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Hernán Vanoli: “El progresismo tiene que aprender que un dirigismo blando no funciona”

En su nuevo libro, “Progresismo, levántate y anda”, Hernán Vanoli examina la crisis de la imaginación política y el estancamiento de la centroizquierda y el peronismo en la Argentina. Una invitación a superar la nostalgia, recuperar la capacidad de innovación y repensar el desarrollo nacional para proyectar un nuevo futuro.

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Este libro es "Progresismo, levántate y anda" de Hernán Vanoli, publicado por Siglo XXI Editores en 2026.

“Lo viejo funciona, Juan”, le decía Alfredo “Tano” Favalli a Juan Salvo en la adaptación de la serie de El Eternauta de Héctor Germán Osterheld. Sin embargo, una de las primeras preguntas que se vislumbran hoy es por qué se volvió tan problemático o difícil definirse como progresista. En algunos contextos esa palabra se devaluó o suena quizás como una incorrección política. También por qué, en tiempos de anarcocapitalismo, hablar de “el progreso” parece una entelequia difícil de digerir, una identidad en crisis que busca volver a revisarse y colmarse de nuevos contenidos, a la luz de los tiempos de esta nueva tecnocracia mundial donde habrá que crear, sin dudas, nuevas maneras de pensar, sin nostalgias por ese mundo extinguido. 

El nuevo libro de Hernán Vanoli, Progresismo, levántate y anda. Ocho ensayos de interpretación nacional para superar la parálisis y arriesgar otro futuro, que publicó de forma reciente Siglo XXI Editores, busca revisar los puntos ciegos de este concepto, pensar la crisis del progresismo en la Argentina y superar la parálisis y el fatalismo para crear un nuevo proyecto de futuro. En su larga travesía como lector y consultor se aventura, además, en la narración de su propio recorrido personal, familiar, intimista, sobre el peronismo, la izquierda, el kirchnerismo, en una conversación que abre puentes para pensar(nos) de otro modo. 

El autor, que publicó también libros como Los dueños del futuro (en colaboración con Alejandro Galliano, Planeta, 2017) y Pyongyang (Random House, 2017) se propone también pensar la tendencia a la demonización de los empresarios –en especial a los tecnológicos como Marcos Galperin–, crear un proyecto de desarrollo tecnológico soberano y reflexionar sobre el rol del fútbol, como uno de los pocos espacios para generar un cruce entre generaciones y un modo de recuperar la autoestima colectiva como país, en un momento atravesado, sin dudas, por la desconexión social y una dirigencia que no logra poner marco a este fenómeno.

 

¿Por qué hoy el progresismo está en ruinas? ¿Qué queda hoy del progresismo para nuestra generación post 2001 (“Toni Negri, John Holloway, Bifo Berardi, las serenatas del subcomandante Marcos y las intervenciones del Colectivo Situaciones”, como mencionás en el prólogo del libro)? 

El progresismo dejó de ofrecer un horizonte de progreso y, hasta cierto punto, le dio la espalda a la innovación. Estos dos ejes supieron formar parte de su identidad, pero se fueron perdiendo. El libro es un llamado a recuperarlos. Hay un punto en el cual la cultura oficial progresista perdió el humor, la ambición, los sueños o cierto horizonte utópico, y se invistió de una solemnidad y de un institucionalismo que lo alejan de la experiencia cotidiana de las mayorías. Con respecto al autonomismo de 2001 creo que no queda casi nada, porque no pudo generar instituciones nuevas y terminó fortaleciendo a las viejas.

 

Señalás que la crisis de la imaginación actual afecta también al peronismo, al que vinculás con el progresismo de manera directa incluso desde la historia de tu propia familia. ¿Por qué el progresismo se convirtió en una forma de habitar al peronismo? ¿Y por qué necesita ajustar cuentas con el kirchnerismo?

