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El daño está probado, los culpables absueltos: contradictorio fallo por las fumigaciones en Pergamino

El Tribunal Oral Federal 2 de Rosario probó científicamente el daño irreversible que generaron las fumigaciones en los cuerpos de Sabrina Ortiz y su familia, pero absolvió a los productores y limitó las condenas a dos exfuncionarios municipales. Cómo el Estado decide qué vidas cuentan y resguarda la rentabilidad del agronegocio en un experimento a cielo abierto que expone a más de doce millones de habitantes.

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¿Cuáles son las heridas que provoca un Estado que habilita la aplicación de más de 640 millones de litros de pesticidas por año (dato en aumento desde 1996)? ¿Qué implica pensar nuestra vida política ante un incremento de casos de abortos espontáneos, malformaciones congénitas, diagnóstico de cáncer —entre otras enfermedades— en pueblos fumigados? ¿Cuál es la dependencia de los 12 millones de habitantes que viven en zonas agrícolas expuestas a agrotóxicos?

La rentabilidad económica de los pools de siembra, producto de la exportación de cultivos transgénicos, es un registro ajeno a los pueblos que habitan el territorio que se monocultiva, pero a la vez es un registro que constituye social y políticamente sus cuerpos. Cuando se decide sostener el modelo agroindustrial posibilitado únicamente por la utilización de agrotóxicos, ¿qué otras decisiones estatales se están tomando sobre sus cuerpos?

Podríamos hablar de una falsa autonomía, una falsa noción de que “mi cuerpo es mío y decido cómo alimentarlo o qué respira”, pero la realidad es que desde hace décadas se vienen registrando agrotóxicos en los alimentos, glifosato en registros de urocultivo y la presencia explícita de mosquitos fumigadores en las escuelas rurales. La exposición a una violencia difícil de escapar (porque requiere escapar literalmente del territorio donde construyeron sus vidas, vínculos, etc.) provoca una vulnerabilidad que aglutina y organiza políticamente.

Son principalmente madres las que dan la pelea. Son ellas sujetos políticos amenazadas por la vulnerabilidad de los cuerpos de sus hijos. Así se inscribe la historia de Sabrina Ortiz, de Pergamino: una madre que, tras perder un embarazo de cinco meses por las fumigaciones frente a su casa, comprobar que sus hijos tenían quistes y afecciones severas, y sufrir ella misma dos accidentes cerebrovasculares, decidió estudiar abogacía para defenderse. Su propio cuerpo, con altos niveles de agrotóxicos en sangre, se transformó en la prueba jurídica y política de este territorio de sacrificio.

Luego de cinco meses y más de veinte audiencias, el veredicto de ayer del Tribunal Oral Federal N°2 de Rosario en la causa de Pergamino expuso una radiografía del conflicto: los jueces Román Lanzón, Elena Dilario y Eduardo Rodrigues Da Cruz dieron por probado científicamente el daño irreversible a la salud de Sabrina, su familia y sus vecinxs provocado por los agroquímicos, pero decidieron absolver a los productores agropecuarios y co-propietarios de los campos imputados —Fernando Cortese, Mario Ravier y Víctor Gutiérrez— bajo el argumento de que no se acreditó su «responsabilidad penal» o intención de daño. El dolor y la contaminación son reales, están probados en los cuerpos, pero el sistema penal elige amparar la rentabilidad del agronegocio.

La condena quedó limitada únicamente a dos exfuncionarios municipales: el exdirector de Asuntos Agrarios, Guillermo Naranjo, y el auditor e inspector técnico, Gonzalo Briones, penalizados por incumplimiento de los deberes de funcionario público. Así se vuelve a recortar la responsabilidad: se penaliza la negligencia burocrática local para dejar intacta la estructura corporativa y a los aplicadores que envenenan. Como denunció la propia Sabrina al salir de la audiencia: “Nuestros cuerpos tienen veneno… esto es solo una instancia y no vamos a parar hasta que dejen de fumigarnos”.

La sentencia completa y sus fundamentos se darán a conocer el 10 de agosto. Por lo pronto, la querella evalúa presentar un recurso de apelación para que sean condenados los productores acusados. “Nuestros cuerpos tienen veneno. El que me envenenó fue Mario Roces, quien vive frente a mi casa. No vamos a parar hasta que esto se resuelva, porque consideramos que hay pruebas que no han sido leídas”, expresó Ortiz.

