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¿Por qué la agresión es una estrategia central del tecnocapitalismo?  

Frente a la promesa de la democratización tecnológica, las nuevas élites responden con un viejo recurso: convertir la polarización y la agresión son la argamasa de un nuevo orden civilizatorio.

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La imagen muestra a Javier Milei, economista y político argentino que asumió la presidencia de la nación en diciembre de 2023.

Hace pocos días se publicó un interesante artículo en Le Grand Continent, revista online dirigida por Giuliano da Empoli, referida a los estudios de doctorado de Alex Karp, CEO de Palantir, y mano derecha de Peter Thiel. El artículo es en realidad una entrevista a la directora de tesis de Karp, Karola Brede, que lo dirigió durante su estadía en Alemania a sugerencia de Jürgen Habermas, a mediados de los años 90, cuando fuera estudiante de posgrado en la Universidad Goethe de Frankfurt del Meno, para realizar su tesis sobre la agresión en “el mundo de la vida”, viejo concepto alemán en la filosofía de Edmund Husserl. La inquietud primaria de Karp, según cuenta su directora, era que la agresión parecía constituirse en un sentimiento fundamental en la cohesión de las sociedades

No son ingenuos los de Le Grand Continent, ni mucho menos Giuliano da Empoli, que desde Los ingenieros del caos o El mago del Kremlin viene desentrañando la reconfiguración geopolítica del mundo desde la emergencia de las derechas alternativas o neoreaccionarias en el marco de la revolución tecnológica digital a fines del siglo XX. La tesis que sostenemos es que este proceso, lejos de ser aleatorio, es, como lo señalara la socióloga argentina, Alcira Argumedo, civilizatorio. Es decir, transformador de todos los órdenes de la vida social, que, impulsados por los capitales concentrados de Occidente buscan la reconfiguración geoestratégica del mundo, luego de la crisis de los estados de bienestar del último tercio del siglo pasado. 

La agresión no es gratuita ni un síntoma psicológico del presidente. Es un guión político del manual reaccionario de ultraderecha. Lo vemos en el discurso de Milei llamando terroristas a los estudiantes universitarios, a los docentes e investigadores, en la difusión de noticias falsas sobre los estudiantes extranjeros en las universidades públicas o en la constitución de una internacional de ultraderecha dedicada a perseguir a opositores políticos o promoviendo la exclusión de migrantes como en Ceuta.

En esa reconfiguración, en la que la lucha contra China ocupa un lugar no menor, se trata de reaccionar ante el reclamo de las mayorías explotadas del mundo en sus diferentes expresiones sociales y culturales, por la democratización de los bienes y los alcances de esa misma revolución técnica, cuya dimensión central es la mutación del trabajo. Revolución productiva que gira en torno a la premonición que John Maynard Keynes anunció en su famosa conferencia Las posibilidades económicas de nuestros nietos dictada en Madrid en 1930. Allí el economista británico señaló que la productividad capitalista durante el siglo XX permitiría reducir la jornada laboral a 16 horas semanales, facilitando la experiencia de un tiempo libre que permitiría una transformación cultural de las sociedades como nunca antes en su historia. 

Contra esta realidad inexorable luchan (insistimos, producida por la misma revolución tecnológica) el capital concentrado y las potencias occidentales. Como lo destacó el gran antropólogo estadounidense David Graeber, referente del movimiento Occupy Wall Street, en su último libro Trabajos de mierda, el sistema de poder tecnoeconómico (tecnofeudal lo llama Cédric Durand o Yanis Varoufakis), se resiste a esa democratización sociotecnológica. Para eso, no hay otra estrategia que dividir, enfrentar, polarizar, a las sociedades; y mantener profesiones y oficios innecesarios (David Graeber los llama bullshits jobs).

Así, la agresión no es gratuita ni un síntoma psicológico del presidente. Es un guión político del manual reaccionario de ultraderecha. Lo vemos en el discurso de Milei llamando terroristas a los estudiantes universitarios, a los docentes e investigadores, en la difusión de noticias falsas sobre los estudiantes extranjeros en las universidades públicas o en la constitución de una internacional de ultraderecha dedicada a perseguir a opositores políticos o promoviendo la exclusión de migrantes como en Ceuta.

Hoy vemos a cielo abierto aquello que era un germen en la tesis del joven estudiante de posgrado que se acercó a Jürgen Habermas para estudiar, contra la tesis de la acción comunicativa del filósofo frankfurtiano, cómo la violencia y la agresión serían funcionales en la constitución de unas sociedades que necesitarían cierta argamasa identitaria para impulsar una revolución tecnológica que tendría la potencialidad de derrumbar sus propios cimientos.

Nada es casual.

 

*El autor es docente e investigador de la Unidad Nacional de La Plata.

 

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