Santilli y el trampolín con trampa de la jefatura de gabinete
Con trayectoria, capital propio y triunfos electorales en la Ciudad y la provincia de Buenos Aires, Diego Santilli asume como ministro coordinador luego de la salida de Manuel Adorni. Tiene el gran desafío de ordenar la gestión libertaria y blindar al gobierno frente al Congreso en un cargo históricamente devorador.
- julio 1, 2026
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La Jefatura de Gabinete de Ministros –así, con mayúsculas– siempre tuvo el aspecto de un espejismo. Desde su creación en la reforma constitucional de 1994, diseñada originalmente para mitigar el hiperpresidencialismo y oxigenar la gestión, el cargo se debate entre dos destinos idénticos en su intensidad pero opuestos en su suerte: ser el trampolín perfecto hacia la consagración o convertirse en el fusible máximo que salta cuando la tensión del gobierno se vuelve insoportable.
Hoy, Diego Santilli se calza el traje de coordinador general del Poder Ejecutivo. Tiene experiencia y un capital político propio. Llega rodeado de un aura de éxito electoral reciente en las legislativas de la provincia de Buenos Aires. No solo las de 2025 con el fantasma de José Luis Espert presente en las boletas. También en las de 2021, en plena pandemia. Tiene la misión de encarrilar la administración pública nacional y sacarle las “papas del fuego” al experimento libertario de Javier Milei. Pero la historia reciente de la política argentina parpadea en rojo como una advertencia: en ese sillón, el abismo parece más cercano que el éxito.
Para entender el desembarco de Santilli no hay que buscar a un advenedizo de la ola política contemporánea. Su apellido carga con una densidad histórica que cruza el deporte, las finanzas y el peronismo. Su padre, Hugo Santilli, no solo fue el presidente del River Plate multicampeón de los años 80, sino que también transitó los pasillos del Estado como subsecretario de Deportes en el último gobierno de Juan Domingo Perón en 1974 y, más tarde, como presidente del Banco Nación en los albores del menemismo.
Con esa escuela de pragmatismo y rosca, “El Colo” fue uno de los primeros integrantes del PRO de Mauricio Macri. En la Ciudad de Buenos Aires, fue ministro de Ambiente y Espacio Público (2009-2013) y luego el ladero indispensable de Horacio Rodríguez Larreta como vicejefe de gobierno (2015-2021).
Su gran salto de escala ocurrió cuando cruzó la General Paz bajo el paraguas de la ya extinta Juntos por el Cambio. En el territorio bonaerense, el principal examen de la política local, como dijimos, Santilli revalidó títulos con un doble triunfo en las legislativas de 2021 y 2025. Esa chapa de ganador en el distrito más complejo del país es su principal activo y el motor de su ambición inconclusa: la gobernación de la provincia de Buenos Aires o, si los inciertos caminos del poder abren un resquicio, la mismísima Casa Rosada.
Diego Santilli no es el primero en mirar ese despacho como una rampa de lanzamiento. Pero la historia de los últimos años demuestra que la jefatura de gabinete suele ser una trampa para los proyectos presidenciales o provinciales.
El desafío que asume no es menor. El Jefe de Gabinete es el encargado de la administración general del país y el enlace político crucial con el Congreso. Bajo su órbita, cae la ejecución de la ley de presupuesto nacional y la relación con los gobernadores, además de la tarea diaria de convocar y presidir las reuniones de ministros para alinear las metas del gobierno.
Sin embargo, el cargo tiene una doble exposición que Santilli conoce al detalle. Por un lado, la obligación constitucional de concurrir al Congreso al menos una vez por mes para informar sobre la marcha de la gestión. Por el otro, ser el único ministro con responsabilidad política directa ante el Poder Legislativo, pasible de ser interpelado o removido mediante una moción de censura. El mecanismo que terminó apurando la salida de su antecesor Manuel Adorni. Ahora Santilli deberá apelar a todo su oficio de negociador para blindar la gestión de Milei.
Diseñada para amortiguar las crisis del Presidente, la jefatura de gabinete suele devorar a sus inquilinos antes de que alcancen a acariciar sus proyectos personales.
La historia de los últimos años demuestra que suele ser una trampa para los proyectos presidenciales o provinciales. Santilli no es el primero en mirar ese despacho como una rampa de lanzamiento. Aníbal Fernández utilizó el cargo en 2015 como vidriera para proyectar su candidatura a gobernador bonaerense, en una campaña que terminó fracturando al peronismo y facilitando el triunfo de María Eugenia Vidal.
Luego de la derrota del Frente de Todos en 2021, Juan Manzur llegó desde Tucumán con la chapa de “salvador” –en acuerdo con Cristina Fernández de Kirchner– para ordenar el gabinete de Alberto Fernández. Prometió volumen político y terminó regresando a su provincia sin pena ni gloria. Dejó la gobernación a manos de Osvaldo Jaldo y terminó con una banca en el Senado.
En 2023, Agustín Rossi asumió el control de la botonera sobre el final del mandato anterior y terminó como compañero de fórmula de Sergio Massa, en una aventura electoral que naufragó frente al fenómeno de La Libertad Avanza.
Y, por supuesto, está el historial caliente de Adorni. El protagonista del abrazo de oso a seis manos con Milei y su sucesor. El vocero devenido en ministro coordinador, que hasta hace poco se perfilaba como el candidato puesto para la alcaldía porteña en 2027, quien repartía hipotéticos cargos e hilando complicidades en redes sociales. Y terminó yéndose repudiado por la opinión pública y con un largo futuro en los despachos judiciales.
Todos, de una forma u otra, chocaron contra la misma pared: la administración del día a día de una Argentina en crisis permanente devora el capital político más rápido de lo que permite construirlo.
La llegada de Santilli promete orden administrativo, muñeca política con los gobernadores y un puente de plata con el PRO y el ala dialoguista del Congreso. Es el traje que mejor le queda a un político profesional de su trayectoria. Pero también, con su experiencia, debería saber que el territorio que pisa está minado.
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