El peronismo está en un momento de mucha zozobra, no creo que vaya a desaparecer porque es una estructura de sentimientos, pero está asediado por varios frentes. Por un lado su dirigencia, que no encuentra la renovación que necesita y funciona de un modo corporativo y oligárquico. Por otro lado sus intelectuales, totalmente cooptados por la academia y lejanos de la vida de las personas comunes. Y en tercer lugar su cultura política, que combina lo peor del estatalismo con lo peor del sectarismo. El progresismo tolera estos tres rumbos y así es como se hunden juntos. En lugar de colaborar con la necesaria actualización doctrinaria del peronismo, la cultura progresista hegemónica es defensiva, elitista, se alimenta de raíces extranjeras y tolera la rosca de espaldas a las bases. Sin embargo, y pese a este panorama desolador, en el libro sostengo que el progresismo se convirtió en una forma de habitar al peronismo porque ambos sistemas afectivos comparten la creencia en que el desarrollo nacional es deseable. Con respecto al kirchnerismo creo que no hay que demonizarlo, su cultura política es lamentable pero está atravesado por una crisis y una falta de ideas e imaginación que es más general.

“Si pensás que los empresarios son moralmente malos y te la pasás esperando una burguesía nacional idílica que no existe y no va a suceder porque le cambiaste las reglas todo el tiempo es llamativo. Los empresarios son bichos culturales, como cualquiera de nosotros. No son meros agentes económicos. Necesitan estímulos, tienen traumas, aprovechan situaciones”.

¿Qué rol cumple el Estado en ese entramado del devenir progresista? ¿Por qué la mayor parte de la clase media, en Argentina, lo considera simplemente como “un mal necesario, timoneado por un estamento de políticos corruptos que lo desvirtuaron” en lugar de una fuente de recursos, políticas públicas, donde sentirse incluido?

El Estado es un medio; jamás un fin. Y para que ese medio sirva hay que adaptarlo a los tiempos que corren. El progresismo fetichiza al Estado, a los “derechos” otorgados desde el Estado, porque en el fondo busca su tranquilidad de conciencia antes que el progreso. El progreso es sucio, contradictorio, deja víctimas a su paso. Obviamente que el Estado es necesario, pero lo es para que el país se desarrolle, no para que la gente “se sienta incluida”. Para eso están las comunidades locales, la iglesia, los grupos de cartas Magic. Cuando hay desarrollo hay trabajo y cuando hay trabajo hay inclusión. El Estado debe garantizar que las personas puedan desarrollarse porque son parte de las fuerzas de la patria, tiene que existir y proteger la vida, desde luego, pero su función no es meramente incluir sino potenciar, desarrollar, proyectar y, como resultado de eso, incluir. En Hungría, por ejemplo, me enteré hace poco, si tenés un hijo te dan un crédito hipotecario barato. Si tenés dos, te bajan aún más la cuota. Si tenés tres, te lo dispensan. No sé si eso es progresista, pero si es progresivo. Me parece bien que no haya una relación afectiva con el Estado, que siempre es menos que la patria. Tampoco es una fuente de recursos. Es un mecanismo de administración. Con respecto a las políticas públicas, es otro término que perjudica mucho a la imaginación progresista. Hoy la “política pública” es lo que las “comisiones” eran para Perón. Es obvio que el Estado tiene que tomar decisiones y generar incentivos y castigos. Pero los progresistas tenemos que buscar otros nombres al accionar del Estado y proponer mecanismos para des-burocratizarlo antes de seguir pensando en “políticas públicas”.

Vanoli: “Las instituciones del progresismo tendrían que jerarquizar al que se hace cargo en lugar de querer nivelar siempre para abajo con la mirada paternalista propia de la militancia. La educación es fundamental para la agenda progresista, que al igual que la derecha no sabe qué hacer con la IA porque ya nadie escribe sin IA. El tipo de industrialización y de protección de las fronteras que queremos, la seguridad nacional, son temas que no pueden quedar fuera de una agenda progresista”.

