Argentina / 30 julio 2026

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Insignificantes 

El intento por entender el universo como medio para dialogar con un hijo que crece. Una reflexión sobre la materia oscura, el vértigo de nuestra insignificancia y la tranquila sabiduría de aceptar lo que no sabemos.

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Imagen ilustrativa de el universo.

Hace unos meses atrás, empecé a escuchar a científicos que se dedican a estudiar el universo. Quería charlar con mi hijo mayor asuntos que a él le interesan y de los que no sé nada, que de eso se tratara nuestro vínculo a medida que creciera: mantener una larga conversación, que dure el tiempo de nuestras vidas, cuando ya no le sea imprescindible para cubrir sus necesidades básicas, alimento, techo, etc.

Las divulgaciones de físicos y astrónomos me resultaron al principio complejas y después, cuando iba entendiendo ciertas pequeñas cosas, confusas. En ese orden, sí, de lo complejo a lo confuso.

La doctora en Física Estefanía Coluccio Leskow, a cargo del Planetario de Buenos Aires, difunde en sus redes a través de pequeños reels sus conocimientos. Varios de estos me dejaron entrampada. Supe que el universo está en constante expansión y que todo se está alejando de todo. Sin embargo, aunque más lejos esté una galaxia de nosotros y más rápido se aleje, suceden hechos contrarios: Andrómeda se acerca a nosotros por una atracción gravitacional. Atracción que le gana a la expansión cósmica. Difícil de comprender. Difícil pensar que Andrómeda y la Vía Láctea en millones de años colisionarán. Peor aún comprender que el universo se expande hacia ningún lado porque el universo es ese lado, es el espacio. Y pésimo que el universo está compuesto en un 5% de materia ordinaria, un 25% de materia oscura y el 70% restante es energía oscura. La confusión no estuvo en el hecho de que la materia ordinaria está compuesta de átomos, que forma las galaxias, los planetas, las estrellas, nuestros cuerpos, las plantas, el aire, el agua, todo lo que podemos ver con nuestros ojos, con telescopios o lo que podemos ver porque emite o absorbe luz. No. Sino en la materia oscura, que no podemos ver directamente y no absorbe ni refleja luz. Si no la podemos observar, ¿cómo sabemos que existe? Porque se ven sus efectos gravitatorios, asegura Coluccio Leskow. Sabemos que existe indirectamente, ayuda a entender y explicar cómo se forman las galaxias, cómo se mueven, cómo se agrupan y cómo se han formado las estructuras del universo. Pero lo que terminó de abismarme, me dejó en jaque, es el 70% de energía oscura. Coluccio Leskow explica que no es materia ni participa en la formación de nada y sí está asociada con la expansión acelerada del universo. No sabemos qué es la energía oscura. No sabemos. 

Cuando mi hijo mayor llega de visita, le muestro, le cuento lo que aprendí. Eso ya lo sabía. Lo dice plácidamente. Me lo explica nuevamente para asegurarse de que yo llegue a comprenderlo. Le digo que es una locura. Que no sabemos nada. Él lo acepta pacíficamente. No se abisma como yo. No se ven en sus ojos el vértigo que sí tienen los míos. Acepta no saber. Yo quisiera esa alegría mansa del no saber científico. No se sabe y se acepta. Pienso entonces que quienes desconocemos esto vivimos tan inconscientemente preocupados porque se acumula la ropa sucia o porque tal nos hizo una mala pasada o porque un día sentimos melancolía o agotamiento. Me pregunto si tener conciencia de la astronomía no endurece más lo pequeñitos, torpes e insignificantes que somos. Y si, al mismo tiempo, esto no debiera darnos un poco de sabiduría y placidez, de cautela y de aceptación.

Pienso entonces que quienes desconocemos esto vivimos tan inconscientemente preocupados porque se acumula la ropa sucia o porque tal nos hizo una mala pasada o porque un día sentimos melancolía o agotamiento. Me pregunto si tener conciencia de la astronomía no endurece más lo pequeñitos, torpes e insignificantes que somos. Y si, al mismo tiempo, esto no debiera darnos un poco de sabiduría y placidez, de cautela y de aceptación.

Le pregunto entonces a mi hijo si este no saber o la inmensidad del universo que nos contiene no lo abisma, no lo hace sentir insignificante. Le digo: No somos nada. Se ríe. Ya lo sabe.

A principios del verano pasado, vino de visita a casa el poeta Juan Meneguín, aficionado en astronomía. Nos contó en detalle cómo había construído sus telescopios. Hablando con mi hijo, explicó el recorrido del fotón, la partícula elemental que compone la luz, desde el centro del sol hasta nosotros. Dijo que el fotón tardaba casi 200000 años en hacer el recorrido desde el centro hasta la superficie del sol y únicamente 20 segundos en hacer los kilómetros que separan al Sol de la Tierra. Mientras lo explicaba, dibujando con el dedo la superficie de la mesa, los dos, Juan y mi hijo, sonreían.

Escribió Meneguín:

“La doble hélice del cometa brilla al crepúsculo,

pronto habrá consumido últimas moléculas de lejano hielo

cuando acaricie la corona solar

y serán solo fragmentos de sueños encendidos

toda su vida de hiperbólico viaje.

 

Sentado aquí, al borde del Acantilado de Kuiper,

al término de una meseta de cien unidades astronómicas

donde la luz de la estrella llega ya oblicua,

con las piernas colgando a un vacío de treinta años luz

donde alguna vez nacieran los cometas visitantes del borde,

veo en mi mente la luz esplendorosa de algún atardecer de la Tierra,

el punto de fuga de todo un misterio, con

la infancia al verano en sus cielos claros

cuando nos acostábamos en las terrazas de la noche

para contar meteoritos en épocas gemínidas o cuadrántidas

mientras nos íbamos quedando dormidos…”

 

Recuerdo que siempre mirábamos las estrellas con mis hijos. Juan Meneguín termina el recorrido de su dedo que ahora es un fotón sobre la mesa del comedor. Levanta sus ojos hacia mi hijo mayor. Le dice: Astrónomo y poeta vas a ser. Y los dos se ríen.

 

4Palabras 

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