Día de la Tierra: el balance tras tres décadas de transgénicos en el país
Con 580 millones de litros de agrotóxicos vertidos anualmente, el agronegocio consolida un desastre ambiental y sanitario. Frente al desmantelamiento de políticas de soberanía alimentaria y el avance del monocultivo, surge la resistencia de pueblos fumigados y la agroecología como única vía posible para recuperar el vínculo con la Pachamama y garantizar el buen vivir.
- abril 22, 2026
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Cada 22 de abril se conmemora en el mundo el Día Internacional de la Madre Tierra, fecha formalmente reconocida por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2009, como una jornada pensada para la concreción de iniciativas globales como la limpieza coordinada de ríos, playas y espacios públicos o la plantación de árboles, entre otras propuestas. Este año, el eslogan elegido es “Nuestro Poder, Nuestro Planeta”. La génesis de la fecha conmemorativa, sin embargo, data de 1960, cuando a instancias de la presión social derivada del movimiento ambientalista norteamericano, se celebró el Simposio de Ecología Humana en el que la bióloga marina Rachel Carson (autora de Primavera silenciosa) advirtió sobre los riesgos del uso irrestricto de pesticidas. “Por primera vez en la historia del mundo todo ser humano está ahora en contacto con productos químicos peligrosos, desde el momento de su concepción hasta su muerte”, denunció Carson y marcó un quiebre en la lucha socio-ambiental. ¿Pero qué ocurre en Argentina, uno de los países que mayor cantidad de agrotóxicos emplea a escala global? ¿Cuál es el impacto en la tierra, el aire, el agua, los cultivos? ¿Cómo afecta la carga química de fungicidas, acaricidas y herbicidas a las comunidades aledañas a los cultivos sistemáticamente pulverizados?
La irrupción de la soja de Monsanto en 1996 -a través de un trámite exprés aprobado por el exsecretario de Agricultura Felipe Solá bajo el segundo mandato menemista-, fue la punta del iceberg y no solo significó el ingreso de los organismos genéticamente modificados (OGM) sino que permitió la adopción de una agricultura intensiva e industrializada, en detrimento de las poblaciones originarias y las comunidades locales. La aprobación del paquete tecnológico –semilla transgénica /agrotóxicos/ siembra directa– representó un quiebre en los modos de entender la agricultura, modificando radicalmente las prácticas campesinas conocidas hasta entonces. Desde mediados de los noventa e incluso antes, en mayor o menor medida todos los gobiernos mantuvieron e impulsaron la aprobación de eventos transgénicos como política de Estado. “El papel de la Argentina en la promoción del modelo agrícola industrial transgénico fue crucial y fue el país que representó la cabecera de playa de esta expansión para la industria semillera y agroquímica mundial, focalizada en su primera etapa hacia los países con grandes territorios agrícolas (Estados Unidos en el norte y Argentina en el sur)”, señala María del Carmen Seveso, médica toxicóloga, investigadora y denunciante de los impactos del agronegocio en el Chaco. La autora de Resistiendo al modelo agro–biotecnológico (CB Ediciones) precisa que es “fundamental comprender la criminalidad de quienes saben el daño que están causando a los seres vivos cuando inventan, producen y utilizan en forma masiva estos disruptores de la naturaleza”.
Según los últimos datos oficiales aportados por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en diciembre de 2024, en Argentina se pulverizan alrededor de 580 millones de litros de pesticidas bajo distintas modalidades, es decir, a través de fumigaciones aéreas o terrestres.
El pasado 25 de marzo se cumplieron treinta años del ingreso del modelo de monocultivo impuesto por las grandes corporaciones del agro y la alimentación, particularmente Bayer/Monsanto, Syngenta, Dow/DuPont y BASF, aniversario que invita más al debate que a la conmemoración. Hoy, la transgénesis ocupa 24 millones de hectáreas de diferentes cultivos, desde soja y oleaginosas, hasta maíz, papa y algodón, resistentes a herbicidas o genes, lo que refuerza su dependencia de agroquímicos. Según los últimos datos oficiales aportados por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en diciembre de 2024, en Argentina se pulverizan alrededor de 580 millones de litros de pesticidas bajo distintas modalidades, es decir, a través de fumigaciones aéreas o terrestres. El corrimiento de la frontera agraria para destinar los campos a la demanda del modelo que pasó a llamarse sin eufemismos, agronegocio hizo que solo entre los años 2002 y 2018 se perdieran 83 mil chacras, desplazamiento territorial que llevó a engrosar aún más los bolsones de pobreza en las periferias de las grandes ciudades. Otras de las consecuencias directas son la contaminación de las napas subterráneas con los residuos de los fertilizantes, la pérdida de biodiversidad y el impacto sanitario que repercute en la salud de las poblaciones cercanas a las fumigaciones.
La carga química no queda en la deriva que sobrevuela los campos; llega a la ingesta cotidiana a través de la comida, proveniente de los residuos de pesticidas que se hallan en las verduras y frutas que consumimos, igualmente presente en los alimentos industrializados. Recientemente publicado, el Informe Anual de la Situación de la Soberanía Alimentaria en Argentina de la Red Calisas (que cuenta con más de ochenta cátedras en universidades públicas) evidencia “un agravamiento de los indicadores tras dos años del gobierno de Javier Milei, con el desmantelamiento de las políticas para la agricultura familiar y la producción de alimentos sanos para la población”.
En medio de este desastre sanitario y ambiental, queda la organización colectiva enraizada en los movimientos campesinos, indígenas y colectivos de los pueblos fumigados cuya porfía en la búsqueda de un ambiente y una tierra sanos, posibilita el tránsito hacia la agroecología y los necesarios modos de repensar el vínculo con la Pachamama. Queda, asimismo, el compromiso de gran parte de la Ciencia Digna cuyo acompañamiento desde el ámbito académico (y también desde los territorios) refuerza y sostiene el anhelo por el buen vivir.
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