En esas diatribas del progresismo actual, y que quizás viene desde el fin de los tiempos, en el libro también mencionás que hoy existe una disyuntiva entre el progresismo con conciencia nacional o el progresismo internacional, bienpensante, con una veta liberal, ¿por qué?

Eso quedó un poco expuesto durante el Mundial. El progresismo internacional condenó a la Argentina porque según las terminales de su catedral (periodismo, universidad, burocracias) Argentina es un país racista y era favorecido por la FIFA. A partir de ahí profesores locales y extranjeros, medios como el New York Times o la New Yorker, incluso influencers como Rosalía o performers como Varoufakis, compartieron material anti argentino. Para mí fue envidia porque más allá de todo, la calidad de vida en la Argentina, en promedio, más allá de las enormes dificultades, es mejor que en los países supuestamente desarrollados. El progresismo internacional y sus socios locales quisieron que Argentina pagase los platos rotos por Milei y quizás esto fue aprovechado por otras naciones con intereses geopolíticos contrapuestos a los de Argentina. Entonces empezaron a desencadenarse situaciones tragicómicas. Por un lado, el gobierno incapaz de estar a la altura del reclamo por la soberanía de los jugadores, con una ley de tierras bochornosa. Por otro lado, el diario La Nación a la izquierda de la revista New Yorker. Y, en este contexto, el progresismo neoliberal argentino como perro en cancha de bochas, de a momentos apoyando al país y en otros momentos más preocupados en criticar al Gordo Dan que en preguntarse si toda la bibliografía que venían leyendo y fue bajada desde la Europa con culpa por las guerras criminales que emprendió y por los Estados Unidos con sus departamentos académicos de racismo encubierto no era una gran estafa de la que ya no se podían bajar. 

 

¿Y el progresismo con “conciencia nacional”?

Hay un debate que nos debemos con esa tradición. Existe en nuestra historia intelectual una apropiación demasiado literal de Jauretche o de Hernández Arregui, por dar dos ejemplos que yo abordo en el libro. El desafío es hacerles una lectura inteligente, no literal, y contemporánea, de esa tradición.

 

Si bien se trata de una identidad en crisis, pensando en la singularidad de Argentina en este contexto, ¿cómo debería ser el diálogo del progresismo con el capital? ¿Por qué no estamos dando el debate sobre el poder económico y qué rol juegan los empresarios locales en este progreso? ¿O qué plan deberíamos tener en la Argentina para incluirlos como actores necesarios o parte de la sociedad? 

En cualquier proceso de desarrollo hay ganadores y perdedores. Eso es una tragedia. Milei sabe muy bien quiénes son sus ganadores y sus perdedores, no lo voy a decir yo porque hay medios exclusivamente dedicados a señalarlos. El progresismo, en cambio, le huye a la tragedia, es algo que no puede enfrentar. Obviamente, y como cualquier país que se desarrolla, un gobierno necesita aliarse con sectores del capital y postergar a otros. Pero si vos pensás, como el progresismo, que sólo con intervención del Estado y manteniendo sectores ineficientes vas a lograr desarrollo, yo ya no se cómo llamarlo a eso. La cultura progresista tiene que aprender que un dirigismo blando no funciona. Si querés volver melancólicamente a un Estado de Bienestar que solo existió en unos pocos países del planeta durante un pequeño lapso de tiempo, tenés un problema. Y si encima pensás que los empresarios son moralmente malos y te la pasás esperando una burguesía nacional idílica que no existe y no va a suceder porque le cambiaste las reglas todo el tiempo es llamativo. Los empresarios son bichos culturales, como cualquiera de nosotros. No son meros agentes económicos. Necesitan estímulos, tienen traumas, aprovechan situaciones. El problema es qué tipo de decisiones estratégicas tomás para el progreso y qué marco institucional necesitás para tomarlas.  

