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Lo que Brasil decide, lo que la Argentina se juega
Los comicios de Brasil el próximo 4 de octubre impactarán en Sudamérica no solo en lo ideológico, sino en su rol en el nuevo mundo. Brasil, su participación en los BRICS y lo que se disputa más allá de las fronteras del país vecino: su relación con las grandes potencias. Lo que dicen las encuestas. La incidencia de los resultados electorales de Brasil en la realidad argentina.
Por Gabriel Fuks*
- septiembre 29, 2026
- Lectura: 10 minutos
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- septiembre 29, 2026
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El Brasil que va a las elecciones el próximo 4 de octubre es claramente distinto al de hace treinta años. Es una transformación que comenzó con Fernando Henrique Cardoso, pero que adquirió otra dimensión a partir de la llegada de Lula al gobierno. Desde entonces, Brasil no sólo modificó su estructura social y amplió su mercado interno: comenzó también a construir un lugar diferente en el mundo.
Durante décadas conocimos un Brasil profundamente fragmentado, concentrado económica y políticamente en San Pablo y en los estados del sur, con enormes sectores de su población excluidos del consumo y de la integración económica. Ese país comenzó a cambiar. Los primeros gobiernos de Lula incorporaron a decenas de millones de brasileños al consumo, consolidaron una nueva clase media y extendieron la integración económica y territorial. Ese proceso, con avances, retrocesos y contradicciones, sobrevivió incluso al período de Jair Bolsonaro.
Por eso sería un error observar la elección brasileña exclusivamente como una disputa entre Lula y Flávio Bolsonaro o como un nuevo capítulo del enfrentamiento entre izquierda y derecha en América Latina. Lo que Brasil está discutiendo es algo bastante más importante: qué hará durante los próximos años una de las potencias emergentes del siglo XXI.
Brasil cambia de escala
Su participación en los BRICS es probablemente la radiografía más clara de ese cambio. Brasil ya no mira solamente al Mercosur ni piensa su inserción internacional exclusivamente desde América del Sur. Dialoga con China, India, Rusia, Europa y Estados Unidos desde una dimensión que ninguno de sus vecinos tiene. Al mismo tiempo, fue el principal impulsor del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea y se está convirtiendo en una plataforma privilegiada para inversiones capaces de modificar la estructura productiva de la región.
Hay otra transformación que desde la Argentina deberíamos mirar con atención. Durante buena parte del siglo XX construimos la imagen de nuestro país como “el granero del mundo”. Hoy, sin que la Argentina haya dejado de ser una potencia agroexportadora, Brasil ocupa un lugar central en el sistema agroalimentario mundial: es líder en soja, carnes, azúcar y café y uno de los grandes productores de maíz. En buena medida, pasó a ocupar a escala global aquel lugar que durante décadas imaginamos como una singularidad argentina. Y lo hizo combinando producción, tecnología, infraestructura y apertura de mercados con una política exterior que convirtió al agro en una herramienta estratégica de inserción internacional.
Durante los últimos años, especialmente bajo el gobierno de Lula, Brasil desarrolló una política que podríamos definir como soberanista. Y no se trató solamente de una posición de la izquierda o del PT. Frente a las presiones económicas, comerciales y políticas de los Estados Unidos hubo sectores importantes del Centrão (un grupo de partidos políticos de derecha y centro derecha que concentra un enorme poder en el Congreso y es clave para la gobernanza de cualquier presidente), al que incluso pertenece el Vicepresidente Geraldo Alckmin, que acompañaron al gobierno en la defensa de determinados intereses nacionales.
Esa lógica se expresó en la discusión sobre los BRICS, en las disputas alrededor de las grandes plataformas tecnológicas, en el sistema de pagos PIX y también en los conflictos en el sistema judicial brasileño, todos aspectos donde intervinieron de alguna manera presiones de Washington. Este año, Estados Unidos volvió a imponer aranceles a productos brasileños y el gobierno de Lula decidió cuestionarlos utilizando tanto las herramientas de la Organización Mundial del Comercio como los mecanismos previstos por la legislación brasileña de reciprocidad.
Brasil está discutiendo, en definitiva, su relación con las grandes potencias desde la defensa de sus propios intereses. Y ése es uno de los elementos centrales para comprender qué está realmente en juego en octubre.
Elección abierta, nuevos desafíos para la democracia
Las encuestas muestran una elección extremadamente pareja. Algunos estudios ubican a Lula por delante; otros muestran una paridad prácticamente absoluta en una eventual segunda vuelta. Recientemente, Datafolha, por ejemplo, difundió un escenario de balotaje con Lula en 46% y Flávio Bolsonaro en 44%. Atlas Intel muestra una diferencia todavía menor, dentro del margen de error. No parece razonable, por lo tanto, pensar que la discusión vaya a resolverse fácilmente en primera vuelta.
