¿Cómo se va a jugar el Mundial? (guía completa de tácticas para hacerse pasar como un experto)
Entre la ilusión intacta de siempre y la invasión de pizarrón ultra tecnológico, datos y vendehumos de feria, se viene un Mundial 2026 de 104 partidos. Frente a los "bloques bajos" y la robotización, aquí se rescata el engaño, la gambeta y el coraje humano. ¿La vida es eso que pasa entre un Mundial y otro?
- junio 10, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Habrá que tener en cuenta varias dimensiones a la hora de sentarse a ver —donde pueda cada uno– cómo se va a jugar el Mundial 2026. Una vez más da ilusión la Copa del Mundo y el seleccionado argentino. Siempre nos ataca el recuerdo de cuántos mundiales vimos, dónde estábamos, con quiénes vivíamos, si éramos más lindos/as, flacos/as, con más o menos pelo y de qué color; dónde trabajábamos o estudiábamos, si es que lo hacíamos; quiénes eran los relatores y comentaristas, y en qué canal o radio lo veíamos y/o escuchábamos.
Una multitud de recuerdos y emociones nos asaltan la cabeza cada vez que arranca. Se suman los denominados “hinchas de la selección”, que compran facturas y tortas como si fuese un cumpleaños. Los enfermos y sus cábalas. Ah, también la abuela y la tía del interior, que como siempre trae masas finas.
Las opciones para ver van cambiando. Ahora están las plataformas, las aplicaciones, el viejo canal de cable y la ya sorprendentemente viva TV de aire para apreciar a casi los mejores futbolistas del mundo compitiendo por la copa como sucede cada cuatro años. Eso sí, allá va a hacer calor, mucho calor. Dicen que también habrá tormentas, cooling breaks, shows musicales y carencia de nuevas estrellas.
Será el último mundial de varias estrellas rutilantes (cosa que siempre pasa). Va a estar también Trump. Tres países organizadores: dos que no tienen idea del deporte que se va a jugar y el otro que más o menos. Nuevas reglas. Una cantidad de partidos en las ligas locales y continentales que hacen que se rompan decenas de jugadores antes de llegar a la orilla; y para acompañar este manjar, las obsesiones de los entrenadores que pretenden que los players lleguen al 100 % de su estado físico y futbolístico después de que tuvieron, en el mejor de los casos, solo un puñado de días para estar juntos entrenando y más de 50 partidos en lo que va del año sobre el lomo (ya sé, peor es laburar). Son 104 partidos en 39 días: una verdadera fiesta de lobotomía futbolera.
Dicen que las formas de jugar de las selecciones en el Mundial van a estar marcadas por tendencias tácticas muy verticales, con gestión extrema de los planteles y adaptaciones a nuevas reglas. El paso a 48 equipos y la necesidad de disputar ocho partidos para ser campeón obligó a los entrenadores a cambiar sus estrategias.
Hay una desesperación por parte de algunos periodistas, “comenta todo”, cuerpos técnicos, entrenadores y vendedores de humo de forzar los números y datos a más no poder. De robotizar a los jugadores. Una mirada absolutamente extractivista del juego y de los que lo interpretan, donde lo único que importa es el jugo máximo que se le puede sacar a cada uno. Con datos, planillas, compus, tablets, simuladores de juego, entrenamientos tácticos y físicos donde lo humano parece que pasa de largo. El juego, el engaño, la gambeta, el caño, el amague, el pique corto, la alegría, la bronca, el error, la distracción, los miedos, las tensiones, los dolores físicos y musculares, y las ganas de cagar parece que van a quedar de lado o solo serán atendidas por pocos y en algunos momentos.
Es en esa línea que algunos decretan la desaparición definitiva del “10” clásico y promulgan el fútbol ultravertical con transiciones veloces donde se imponen los pases largos, la presión alta y los ataques directos. La posesión lenta y paciente de la bocha se escurre en el terreno frente a la velocidad de transición. Se habla de “interiores organizadores” (ja), cuya supuesta función es armar el juego en lugar del enganche tradicional. Sobre lo opuesto a eso, Luka Modrić llevó a Croacia a un segundo y cuarto puesto en los últimos dos mundiales.
