Perdimos a Eva
Falleció Eva Giberti, referente fundamental de la psicología argentina. Una persona que demolió mitos, incomodó certezas y abrió posibilidades. Su legado quedará en la historia social y política del país.
Por Alicia Stolkiner. Profesora de Salud Pública y Salud Mental (1985-2021). Facultad de Psicología, UBA. Titular de Maestría y Doctorado en Salud Mental Comunitaria, UNLa.
- diciembre 14, 2025
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La primera vez que vi en persona a Eva Giberti fue en una temprana reunión de comisión en la Cámara de Diputados. Había sido invitada a exponer sobre la ley de adopción que entonces se debatía -y que recién se aprobaría años más tarde-. No había pasado demasiado tiempo desde el retorno a la democracia, y los derechos de niñas, niños y adolescentes todavía no formaban parte de una agenda difundida ni transversal.
Su exposición fue iluminadora: sólida, conmovedora, atravesada por años de trabajo en el tema. El trasfondo -no siempre explicitado- de aquella discusión legislativa era el derecho a la identidad, en un país que aún cargaba con las apropiaciones de niños durante la dictadura, y con el reclamo persistente de las Abuelas. La ley vigente, en ese entonces, daba por “precluida” la identidad anterior y por definitiva la adopción plena. Eva demolió mitos, incomodó certezas y abrió posibilidades.
Mucho antes, ya conocía la Escuela para Padres, que ella había fundado y sostenido, y que desde mis años de estudiante me llamaba la atención por su audacia. Esa iniciativa, que desafió rigideces académicas, fue también parte de la vida cotidiana y de las prácticas de crianza de miles de familias en nuestro país.
En el prólogo del libro de Susana García Rubio sobre esa experiencia, publicado en 2009, Giberti escribió: “Se encontró con obstáculos semejantes a los que conocimos quienes, en décadas anteriores, habíamos osado registrar el pulso de la comunidad y crear una Escuela para Padres, que en la década de los sesenta se instituyó como un verdadero movimiento social en la Argentina”.
Y así fue, tanto los obstáculos como el movimiento que logró generar.
Pero Eva no fue solo una profesional brillante. También fue una madre atravesada por el horror, que luchó incansablemente por su hijo. En 2012, publicó en Página/12, en primera persona, la nota “Yo lo vi”, donde relató el momento en que, durante la dictadura, volvió a verlo tras una sesión de tortura:
“Lo traían, arrastrándolo, sujetándolo desde las axilas. Los pies apenas rozaban el suelo, a pesar de su estatura, pero las rodillas no podían sostenerlo. Habían logrado cubrirlo con una camisa y el pantalón. La cabeza caída sobre el pecho, sin cara que me permitiera reconocerlo. Era Hernán, mi hijo.”
Dejó una marca profunda en la formación de residentes, en los debates sobre infancia, género y violencia. Sería extenso enumerar cada hito de su trayectoria académica y en gestión, pero algunos merecen ser destacados. Fue consultora de UNICEF Argentina, vicepresidenta de la Comisión Permanente por la Vida de los Niños en América Latina y el Caribe, y, sobre todo, impulsora del programa “Las Víctimas Contra Las Violencias”, creado en 2006 desde el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Más tarde, en 2009, promovió la creación de la Oficina de Rescate y Acompañamiento a las Víctimas de Trata.
Una vida consecuente. No sin dolores. No sin luchas.
No compartimos muchos espacios, pero siempre fue una referencia para mí. Y lo seguirá siendo.
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