Argentina / 26 abril 2026

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Diario de migrañas (II)

El tránsito por el agujero negro del estatus migrañoso. Una apuesta a futuro donde el humor, la fe (y una pequeña hiedra) se vuelven las herramientas necesarias para transformar el dolor en una forma de aprendizaje.

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Imagen de una planta

La cara más oscura de la migraña la conocí cuando mi hija de tres años, me preguntó por primera vez: “Mamá, ¿estás enojada conmigo?”

Ese día me dolía el cuello, me levanté con ella a hacer una torta de naranja a las siete de la mañana. No aguantaba estar en la cama. Cocinamos juntas. Le acerqué un banquito a la mesada, batí los huevos, rallé la naranja, y ella volcó el azúcar. Fruncí el ceño. Me miró y me lamenté. 

Pero hago y hago porque tengo miedo. Porque soy madre y sé que la migraña crónica, la que te deja fuera de juego, por factores biológicos y genéticos, te puede deprimir. Pero además, dicen, es una enfermedad de las mujeres. La padecemos tres veces más que los hombres por distintos factores hormonales. Y a las que somos madres, esto nos parte. Porque tu vida, la que sentís que a veces llevás bajo cierto control, se pone en jaque y ya no podés sostenerlo todo. 

El otro día fui a buscar a mi hija a la salida del jardín. Hace días que sabe, ve, escucha lo que está pasando en casa. Insiste, después de esa primera vez, si estoy enojada, si me duele, qué pasa mamá. También, como cualquier niño de tres, reclama. Venía quejándose durante las tres cuadras que separan nuestra casa del jardín. Quiero un chocolate, quiero ir a jugar a lo de León, quiero ir a la plaza, no quiero ir a casa, quiero ir a upa. El dolor empezaba a subir del ojo a la sien, y de ahí a la coronilla, y de ahí a la cervical. Empecé a cantar desaforadamente, como en un trance con mi spanglish, como si la calle no estuviera llena de los de la otra especie (sin migraña crónica) un martes a las cinco de la tarde: 

You’re the only one who really knew me at all

How can you just walk away from me

When all I can do is watch you leave?

 

Es lo único que me sale hacer. Cantar a los gritos. Casi como un rezo. Como si pidiera ayuda. Abro los ojos y mi hija dejó de llorar, pero lo que tengo enfrente es un vecino cerrando la puerta de su casa, riéndose de mí o conmigo. Es un cantante joven, lindo, famosísimo, y me muero de vergüenza y risa al mismo tiempo. Lo reconozco y le digo: “¡Genio!” Me agradece y se va. 

Soy madre y sé que la migraña crónica, la que te deja fuera de juego, por factores biológicos y genéticos, te puede deprimir. Pero además, dicen, es una enfermedad de las mujeres. La padecemos tres veces más que los hombres por distintos factores hormonales. Y a las que somos madres, esto nos parte.

El dolor no se va, pero sigo en mi camino surcado al freezer (donde cada tres o cuatro horas busco el hielo) o a la cocina (donde caliento la almohadilla que uso a diario en los hombros). La oscuridad no es más verdadera que la luz, y viceversa. Pienso: hay algo clave y es cómo sale una de acá, de este agujero negro que es un estatus migrañoso. De todas las formas que hay para aprender en la vida, una es el dolor. No es necesariamente la mejor, hay otras. Y el costo es altísimo, pero es una herramienta efectiva para el que puede transitarlo, para el que puede evitar sucumbir y hacer algo con todo eso que le pasa. Para eso se necesita fe. Cualquiera sea. La entrega total. Y cuando es posible, y el dolor lo permite, jugar la carta del humor. 

Una tarde me empecé a reír de mí misma, me reí con el estómago, con las costillas, con los codos. Nos tocó la carpeta viajera del jardín, aquella a la que hay que llenar con fotos de la familia y los gustos preferidos de tu hijo o hija, las vacaciones, las actividades que más le gustan, etcétera. Recordé cómo el año pasado me había desquiciado en medio de pantallas, colores, imágenes, corridas a la imprenta y recortes para que mi hija tuviera la más linda nunca vista jamás. No sé a quién quería impresionar pero para mi hija pasó sin pena ni gloria. Este año decidí que lo hiciéramos juntas, también con su papá que se ocupó de imprimir las fotos (bien oscuras). Seleccionamos, recortamos, pegamos con muchísima plasticola y en medio de un mar de relieves dibujamos unos corazones con fibras y adiós carpeta viajera hasta el año que viene. ¿Mi hija? Feliz. Es imprescindible ser consciente de esto. 

Durante los peores días de mi crisis migrañosa, en los que no podía leer ni escribir, cuestiones que considero indivisibles, fuimos a la plaza. A la vuelta robamos una ramita. Le prometí a mi hija que haríamos un esqueje, que echaría alguna raíz en unos días y que luego la plantaríamos. No siempre sale, no siempre funciona, pero necesitaba una apuesta a futuro. Para ella y para mí. La hiedra tiene hoy nuevas hojitas en una maceta del balcón, a la que todas las mañanas le da el sol. 

4Palabras 

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