Argentina / 13 febrero 2026

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Milei y el acta de sumisión a Estados Unidos

El nuevo “acuerdo” comercial desnuda la política exterior del gobierno libertario: una sumisión ideológica disfrazada de alineamiento. Con 113 concesiones argentinas frente a sólo dos estadounidenses, el texto ignora el interés nacional y acepta la imposición de un proteccionismo asimétrico.

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Los significantes salen de la boca de los funcionarios del gobierno de Javier Milei con un significado contrario al del diccionario. La inflación supuestamente baja, cuando en realidad sube. La actividad económica se recupera, cuando en los hechos se derrumba. La libertad se dice que avanza, cuando —a decir verdad— retrocede como nunca en más de 40 años.

A esta lista de ejemplos escueta viene a sumarse ahora el título de “Acuerdo sobre Comercio e Inversiones Recíprocos” que se le da a un documento suscrito entre el ministro de Relaciones Exteriores Pablo Quirno y el representante de Comercio de los Estados Unidos Jamieson Greer. Que no se trate de un acuerdo y que no haya siquiera vestigios de reciprocidad en el texto no importa en lo más mínimo.

Si un análisis honesto de la realidad nos obliga a rechazar esa subversión del lenguaje del gobierno, también debemos desembarazarnos de los eufemismos que son moneda corriente al calificar la política exterior del gobierno que preside Milei. El acuerdo que va a ocuparnos aquí es la demostración palmaria de que esa política es de sumisión y no de “alineamiento”. Someterse implica aceptar graciosamente la imposición del otro. Alinearse es algo bien distinto: implica un esfuerzo por sopesar los intereses del otro e intentar que los propios armonicen o converjan con ellos. La distinción no es para nada exquisita. La sumisión prescinde directamente de la existencia de intereses propios. El alineamiento puede suponer la subordinación de esos intereses, pero parte de que sí existen.

En la presentación triunfalista del documento concebido e impuesto por Estados Unidos, el gobierno de Milei escamotea el hecho fundamental de que la Argentina fue obligada a sentarse a la mesa con Washington después de que Trump la agrediera comercialmente imponiendo un 10% de aranceles a todas sus exportaciones hacia aquel mercado y reservando al acero y al aluminio argentinos aranceles prohibitivos del 50%. Golpear de manera arbitraria e inesperada no es una acción que EE.UU. haya reservado a nuestro país. Por el contrario, el 2 de abril del año pasado, Donald Trump anunció (bajo el eufemismo de Liberation Day) la apertura de hostilidades comerciales contra todos los países del mundo, incluso contra alguno que rápidamente se descubriría que ni siquiera tiene relaciones comerciales con Estados Unidos. El origen violento que tienen las negociaciones bilaterales forzadas por Trump son un signo decisivo de este tiempo, ya que a las asimetrías de tamaño económico le suman el daño inicial infligido a todos los países agredidos.

A esta negociación forzada, el actual gobierno concurrió sin posiciones propias, lo cual se ve reflejado en la casi total ausencia de cláusulas de reciprocidad. La especialista Julieta Zelicovich subraya que en el documento la Argentina se obliga a 113 concesiones y no obtiene de EE.UU. más que dos. Las mutuas son tan sólo ocho. Si vamos al anexo que contiene el listado de aranceles, la asimetría se hace también patente: 415 páginas para las concesiones argentinas, 76 para las estadounidenses. Más aún, como lo destaca el subsecretario de Relaciones Internacionales e Interjurisdiccionales de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel Padín, de los 1.675 productos para los cuales EE.UU. eliminará aranceles Argentina sólo exporta a ese país 270 y 330 de ellos directamente no forman parte de nuestras exportaciones a ningún país del mundo. Para vergüenza de nuestro país, esa lista de productos no surge de una petición argentina, sino que es simplemente una copia de la lista que EE.UU. había anunciado unilateralmente el 5 de septiembre de 2025: no le va a cobrar aranceles por esos productos a Argentina porque ya había indicado que no se los iba a cobrar a nadie.

La especialista Julieta Zelicovich subraya que en el documento la Argentina se obliga a 113 concesiones y no obtiene de EE.UU. más que dos. Las mutuas son tan sólo ocho. Si vamos al anexo que contiene el listado de aranceles, la asimetría se hace también patente: 415 páginas para las concesiones argentinas, 76 para las estadounidenses.

No vamos a detenernos aquí en el análisis pormenorizado cláusula por cláusula, que ya ha sido realizado por especialistas en materia comercial. Baste decir que en un espectro de posiciones teóricas bien amplio no es fácil encontrar a quien haya podido identificar alguna ventaja para nuestro país. Incluso entre los defensores del enfoque de las ventajas comparativas (que abogan por producir sólo lo que ya somos buenos produciendo) hay dudas respecto de la debilidad del compromiso de los EE.UU., que sólo promete (con un indefinido “will”) que finalizará las negociaciones respecto del acceso al mercado de carne vacuna, sin comprometerse (evitando el categórico “shall”).

Hay otro motivo para no detenerse en los detalles: como la mayoría de las acciones del gobierno, la aceptación de este mal llamado “acuerdo” se debe al fundamentalismo ideológico del gobierno. No hay modo de exagerar la radicalidad del pensamiento que comparten desde el rudimentario Milei hasta el más sofisticado Federico Sturzenegger. En el corazón de su ideología, toda regulación es una cortapisa moralmente inaceptable a la libre acción del homo œconomicus. Proponer normas que corrijan asimetrías es oponerse al despliegue de esas fuerzas naturales. Y entonces, esperar que el actual gobierno argentino, como lo habría hecho cualquier gobierno anterior (permítaseme subrayar “cualquier”) se siente a la mesa de negociación con pretensiones propias es completamente ilusorio. Un elenco gobernante que cree religiosamente en la supervivencia del más apto no puede siquiera concebir la existencia de un interés propiamente argentino.

Pablo Quirno no finge demencia cuando omite cualquier mención, así sea descriptiva, del planteo ferozmente proteccionista que define al gobierno de Trump. Por el contrario, simplemente asiste satisfecho a la puesta en acto de la fuerza de quien debe predominar. Que este sea un país que no es el suyo es una consideración menos que secundaria. En este asunto, como en todos los asuntos que Milei y su gabinete tienen enfrente, lo único que importa es acercarse al ideal utópico de terminar con la política pública. Quirno no llora como Jorge Faurie: ríe porque se sale con la suya sin hacer, literalmente, nada.

 

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