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Picada cultural: Lila Pastoriza, Martel, Schwarzböck y las formas de pensar la era de la posdictadura

¿Es la democracia el fin del espanto o su administración silenciosa? A través de la filosofía de Schwarzböck, el cine oblicuo de Martel y la lucidez punzante de Pastoriza exploramos las grietas de la memoria reciente.

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Imagen ilustrativa de Picada Cultural

Hay un libro que no tuvo la discusión que se merecía. Tal vez por su carácter incómodo, indómito, revulsivo. O por hablar de eso que el amplio consenso advierte que no se puede nombrar. Es el caso de Los espantos: estética y postdictadura, de la filósofa Silvia Schwarzböck. Publicado por la editorial Cuarenta Ríos hace una década, pone el foco en aquello que la última dictadura aniquiló y no logramos revertir hasta estos días. 

Para Schwarzböck, no vivimos simplemente en democracia, sino en una posdictadura. O, para ser más precisos, en una posderrota. Estamos en el tiempo que sucede al exterminio de aquel “fantasma del comunismo” –que de manera increíble algunos hoy ven como omnipresente— que solía señalar las formas de vida injustas. Pero que tampoco logró imponer “formas de vida vivibles y deseables”.

Desde mediados de los setenta, los imaginarios sociales parecen haber caído bajo un monopolio: la vida de derecha como única opción, esa utopía de una existencia sin conflictos ni grandes transformaciones. La autora sugiere que el exterminio de la dictadura no apuntó solo a los cuerpos, sino a la posibilidad misma de pensar una vida de izquierda, “no tanto en lo que ella tiene de guerrilla, sino en lo que la guerrilla tiene en relación con el Pueblo”. En otras palabras: el problema no está tanto en que Montoneros o el ERP hayan tomado las armas, sino en los intentos de masificar la relación del pueblo con la política.

Sin tapujos, Schwarzböck inscribe su libro en el género de terror. El bloque dominante logró disfrazar de “derrota” lo que en realidad fue un triunfo: la implantación de un sistema que aún perdura. Y que se asienta sobre tres pilares: “la victoria de su proyecto económico / la derrota sin guerra de las organizaciones revolucionarias / la rehabilitación de la vida de derecha como la única vida posible”. Bajo este esquema, la política se vuelve algo secreto, ajeno, un asunto de «expertos» en el que el pueblo solo debe delegar la resolución de problemas estructurales y cotidianos. La posdictadura, entonces, no es el fin del espanto, sino su administración silenciosa. Como señala Alejandro Horowicz en la entrevista que publicamos hoy en 4Palabras, no hay posibilidades de salir adelante si no hacemos un “balance en serio” de la derrota que nos impuso la última dictadura.

 

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Si Schwarzböck define la postdictadura como la naturalización de una “vida de derecha», La mujer sin cabeza (2008) es la pieza cinematográfica que mejor traduce esa parálisis. A través de la amnesia de su protagonista (María Onetto) tras un choque en la ruta, la directora Lucrecia Martel apunta a desentrañar la arquitectura de la impunidad en la burguesía argentina.

La trama funciona como un laboratorio de la autoindulgencia: cómo una clase social se cierra sobre sí misma para que nada tenga consecuencias. La directora muestra cómo el lenguaje y los silencios configuran posiciones de poder con más precisión que un decreto. “Para hablar de los mecanismos de complicidad durante la dictadura, es mucho más preciso ir por este camino un poco más oblicuo que si hubiese ido directamente  a los hechos”, me contó en una entrevista que le realicé antes del estreno de su obra.

Para Martel, el cine es su forma de ejercer la ciudadanía. “Mi cine es decididamente político porque creo que es mi forma de participar en política, de ejercer la ciudadanía argentina. Siento que pertenezco a una generación a la que la posibilidad de participación en partidos o en organismos de claro corte político estuvo erradicada de nuestro imaginario con total precisión durante la dictadura. Entonces cuando te das cuenta de lo poco sabroso que es no pertenecer a la historia de tu país pienso que una versión de esa sensación de pertenecer a la historia por lo menos yo la siento a través del cine”, explicaba.

 

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Pensar la memoria desde el borde del abismo. Periodista, sobreviviente de la ESMA e integrante de la agencia ANCLA junto a Rodolfo Walsh, Lila Pastoriza no solo es una testigo de “esa maquinaria del terror que funcionaba con muertos”. Es, ante todo, una investigadora punzante y tremendamente lúcida que se ha dedicado las últimas décadas a desentrañar los dilemas de la memoria histórica. En su texto fundamental “Una discusión necesaria: hablemos sobre la memoria”, Lila invita a una reflexión que huye de las respuestas fáciles y los binarismos estériles.

Para Pastoriza, la memoria no es un bloque estático de bronce, sino una construcción política y ética en constante disputa. Se pregunta: “¿Qué se quiere transmitir? ¿La dimensión de la represión, el dolor de las víctimas? ¿Sus valores? ¿Los proyectos militantes de los desaparecidos?”. En su análisis, advierte sobre el riesgo de la despolitización. Y sostiene que la idealización de la militancia de los setenta a menudo termina por congelar, obturar, obstruir la memoria.

En este artículo escrito en 2008, Lila plantea que la memoria debe ser una herramienta para iluminar el presente. Según su mirada, el trabajo de recordar permite que se enciendan alarmas ante signos actuales que remiten a lo ya vivido, rompiendo con la idea de que la historia es una línea recta. Nos recuerda que no existe una memoria fiel si se les quita a los hechos su sentido original. Por ello, aboga por una aproximación descarnada y polémica que rescate a las personas desaparecidas no sólo como víctimas de un poder absoluto que “arrasó la propia condición humana”, sino como protagonistas de un intento genuino de transformación social. 

“Se ha dicho que las víctimas generan consensos, no así los combatientes. Los desaparecidos parecen estar a mitad de camino”, dice y se pregunta levantando el velo de lo solapado: “¡Cómo conseguir que se los recuerde no sólo por el sufrimiento y el calvario de ser víctimas y por la dimensión ética de jugar su vida a los ’ideales’ sino por haber sido los protagonistas- primero derrotados políticamente  y luego exterminados- de un fortísimo intento de transformación social?”

Lila recuerda que la sociedad no fue neutral ni ajena. “Sin embargo, hay sectores de la sociedad que no reconocen sus antiguos entusiasmos, implicaciones, condescendencias”, indica. Un consenso general que descarga responsabilidad y genera la idea de que amplios sectores de la sociedad siempre la “vieron desde afuera”. 

Sobre el final abre sentidos que parecen cerrados con más preguntas: “¿Cómo evitar la desmemoria social, el recuerdo más que selectivo y –por qué no– la distancia ante cualquier tentación transformadora? Ese también fue un objetivo buscado”. Por eso, hace un llamado: sostiene que construir las “narrativas negadas de ese pasado tumultuoso y trágico puede contribuir a interrogarlo, y quizás aproximarse a explicarlo”. 

 

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50 años del último golpe de Estado. Es necesario marchar, movilizarse, cuestionarnos. Evitar las consignas vacías. Generar memorias incómodas, que nos sigan interpelando, que nos molesten, que nos sacudan la modorra. “No obstante, estamos en la víspera. Recibamos todos los influjos de vigor y de real ternura. Y cuando llegue la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades”, escribía Arthur Rimbaud hace más de 150 años. Que así lo construyamos de manera colectiva a partir de este martes 24 de marzo. Hasta la semana próxima, saludos cordiales, la redacción.

4Palabras

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