Para una parte importante de la región existe, naturalmente, una expectativa sobre la posibilidad de que una victoria de Lula funcione como contrapeso al crecimiento de distintas expresiones de ultraderecha. Pero reducir la elección brasileña a esa dimensión también sería insuficiente.
Existe, además, una preocupación que venimos observando en distintos procesos electorales de la región: las nuevas capacidades de intervención política y tecnológica sobre las elecciones.
Hay que ser muy cuidadosos con esto. Que exista una preocupación aún no alcanza para afirmar que haya fraude ni que se haya demostrado la existencia de un mecanismo común de alteración de resultados. En los procesos electorales que hemos observado en los últimos años hubo denuncias diferentes, con características distintas, y hasta ahora nadie ha podido demostrar una matriz única de manipulación. Pero sería igualmente irresponsable ignorar las transformaciones que están ocurriendo.
Las encuestas muestran una elección extremadamente pareja. Algunos estudios ubican a Lula por delante; otros muestran una paridad prácticamente absoluta en una eventual segunda vuelta. Recientemente, Datafolha, por ejemplo, difundió un escenario de balotaje con Lula en 46% y Flávio Bolsonaro en 44%. Atlas Intel muestra una diferencia todavía menor, dentro del margen de error.
Los formatos tradicionales de observación electoral fueron pensados fundamentalmente para controlar el día de la elección: padrones claros y sin restricciones, apertura de mesas, desarrollo de la votación, secreto del voto y acceso a la fiscalización por las oposiciones, cierre, escrutinio y transmisión de resultados. Hoy eso resulta insuficiente. Las campañas se desarrollan durante meses en redes sociales, las noticias falsas circulan a una velocidad imposible de imaginar hace veinte años, existen herramientas de inteligencia artificial capaces de producir contenidos falsos cada vez más sofisticados y buena parte de la discusión pública está mediada por plataformas privadas cuyos algoritmos prácticamente nadie conoce.
La observación electoral tiene que empezar a mirar también esas dimensiones. Desde el Parlasur hemos discutido esta cuestión y creo que los organismos pluralistas de observación regional, aun con recursos limitados, tienen que reformular sus herramientas. No alcanza con saber si una urna estuvo correctamente custodiada. Hay que comprender qué ocurre alrededor de esa urna durante los meses anteriores a la elección.
En el caso brasileño existe otro elemento. Eduardo Bolsonaro, otro hijo del expresidente hoy detenido, hermano por lo tanto del candidato de la extrema derecha, vive en Estados Unidos y desde allí ha desarrollado una acción política explícita contra el gobierno de Lula y contra integrantes del Supremo Tribunal Federal, buscando interlocución y sanciones en Washington. Esto vuelve todavía más necesario que las instituciones regionales presten atención. No para reemplazar la voluntad popular brasileña ni para anticipar irregularidades que no se han producido, sino precisamente para garantizar que sean los brasileños quienes resuelvan su elección.
La paradoja argentina
Todo este proceso obliga a mirar la elección de octubre también desde la Argentina.
Javier Milei intentó durante estos años posicionarse como el principal interlocutor regional de la nueva derecha latinoamericana y como una referencia privilegiada de la administración estadounidense. Hizo todas las piruetas posibles para ocupar ese lugar. Pero esa pretensión comenzó a encontrar límites, incluso dentro de ese mismo espacio político regional. Hace pocos días su incursión por Chile trajo no pocas chispas con Kast y su sistema político
Un eventual regreso del bolsonarismo al gobierno brasileño introduciría una contradicción todavía mayor. Porque, más allá de las afinidades ideológicas, el peso económico, demográfico, diplomático y militar de Brasil modificaría inevitablemente las relaciones dentro de ese espacio.
Hoy adquiere nueva validez la frase de Richard Nixon: “Hacia donde se incline Brasil, se inclinará América Latina”. Brasil pesa. Y pesa cada vez más.
Una transformación productiva que interpela a la Argentina
Quizás el ejemplo más concreto esté en la industria automotriz. Durante décadas, el principal nodo de integración productiva del Mercosur fue el acuerdo automotor entre Argentina y Brasil. Buena parte del sentido económico del bloque se construyó alrededor de esa complementariedad industrial. Hoy ese esquema está entrando en crisis.
Las principales terminales chinas están desembarcando en Brasil y la transición hacia los vehículos eléctricos e híbridos está acelerando una transformación que puede modificar completamente la industria regional. BYD, por ejemplo, ya produce en Bahía, está ampliando la fabricación local de baterías y se propone aumentar significativamente el contenido local de sus vehículos producidos en Brasil.
