Milei despreció los festivales populares como un gasto del Estado en beneficio de algunos artistas. Su presencia en el Festival de Jesús María marca un cambio de estrategia. Todo líder necesita sus bardos para que lo inserten en el entramado cultural de la comunidad, rol que no ha logrado jugar en primera persona haciendo sus propios recitales. Si antes le alcanzó con movilizar a su favor la bronca hacia la casta política, ahora que se ha convertido en lo que criticaba debe tomar otros rumbos. Cosquín ya le puso un freno.
- enero 27, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Por el momento, la sensación de estar viviendo la farsa de los ’90 es tan grande, que corremos el riesgo de no ver lo nuevo, las diferencias. La imagen en el Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María, donde el Chaqueño Palavecino cantó Amor Salvaje junto al presidente de la Nación, Javier Milei, es uno de esos déjà vu que se imponen. A finales de los ’90, escribí mi tesina de licenciatura: el Folklore en video-clip, tradición y estilo de época. Trabajé sobre la nueva generación de artistas populares que habían surgido: Soledad Pastorutti, Los Nocheros, Jorge Rojas, Rally Barrionuevo, Facundo Saravia y, por supuesto, el Chaqueño.
La muestra balanceaba las diferentes tendencias de renovación paralelas a la modernización que proponía el menemismo en la sociedad. Una Sole explosiva, joven, lúdica compartía pantalla en los canales de cable, que le dedicaban programas exclusivos a los audiovisuales del género, con otros más adustos y tradicionales, como el heredero de Los Chalchaleros. La búsqueda de nuevas melodías de Rally se compaginaba con su compromiso social, mientras Los Nocheros apostaban a la hibridación con los géneros románticos latinoamericanos para expandir el mercado hacia países vecinos.
Pero algo los unía: daban cuenta del crecimiento de las ciudades medias provinciales, su sociabilidad -las peñas- y la irrupción de las nuevas tecnologías de la comunicación. Una nueva sensibilidad tomaba centralidad y el Chaqueño Palavecino fue sin dudas quien mejor la expresó: la sexualidad como tema folklórico. Las moralistas historias de amor se volvieron más terrenales y desinhibidas. El Chaqueño fue la correa de transmisión entre generaciones.
Claro que eso también tuvo su precio; pasaron a segundo plano las epopeyas históricas, los unitarios y federales, las épicas de caudillos y la protesta social. Mientras León Gieco, en el rock, rememoraba a los bandidos rurales, las chacareras se volvieron dulces, atrevidas o melodramáticas. El cantor y guitarrero desapareció prácticamente de la escena con su impronta irreverente y reflexiva dejando lugar a la banda, en tanto la Sole revoleaba el poncho como ahuyentando la carga política de Yupanqui, justo cuando su tesitura era rescatada por Divididos.
Eso llamaba la atención. Mientras el rock en los ’90 iba poniendo en primer lugar la protesta social y los derechos humanos, el folklore, salvo excepciones, dejaba esos temas y se volvía más liviano, entretenido, desembozado, volcado hacia las relaciones íntimas. Para ser justos, hay que reconocer que los folkloristas y el sujeto social de donde emergen, vivieron la represión política de los ’70 con mayor intensidad que el naciente rock de aquel momento. Era de esperar que lo procesaran distinto.
De todo aquello a esta parte muchas cosas han pasado. La cultura popular y las florecientes ciudades provinciales transitaron la crisis del 2000, la recuperación y el crecimiento del kirchnerismo, la pelea con el campo, el estancamiento y las desilusiones con los gobiernos posteriores y la creciente polarización política. Las redes sociales y las nuevas tecnologías aplicadas a la producción agropecuaria también generan transformaciones en la sensibilidad de los sectores sociales, sobre sus aspiraciones, el lenguaje con que dan sentido a la experiencia, la división entre quienes siguen la carrera tecnológica y quienes van quedando excluidos de las competencias que requiere… las estéticas y las temáticas cambiarán. Son esos caminos nuevos que abren artistas como Milo J. o Cazzu, que con su reciente presentación en Cosquín; recomponen las tramas poéticas para hablar del ayer y del ahora.
Milei se abrazó, como tantas veces, a ecos de la convertibilidad que tanto venera. A un artista que ha sabido atravesar el tiempo, victorioso. El poeta Hugo Rivella, en cambio, lo sentenció como “un político que se cree un león y es apenas una rata gritando desaforado”. Su aceptación pende de la caótica fragilidad en la que ha sumergido a la economía argentina y de la voz de los que excluye, para sostenerla.
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