 

¿En qué medida esto es posible que subsista en tiempos de tecnofeudalismo? ¿o con la intrusión de las tecnologías o las máquinas o la IA? ¿De qué manera se puede reinventar y volver a llenar de contenido el progresismo frente a algunas afrentas de este siglo? ¿Es cierto que “lo viejo funciona”?

Con el tecnofeudalismo hay tres caminos. O buscás denunciar moralmente a los empresarios esperando a que la gente los odie y haga una revolución imaginaria, o pensás cómo negociar con ellos y ponerlos a tu favor, o nacionalizás todo lo que hacen. El progresismo argentino hace lo primero. Buena parte de los países desarrollados del mundo hacen lo segundo. China hace lo tercero. En Argentina no hay un marco institucional para que un proceso de esa naturaleza sea exitoso ni tampoco capacidades operativas. Después, las nuevas tecnologías deberían ser apropiadas por el progresismo, en lugar de sentirnos amenazados y sólo querer regularlas. Por supuesto que hay que regular. Pero el progresismo a veces parece creer que un mundo sin celulares sería mejor y no, yo creo que sería peor, que era peor. ¿Está bien prohibir el celular en las escuelas? Claro que sí. Hay que prohibirlo en las escuelas. Pero también habría que prohibir las casas de apuestas y el progresismo no pudo lograr ni eso. ¿Por qué no nos preguntamos por las posibilidades del blockchain como una alternativa o al menos una colectora un poco más definida al sistema financiero tal como existe? ¿Por qué no indagamos en qué zonas del Estado podrían tokenizarse? Es como si el progresismo temiese experimentar con la tecnología. Ser pachamamista o decrecionista no tiene nada que ver con el progresismo, se vincula más con la contracultura liberal de los Estados Unidos desde fines de los cincuenta, con el mayo francés, un juvenilismo de derecha que fue empaquetado y exportado como rebelde. Con respecto a que lo viejo funciona, yo creo que sí, que funciona, pero a veces. Igual que lo nuevo. A veces funciona. Lo viejo no funciona siempre, de hecho en el libro tomo el ejemplo de cómo, en la serie sobre El Eternauta, lo viejo en realidad no funciona.

 

Entre las ruinas del progresismo, un presente continúo que lo toma todo y una idea sutil de optimismo: ¿Cuáles son las discusiones que deberían darse, según todo este recorrido, de cara a una idea del futuro para apuntalar el credo? 

La agenda podría renovarse por muchísimos lados. En primer lugar todo lo que tiene que ver con el sistema político, con las elecciones cada dos años, con el rol de un Congreso cada vez más decorativo. Después con los procesos de departamentalización local y de injerencia de los ciudadanos a través de la tecnología. No es ciudadano solo el que habita y paga impuestos, ciudadano es el que se hace cargo. Del mismo modo en el cual argentino es el que se hace cargo. Las instituciones del progresismo tendrían que jerarquizar al que se hace cargo en lugar de querer nivelar siempre para abajo con la mirada paternalista propia de la militancia. La educación es fundamental para la agenda progresista, que al igual que la derecha no sabe qué hacer con la IA porque ya nadie escribe sin IA. El tipo de industrialización y de protección de las fronteras que queremos, la seguridad nacional, son temas que no pueden quedar fuera de una agenda progresista. Pero la pregunta de fondo tiene que ver con el progreso y los prejuicios. Hasta qué punto el progresismo puede volver a dar grandes discusiones, dejar atrás ciertos prejuicios del liberalismo pero también de la cultura de izquierdas y apuntar al desarrollo nacional sin caer en las trampas de las derechas reaccionarias.  La pregunta es qué conservar de lo viejo y dónde innovar teniendo en cuenta que la tecnología mejoró la experiencia cotidiana de la mayoría de la humanidad. El progresismo siempre quiso trascender a lo humano, lo que no significa eliminarlo sino potenciarlo. La pregunta es hasta qué punto. Cuál es el límite. Esa sería una discusión progresiva en el plano filosófico.

 

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