Otros dueños de la tecnología y los datos aplicados, que se visten de entrenadores, van a hablar de bloques bajos, extremos y decisiones sobre pelota parada. Debido a que clasifican los ocho mejores terceros, dicen los optimistas que las selecciones que andan más o menos van a defender muy cerca de su arco. Saben que un empate 0 a 0 con una potencia puede ser suficiente para pasar de rueda. Escuchen, porque esta es buenísima: van a escuchar hablar de “defensores híbridos”, “sistemas dinámicos” y “centrales polivalentes”.
Hay una desesperación por parte de algunos periodistas, entrenadores y vendedores de humo de forzar los números y datos a más no poder. De robotizar a los jugadores. Una mirada absolutamente extractivista, donde lo único que importa es el jugo máximo que se le puede sacar a cada uno.
Aseguran que el defensor central “puro” también está en extinción, como el 10. Parece ser que estos ñatos dicen que los equipos de élite buscan centrales capaces de adelantarse y jugar de mediocampistas centrales cuando su equipo tiene la pelota para generar superioridad numérica (más viejo que el opio).
Escuchen esta: estructura mutable. ¿Qué sería? El sistema 4-2-3-1 reactivo. Dicen los vendehumos de feria que muchas selecciones atacan con un 4-3-3, pero se repliegan rápidamente en un bloque medio para contrarrestar a los laterales invertidos del fútbol moderno.
Impacto de las nuevas reglas y la joda de los 10 segundos para los cambios: la nueva norma de la FIFA obliga a los sustituidos a salir en un máximo de 10 segundos. Si se demoran intencionalmente, el equipo juega con un futbolista menos por un minuto. Y después está también la regla de los 8 segundos del arquero que, si se aplica estrictamente, impide que los guardametas retengan la pelota más de ese lapso; caso contrario, hay tiro de esquina para el equipo rival.
Habrá selecciones entre las más comentadas donde los extorsionadores de turno se llenarán la boca hablando de sus pizarrones y van a decir que van a afrontar los partidos con propuestas marcadamente diferentes. Dicen desde la Universidad de Reading (inchequeable) que hay seleccionados que proponen flexibilidad, posesión con propósito y “mística”.
Aventuran estos pelafustanes que estos cuadros pueden evolucionar sobre una base de madurez colectiva con una estructura mutable de 4-3-3 a 4-4-2 en rombo, con lógica de tres centrales. Destacan a este cuadro porque el técnico no se ata a ningún dibujo: su once puede mutar de un partido a otro, e incluso durante el mismo juego, dependiendo del rival. Decí que dentro de la cancha mandan los jugadores después, por suerte.
Agregan que puede formar líneas de 3 o 5 defensores si el contexto lo requiere con paciencia, pero sin “enamorarse” de la pelota, manejando la posesión con fluidez en el mediocampo, pero sin dormir el juego. No vaya a ser que les guste y se pongan a hacer jueguitos. Habrá transiciones rápidas y verticales para abrir los espacios interiores. Presión media-alta. No asfixia los 90 minutos, sino que alternan bloques de presión coordinada para forzar el error, replegándose en un bloque compacto (4-1-3-2) si el oponente supera la primera línea de juego. Los movimientos de los mediocampistas forman triángulos dinámicos para cortar juego, descargar rápido y llegar por sorpresa al área (también más viejo que el Atari).
De otras selecciones –burbujean los mercenarios digitales– dicen que van a proponer verticalidad eléctrica y extremos puros. Con un fútbol dinámico, agresivo y de vértigo por las bandas con una formación 4-3-3 directa. La forma de jugar se cimentaría, en este caso, en la velocidad de sus extremos puros. El objetivo no es desgastar al rival con pases horizontales, sino buscar el mano a mano constante, el desborde y la profundidad inmediata. El mediocampo se va a estructurar bajo el equilibrio del que piensa como el termómetro táctico y, a su alrededor, habrá interiores con llegada y distribución que dinamizan la circulación vertical. Tras la pérdida de la pelota, ejercerán una sofocante presión con una línea defensiva muy adelantada y agresiva, asumiendo riesgos en el retroceso para ahogar la salida del rival en su propio campo (este no estaría tan mal, pero ya se hizo hace más de cincuenta años).