Pero hay otro dato que no debería pasar inadvertido: Brasil no aceptó simplemente cualquier condición para recibir esas inversiones. Cuando aparecieron graves irregularidades laborales en la construcción de la planta de BYD, el Estado brasileño intervino. La inversión extranjera no significó renunciar a la capacidad regulatoria del Estado.
Ahí aparece uno de los grandes interrogantes para la Argentina. Mientras Brasil intenta transformarse en plataforma regional de las nuevas tecnologías automotrices, nuestro país pierde peso relativo dentro de una relación bilateral que fue central para su industrialización. Y mientras Brasil diversifica sus intereses internacionales, Argentina parece haber decidido reducir buena parte de su política exterior a las afinidades personales e ideológicas del presidente.
El Mercosur se encuentra entonces ante una transformación probablemente más profunda que cualquiera de las discusiones arancelarias de los últimos años. A la revolución automotriz se suma el acuerdo con la Unión Europea. Habrá que discutir cuotas, reglas de origen, mecanismos de protección, apertura de mercados y sectores sensibles. Brasil llega a esa discusión con una escala productiva creciente y con una estrategia de inserción internacional propia.
La pregunta es cómo llega la Argentina.
Si nuestro país no reconstruye una política industrial y una política diplomática articuladas, existe el riesgo concreto de quedar rezagado en una transformación que, de todos modos, va a ocurrir.
Mercosur, Malvinas y la necesidad de reconstruir región
Finalmente está Malvinas.
A veces en la Argentina discutimos la cuestión Malvinas como si nuestra posición internacional pudiera sostenerse exclusivamente a partir de nuestra propia voluntad. No es así. Sin Brasil, cualquier estrategia argentina de largo plazo sobre Malvinas pierde una parte sustancial de su fuerza. Lo mismo ocurre con el Mercosur y con América del Sur.
El acompañamiento regional al reclamo argentino de soberanía nunca fue un detalle diplomático: fue y sigue siendo uno de los principales instrumentos que tiene nuestro país para impedir que la disputa quede reducida a una relación bilateral profundamente asimétrica con el Reino Unido. Incluso sería deseable un arco de alianzas aún de mayor alcance, mirando al Atlántico Sur como espacio donde el Sur Global (incluyendo a los BRICS y en particular África del sur) pueda jugar más como respaldo a la postura argentina por la soberanía de sus islas.
Pero para reclamar solidaridad regional hay que construir región.
No alcanza con conseguir una declaración en una cumbre. Se necesitan acciones concretas y una política permanente. Y resulta difícil construirla cuando el propio presidente argentino convierte las diferencias ideológicas con el gobierno del principal socio comercial y político de nuestro país en agravios personales y en una política sistemática de distanciamiento.
Ese deterioro tiene consecuencias. Las tiene sobre el comercio, sobre la integración productiva, sobre el Mercosur y también sobre nuestra capacidad de construir respaldo regional para cuestiones estratégicas como Malvinas.
Lo que Brasil decide y lo que la Argentina debe decidir
Por eso las elecciones brasileñas importan tanto para la Argentina.
No corresponde a nosotros decirles a los brasileños qué tienen que votar. Esa decisión es exclusivamente suya. Pero sí tenemos la obligación de comprender qué país está votando y qué consecuencias tendrán las decisiones de la principal potencia sudamericana sobre el resto de la región.
Brasil ya no es solamente aquel socio con el que discutíamos cuántos autos iban y cuántos autos venían de un lado de la frontera. Es un país que se sienta en los BRICS, negocia simultáneamente con China, Estados Unidos y Europa, recibe algunas de las inversiones industriales más importantes de la región y pretende participar de la construcción de un nuevo equilibrio internacional.
La Argentina, mientras tanto, deberá decidir qué quiere hacer frente a ese Brasil.
Puede reconstruir una relación estratégica, discutir desde sus propios intereses y volver a pensar al Mercosur como una plataforma de desarrollo, integración y soberanía. O puede observar desde afuera cómo su principal vecino amplía su escala mientras nosotros reducimos la nuestra.
La elección brasileña será de los brasileños.
Lo que hagamos nosotros al día siguiente, inevitablemente, será problema nuestro.
*El autor es parlamentario del Parlasur y ha sido observador en las elecciones recientes de Ecuador y Colombia, como ahora lo será en las de Brasil.
La nota fue publicada originalmente en Tektonikos https://tektonikos.website/lo-que-brasil-decide-lo-que-la-argentina-se-juega/
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