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Picada cultural: Valor sentimental + María Teresa Andruetto + lecturas de verano

¿Qué peso tienen los objetos en nuestra memoria? De la consagración del noruego Joachim Trier al hallazgo literario de la cordobesa María Teresa Andruetto en Italia, reflexionamos sobre el cine, la herencia familiar y los libros que marcan una vida.

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Luego de su exitoso paso por el Festival de Cannes en mayo de 2025, donde fue distinguida con el Gran Premio Especial del Jurado, Valor sentimental se convirtió en una de las películas más galardonadas de la temporada. Ayer nomás fue la gran ganadora en los European Film Awards (película, dirección, guión, actor, actriz y banda sonora) y tiene muchas chances de lograr nominaciones en diversas categorías en los Oscar, que se anunciarán el próximo jueves 22. 

Más allá de lo que ocurra con los premios de la Academia de Hollywood (proclive muchas veces a ignorar obras maestras), la película dirigida por el noruego Joachim Trier tiene mérito en sí misma y es de esos filmes que crecen en la memoria de los espectadores con el tiempo. 

En este relato de metaficción cinematográfica, Nora —interpretada por una notable Renate Reinsve— se ve obligada a confrontar a un padre ausente, el decadente cineasta Gustav (Stellan Skarsgård), en medio del duelo por su madre. El conflicto escala cuando Nora rechaza participar en la nueva producción de Gustav, lo que lleva al director a sustituir a su hija por una joven figura de Hollywood (Elle Fanning).

Las relaciones intrafamiliares e intergeneracionales, los errores que se agigantan cuando no son suturados de forma rápida, los silencios y la siempre abierta posibilidad de una redención son algunos de los temas que aborda. Como ocurre desde su ópera prima Reprise – Vivir de nuevo (2006), que puede verse en Mubi, Trier juega con los saltos temporales, utiliza el montaje como un sistema de puntuación y reflexiona sobre las imposiciones de las nuevas plataformas, la necesidad de la libertad artística (las ataduras, los riesgos que conlleva) y la ratificación de que el futuro nunca está escrito: ante cada uno de nuestros pasos, se abren diversos caminos paralelos. También traza apuntes sobre la historia y el presente de Noruega. En este caso, haciendo alusión a la ocupación nazi y los ecos traumáticos que llegan hasta nuestros días. 

Entre la materialidad y la abstracción, la obra de Trier habla sobre las cualidades invisibles de ciertos objetos y cómo se transforman en archivos íntimos de memoria.

 

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El “valor sentimental” del que dotamos a las cosas es el eje también de un libro pequeño y potente, publicado hace un par de años, que merece mayor difusión. Se trata de Una lectora de provincia de María Teresa Andruetto y editado por Ampersand. 

Allí la escritora reconstruye su vínculo con la lectura, que surgió en un pueblo junto al ferrocarril a cien kilómetros de la ciudad de Córdoba. El punto de partida: una familia de inmigrantes, el fantasma de la guerra, una casa de inquilinato con letrina comunitaria. “Las carencias materiales eran muchas pero el ansia de libros también estaba latente en casa”, recuerda. 

Una abuela que “se murió leyendo”. Una madre con gran apetencia por las bibliotecas. Un padre que buscaba aprender a través de los libros: geografía, historia, arte, luchas sociales, el movimiento cooperativo de los pueblos. 

Mucho tiempo después, María Teresa fue a visitar por primera vez a sus parientes en Italia y pudo conocer la casa en la que nació y vivió su padre hasta el comienzo de la guerra. En el altillo, había dos cajas grandes de madera que llevaban un rótulo: “Romualdo Stefano Andruetto / Destino: puerto de Buenos Aires”. Habían pasado más de cincuenta años. Estaban llenas de libros. Nadie se había animado a tocarlos. Nunca habían llegado a destino, pero vivían en la memoria de aquel inmigrante.

 

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Hace poco más de cuatro décadas, mi tío Tito estiró su brazo hacia un estante de su biblioteca y me entregó dos libros. Eran ejemplares de tapas verdes, encuadernados de manera artesanal: Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas y Pinocho de Carlo Collodi. Aunque el canon los ubica en los estantes infantiles, para mí fueron el bautismo en las “versiones de grandes”; hasta entonces, mi mundo literario se limitaba a la brevedad de los cuentos o la síntesis escolar de la Biblioteca Billiken. Estábamos a punto de salir de vacaciones familiares hacia San Bernardo y aquel gesto, en apariencia simple, terminó por marcar el resto de mis días.

Poco después, escuché en un programa de radio —de noticias deportivas— a un periodista que les sugería a sus estudiantes un rigor casi atlético: leer un libro por semana. Entre el regalo de mi tío y esa consigna radial, terminé por adoptar un mandato que sobrevive hasta hoy. Con los años, fui diseñando mi propio manual de estilo como lector: la regla de abordar el primer diez por ciento de un tirón o la obstinación de no abandonar nunca una obra.

Luego aparecieron las limitaciones impuestas por el paso del tiempo, esas tiranías de la vista que impiden lidiar con tipografías mínimas o interlineados asfixiantes. De todos los deportes playeros, la lectura es en el que puedo desplegar mejor destreza; o, para ser honestos, es el único que estoy en condiciones de practicar junto con el truco.

Todavía conservo aquellos dos ejemplares de tapas verdes. Descansan en mi biblioteca como una piedra basal, el cimiento invisible sobre el cual se construyeron todas las lecturas que vinieron después.

 

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De a poco, también, llegan comentarios de nuestros lectores. Esta semana, Fernando Casas nos señaló que “hace falta este periodismo de convicciones, pero no sólo de barricada. Pareciera que no vale la pena dar elementos para que se genere pensamiento propio, con tanto repentismo short de la redes. Pero habemos muchos que estamos buscando esto, hartos de tantos gritos”. Gracias, en ese camino estamos. Esto es todo por hoy, nos vemos la próxima semana. Saludos cordiales, la Redacción.

 

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