Los voceros de la mercadotecnia aseguran que habrá quienes jueguen al poder físico y las transiciones letales, con una propuesta que se basa en una estructura sólida que explota el talento individual en velocidad, sumado a un bloque destructivo y de repliegue. A este esquema no le incomoda ceder la iniciativa. Suele asentarse en un bloque medio-bajo ultra resistente, con una zaga central con capacidad y velocidad para defender espacios abiertos. Aparece en escena —ojota con esta— el “monstruo de transición” en el medio, con pivotes defensivos de enorme despliegue físico que ahogan el pase interior del rival para recuperar limpio y lanzar de inmediato el ataque vertical, con un jugador por el frente de ataque complementado por la aceleración de extremos en las bandas.
En tanto, los vendedores de ilusiones tecnológicas señalan que otros tantos jugarán al control estructurado dinámico, con un sistema rígido sin pelota, pero sumamente flexible en ataque. Marcado por la estabilidad sin balón como prioridad y con una gran obsesión por la seguridad defensiva. Estos equipos tiran una presión alta inmediata tras perder la pelota, pero si el rival los supera, se repliegan de forma estricta en un bloque cerrado para anular los contragolpes. Priorizan el equilibrio táctico por encima de las individualidades, con futbolistas con gran disciplina posicional y despliegue en los duelos atléticos. Un ataque funcional en el último tercio con un tipo liderando la salida y el mediocampo distribuyendo con fluidez hacia zonas de peligro. El sistema busca que sus figuras pisen el área por sorpresa desde la segunda línea, aprovechando los arrastres de marca y apoyos que generen los centrodelanteros de referencia.
Por otra parte, los voceros del fin de las ideas van a delirar con los que hagan alta presión y verticalidad aprovechando las condiciones atléticas de jugadores con fuerza y velocidad. Con la pelota, van a buscar transiciones dinámicas con jugadores que exploten los costados, abastecidos por la llegada sorpresa desde la segunda línea de mediocampistas con gran despliegue box-to-box. Van a tener una mandíbula defensiva con riesgo: al proyectar carrileros muy ofensivos, el equipo asume riesgos en las transiciones defensivas, pero para calma de los cagatintas estos mismos pueden ir a esquemas híbridos que mutan a una línea de 5 defensores en bloques bajos para resguardar la zaga central.
Dejan para lo último y con desdén a los que van a plantear un “fútbol de relaciones” donde, a diferencia del juego posicional estructurado en el que cada jugador mantiene una zona fija, estos priorizan las relaciones espontáneas. Estos pibes se agrupan fuerte y sobrecargan sobre la pelota para combinar en espacios reducidos con toques rápidos en paredes hacia diferentes direcciones. El eje del ataque lo integran creativos que comparten el frente ofensivo con la velocidad de los delanteros por las bandas. A esto se suman laterales que, mientras uno se proyecta casi como un delantero puro para estirar la cancha, el otro se cierra hacia el centro para transformarse en un mediocampista de contención, equilibrando el retroceso ante posibles contragolpes.
Ah, y me olvidaba: vamos a querer mucho a los que transmitan que se la pasan y confían en el compañero desde el afecto, el cariño. Defender y atacar desde ahí no tiene precio. Después se gana o se pierde.
Gracias por llegar hasta acá, chicos. Por suerte, cada comienzo de mundial nos hace ilusión. Hasta hay algunos que sostienen que la vida es lo que pasa entre mundial y mundial. Sin llegar a esos extremos, desde este rinconcito nos vamos a esforzar para encontrar goles, jugadas divertidas, sonrisas, sombreritos, caños, amagues, engaños, bicicletas, elásticas y coraje para ir al frente cuando parece que está todo perdido. Se los quiere. No se pierdan.
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