El partido de masas actual es el feminismo”.

¿El patriarcado muta a través del tiempo o es siempre igual?

El patriarcado tiene la misma angularidad, pervive el deseo profundo de la patrimonialidad del cuerpo femenino y de otros cuerpos también. Es el primer sometimiento, es inaugural. Se instala en el Neolítico superior. Aun así hay patriarcados más exorbitantes que otros. El romano fue terrible. Hoy estamos en cierta transición, hay algunos desmembramientos. Pero no quiere decir que el magma se haya desmembrado. Es más probable que cambiemos mucho al capitalismo a que sustituyamos completamente el orden patriarcal, que tiene una vertebración de orden simbólico.

 

¿Cuál es tu diagnóstico con la avanzada antifeminista actual?

Tiene que ver con una circunstancia planetaria de las extremas derechas que enrolaron nuevos temas. Las nuevas derechas no son homogéneas, tienen algunas plataformas comunes y después distintas sintonías. Hay nacionalistas como Trump y antinacionalistas como el Chirolita que comanda la Argentina. Pero tenés una comunidad telúrica de estas derechas, fuertemente repatriarcales y antifeministas, que además están muy disgustadas con la ilustración: desprecian los conocimientos y quieren dar un salto cuántico al tecnofacismo. Lo nuevo es que ven al feminismo como una postulación marxista, una locura. Hoy el feminismo es más radical que el marxismo histórico. Este capitalismo financiero y no productivo no se sostiene en el tiempo, algún día estallará.

 

¿Qué le contestás a los que dicen que se pasaron tres pueblos?

Yo nunca lo escuché, conmigo nadie se animó a semejante idiotez. No nos pasamos ni siquiera una aldea de 150 habitantes. Ahora van a ver lo que viene. El partido de masas actual es el feminismo.

 

Hubo una fotografía que en plena marea verde se hizo viral. La tomó Laura Reyes el 8 de marzo de 2019. En ella se ve la bandera barredora de la masiva marcha con la consigna “ni una muerte más por aborto clandestino”. Delante del trapo, encabezando la multitud, está Barrancos, acompañada de tres mujeres de su generación, algo encorvadas, dos de ellas sostenidas con sendos bastones y ataviadas con el ya típico pañuelo verde. “Es la foto de los cien mil años”, se ríe Dora que ese día marchaba junto a sus amigas pioneras del feminismo: la abogada Nelly Minyerski (que hoy tiene 97 años), la psicoanalista Martha Rosenberg (de actuales 90 años) y la abogada Nina Brugo (vitales 82 años). 

Su compromiso militante la llevó a participar también de la gestión política. Fue legisladora por el Frente Grande en los años 90 –se había ido del peronismo cuando el menemismo adoptó las políticas neoliberales–, asumió como directora del CONICET en la segunda década de este siglo y asesoró en la presidencia a Alberto Fernández.

 

Cuando estuviste en la gestión, ¿sufriste el teorema de Baglini? ¿Perdiste radicalidad?

No, al contrario. Me llevaron a tener reacciones más radicales. Cuando en el gobierno de Macri estaba como directora del CONICET me preguntaban si iba a renunciar. Dije que no porque me habían elegido mis pares y me quedé a defenderlos ante el ataque a la ciencia. La pasé mal… la exaltación que tenía que tener. Si me iba, las ciencias sociales se quedaban sin ninguna cobertura. Cuando entraron los últimos que tenían que ingresar a la carrera renuncié y lo transformé en un acto político. 

 

¿Y con Alberto Fernández tampoco?

Dije que era una locura lo que estaban haciendo con la cuestión de género con Alberto. Él tuvo la deferencia de llamarme y explicarme todo. Yo no lo conocía antes y tenía enorme respeto por mí, transferido supongo por Vilma Ibarra. Cuando era su asesora ad honorem participé de la cocina de la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Alberto estaba convencido de que el aborto tenía que ser legal pero las voces masculinas decían que no era el momento por el tema del covid-19. Hubo una reunión con (la ministra de Mujeres, Géneros y Diversidad) Elizabeth Gómez Alcorta; (la secretaria Legal y Técnica) Vilma Ibarra; y yo, que tuve una intervención muy fuerte. El año siguiente era electoral y no se podía imponer ese tema. Ese año estaba viciado por el Covid, era ideal poner la ley, que ya estaba magistralmente preparada. De hecho sigue siendo la ley más progresiva de América Latina. Yo no tuve nada que ver con el articulado, mi participación fue tracción, tracción, tracción. 

 

A Dora otra vez se le ponen los ojos vidriosos. “Haber sido parte del famoso 30 de diciembre del 2020 a las 4.14 de la mañana fue muy emocionante”, recuerda y agrega: “Era una lucha transhistórica de mi subjetividad. Mi vieja y mi viejo estaban a favor del aborto. La mayoría de gente de mi generación, cuando teníamos 17 años, estábamos a favor”. Si algo le faltaba a Barrancos para ganarse el bronce y coronar su carrera militante era haber estado en la cocina de la legalización del aborto. Cuando quiere hacer memoria de cuántos títulos Doctora Honoris Causa le otorgaron, comienza a contar con los dedos, como los nenes, y enumera a las distintas universidades que la homenajearon: Córdoba, Rosario, La Plata, Mar del Plata, Quilmes, Río Cuarto, San Martín, La Pampa, Misiones, San Juan Bosco y Río Negro. Su prestigio y legitimidad creció tanto que se convirtió en condena judicial cuando la jueza Susana Parada sentenció al conductor Baby Etchecopart por discriminar, insultar y agraviar a dirigentes mujeres. El castigo consistió en cederle diez minutos semanales dentro de su programa radial a Dora Barrancos para que realice una columna educativa sobre violencia de género, estereotipos y derechos civiles. También la distinguieron en su Jacinto Arauz natal, donde bautizaron a una calle con su nombre. “Allá me aman, parezco una celebrity –se ríe, otra vez cómplice y remata-: Estoy at the top”.

 

4Palabras

La imagen muestra a referentes históricas del movimiento feminista y de derechos humanos —como Nelly Minyervsky, Dora Barrancos y Marta Alanís— asomadas a un balcón sobre la Avenida de Mayo durante la movilización por el Día Internacional de la Mujer (#8M).

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