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El este europeo quiere guerra
Un juego peligroso cuya paz depende de que Washington y Moscú eviten la escalada. Europa del Este busca mayor presencia militar de EE. UU. ante una supuesta amenaza rusa. Sin embargo, analistas sugieren que detrás de este rearme no hay solo defensa, sino una estrategia de las élites locales para perpetuarse en el poder entregando su soberanía.
- junio 13, 2026
- Lectura: 4 minutos
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Los horizontes de la guerra se expanden en Europa: Polonia y los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) pretenden más presencia militar estadounidense en sus territorios. La ampliación de las bases militares norteamericanas en Europa del Este es un mal síntoma, huele a conflicto con Rusia. Mientras, Washington y Moscú tratan -con dificultades- de articular una coexistencia armoniosa en Europa.
Asegura el politólogo ruso Timoféi Bordachov que detrás de esta ambición de Polonia y sus vecinos de acrecentar el padrinazgo militar de Estados Unidos no solamente hay cuestiones de defensa: una escalada bélica con Rusia garantizaría a las élites locales su continuidad política. Escuchando esto, a los argentinos nos viene rápido el recuerdo de los jerarcas de la última dictadura ordenando el desembarco en las Islas Malvinas para fugar hacia adelante y hacer el último intento de continuar en el gobierno.
Luego de la inevitable intervención militar rusa en Ucrania, entre otras razones fogoneada por la misma tozudez europea, fue creciendo una retórica belicista respecto de Moscú. El Kremlin no se quedaría quieto en el Donbass, sino que arremetería con toda Europa. «La historia moderna confirma que la mejor forma de lograr la impunidad y la permanencia de las élites políticas es vender la soberanía del país a un protector externo», sostiene Bordachov, director de programas del Club Valdai, en un artículo publicado en el diario ruso Vzgliad. Así, el experto explica que los europeos, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ven a Estados Unidos como el protector ideal, al que ahora los países de Europa del Este optan por pedirle que amplíe sus instalaciones militares en la región.
En Europa del Este se ha desatado una especie de competencia para ver quién acapara más tropas, bases, e incluso armamento estratégico de Washington. Polonia, por ejemplo, quiere que parte del contingente que Donald Trump dice que retirará de Alemania se hospede en su país; en tanto Lituania está dispuesta a albergar armas nucleares estadounidenses. Ante esto, Bordachov afirma que el principal objetivo de estas movidas no es la cuestión de la defensa nacional. «Obtener bases estadounidenses significa resolver durante mucho tiempo, si no para siempre, dos problemas: definir una estrategia exterior y reducir el riesgo de que una población cansada de sus dirigentes pueda apartarlos del poder», señala el analista, y advierte que por esto se paga un precio alto, ya que, «si se despliegan tropas extranjeras en el territorio de un país, su defensa pasa automáticamente a ser asunto de quien proporciona esas fuerzas».
En Europa del Este se ha desatado una especie de competencia para ver quién acapara más tropas, bases, e incluso armamento estratégico de Washington. Polonia, por ejemplo, quiere que parte del contingente que Donald Trump dice que retirará de Alemania se hospede en su país; en tanto Lituania está dispuesta a albergar armas nucleares estadounidenses.
Con los ejemplos de Japón y Alemania el politólogo ruso ilustra de qué manera la presencia militar extranjera trastoca cualquier política de defensa nacional soberana. «Alemania y Japón fueron eximidas de la necesidad de pensar en su propia defensa después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las fuerzas de las potencias vencedoras quedaron desplegadas allí de forma permanente», señala, y añade que este modelo garantizó durante décadas que las mismas castas políticas (a decir de Javier Milei) permanezcan en el poder.
Polonia y los países bálticos han desarrollado una geopolítica basada en el supuesto de que una confrontación con Rusia es inevitable. Esto ha empujado a esas naciones a estrechar lazos con la OTAN, aumentando su nivel de dependencia. Entonces, ¿Por qué prefieren pagar ese costo en vez de fijar sus rumbos de manera más soberana? ¿Por qué no relacionarse con Rusia, un vecino lleno de recursos naturales tan necesarios, del mismo modo que lo hacen con Estados Unidos?
Tomando en cuenta el análisis de Bordachov, concluimos que esto es así porque un acercamiento con Moscú no es conveniente a las élites dirigentes surgidas luego de la desintegración de la Unión Soviética. Esa clase dirigencial que administró a estos países luego de su desvinculación con la URRS, siempre miró hacia Washington y adhirió al modelo que desde el norte de América se exportó hacia toda Europa a partir de 1945, en la inteligencia de que esa alineación les garantiza una estancia prolongada en el poder.
Por supuesto que el Kremlin es totalmente consciente de esto y -lejos de mostrar signos amenazantes hacia Europa- hace prevalecer su diplomacia y su paciencia, la que podría llevar a Rusia a encontrar una fórmula de convivencia medianamente armónica con Estados Unidos en territorio europeo. Suena extraño esto, pero lo único que puede frenar la locura belicista de los gobernantes del “viejo continente” es que Estados Unidos no avale un enfrentamiento con Moscú. Algo así como esperar que el mono deje la navaja en el suelo.
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