Hay cuerpos más expuestos que otros: los pueblos fumigados son territorios de sacrificio. El modelo agroproductivo impone de qué manera vivir o morir. Nadie decide sobre su propio cuerpo desde que quedan condicionados el agua, los alimentos que consume y el aire que respira. No hay, en una comunidad fumigada, posibilidad de escapar.

El universo de personas expuestas a algún tipo de agrotóxico es imposible de dimensionar. En el documento “Efectos de agrotóxicos en la salud infantil”, de la Sociedad Argentina de Pediatría, el ingeniero agrónomo y docente de la Facultad de Agronomía de la UBA, Javier Souza Casandinho detalla las características físico-químicas de los pesticidas, mostrando la incapacidad de controlar el alcance que tienen las aplicaciones. 

Los pesticidas poseen una volatilidad que permite un rápido pase a la fase gaseosa del producto; una solubilización en agua de ríos, lagos o existente en suelo; una bioacumulación que puede darse por ingestión directa (alimentos expuestos a agrotóxicos) o indirecta (alimentación dentro de la cadena alimenticia de origen animal: leche, carne); una descomposición por agentes físicos o químicos que imposibilitan la salida del tóxico del ecosistema; una persistencia capaz de retener características físicas, químicas y funcionales en cualquier medio en el que sea transportado; una absorción a las partículas del suelo-arcilla y a la materia orgánica (ropas de dosificadores, por ejemplo).

Todas estas propiedades no solo muestran la resistencia de los tóxicos y su capacidad para trascender fronteras, sino que presentan el denominado “efecto saltamonte”, proceso por el cual los contaminantes orgánicos persistentes circulan por la atmósfera de la tierra, por la repetición de las emisiones (evaporación) y las deposiciones (por ej., a través de la lluvia). Dice la Sociedad Argentina de Pediatría: “Se dispersan los plaguicidas en ambientes cercanos a los campos pulverizados llegando incluso a distancias tan lejanas como los límites del movimiento de la atmósfera lo permitan dentro del planeta”. Nadie queda afuera de la exposición de este experimento a cielo abierto.

Hay cuerpos más expuestos que otros: los pueblos fumigados son territorios de sacrificio. El modelo agroproductivo impone de qué manera vivir o morir. Nadie decide sobre su propio cuerpo desde que quedan condicionados el agua, los alimentos que consume y el aire que respira. No hay, en una comunidad fumigada, posibilidad de escapar. El veneno es transversal. En las ciudades rurales coexisten todos bajo la misma capa de venenos que circulan en el aire, y en el agua de red. Vecinos del centro y la periferia, aplicadores, productores, empresarios, políticos. Y sus hijos también.

Así como hay vidas más expuestas, también hay un orden de responsabilidad. Vecinos de zonas rurales y semi periféricas se resisten cada vez más a ser fumigados. Autoridades de salud e instituciones judiciales insisten en que “no hay pruebas suficientes” o “evidencia penal directa” para condenar a quienes aplican el veneno. Falta un esfuerzo del sistema de salud por crear otra cultura política donde el cáncer, las malformaciones congénitas, los abortos espontáneos, las enfermedades respiratorias, tengan una respuesta real y concreta, asociada con la realidad que toca. Si se validaran las pericias médicas en lugar de ampararse en tecnicismos de impunidad que salvan a productores como Cortese, Ravier o Gutiérrez, se podría incluso tener algún nivel de sensibilidad que permita reflexionar colectivamente.

La no representación pública, la falta de estadísticas de salud, de discursos oficiales, de ordenanzas claras, de imágenes y narraciones de quienes padecen en carne propia las consecuencias de este modelo, desintegran a las comunidades en amenaza. Pero las complicidades se extienden al periodismo —sector clave desde donde problematizar, visibilizar y generar otro tipo de discursos— las empresas de alimentos, las autoridades estatales y un Poder Judicial reactivo a sentar precedentes corporativos, que prefiere castigar la desidia administrativa que desarmar la impunidad de los dueños de la tierra.

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