Argentina / 3 febrero 2026

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Método para volver a militar: una reseña del libro “Progres del mundo”

Frente al avance de las derechas autoritarias, Nicolás Tereschuk propone dejar de lado el “tirapostismo” para recuperar la comunidad. Su nueva obra invita a dudar, socializar lecturas y entender que nuestra crisis es organizacional más que ideológica.

Por Martín Astarita. Politólogo, doctor en Ciencias Sociales

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Si estás preocupado por el rumbo que está tomando el planeta de la mano de las derechas autoritarias -a lo Donald Trump, a lo Javier Milei- te lo recomiendo. Sirve, ante todo, para parar la pelota, levantar la cabeza e intentar dársela al de tu misma camiseta. Obliga a apagar el algoritmo por un rato y pensarnos como lo que somos, porque, en definitiva, un progre yankee está atravesando dilemas muy similares a los nuestros, y si “leemos el mundo”, tal vez “podemos pintar nuestra propia aldea”. 

Una de las mayores virtudes del libro Progres del mundo, Nicolas Tereschuk (publicado por Ediciones Futurock), es que incursiona en un terreno resbaladizo -leninista(?)- de qué hacer evitando una de las principales enfermedades de los tiempos actuales: el tirapostismo. Más que un recetario de verdades de streamer contemporáneo, lo que hace Tereschuk es socializar lecturas: de libros, de papers, de diarios, de informes, de encuestas, de la Argentina, de Estados Unidos, de España, de Alemania, etcétera. En momentos de crisis, “todos tienen razón y todos están equivocados”. 

Con honestidad intelectual, el libro busca reconstruir las diversas discusiones que proliferan dentro del heterogéneo campo progresista y más allá. Tomar partido en muchos de estos debates no le impide encontrar razones en planteos con los que no está de acuerdo y advertir falencias y limitaciones en aquellas posiciones más cercanas a las suyas. De igual modo, varias preguntas quedan explícitas, sinceramente, abiertas. En lugar de recaer en la soberbia que se esconde en la falsa interrogación retórica, el libro se anima a dejar en el aire, flotando, unos cuantos No se. Todo un mérito el de realzar el valor de la duda. 

En Progres del mundo, más que soluciones, hay un método, o varios. Ante todo, un método para pensar lo que nos está pasando: de cómo informarnos y cómo formarnos, de cómo procesar la avalancha de datos sin marearnos, de cómo revalorizar las prácticas analógicas sin descartar lo digital, de cómo romper con el provincialismo de sentirnos los únicos caídos en desgracia. Así, sin dificultades, el libro logra saltar de una cita de un youtuber a correlaciones de un paper politológico, del informe del ministro de Salud norteamericano al editorial de The Economist.

Pero raspando, también se esconde un método de supervivencia, de cómo seguir creyendo en lo que creemos sin rendirse en el intento. En tiempos donde prima la crueldad contra los de abajo y la admiración por los de arriba, la idea de Tereschuk es conectar con el de al lado. Recuperar, reconstruir, volver a hacer, una comunidad. Por eso el libro es fundamentalmente un método para la militancia, dirigentes incluidos. 

El argumento central de Tereschuk es que nuestra crisis -la crisis de los progres en todo el mundo- no es ideológica, sino organizacional. Ni más a la derecha ni más a la izquierda; de lo que se trata es de organizarse mejor.

Las derechas radicales están en ascenso. Y los que nos oponemos, en crisis. Consecuencia directa de sucesivas derrotas, los progres del mundo estamos golpeados y desorientados. Sufrimos una policrisis (política, cognitiva) pero sobre todo identitaria. Entonces Tereschuk arriesga: desde el vamos declama la unidad. Lo hace, nos aclara, para simplificar: usar la etiqueta progres le allana el camino para ordenar, clasificar y sistematizar el debate; para encontrar “racionalidad”, como nos gusta a nosotros, los progres. Así, la lectura fluye, las ideas encuentran cauce, las posiciones -aunque contrapuestas- cobran sentido. Pero hay otra razón, más profunda, por la cual aparece esa (desgastada, castigada, acaso injustamente vilipendiada) etiqueta. Suena a provocación, pero no es solo eso: el argumento central de Tereschuk es que nuestra crisis -la crisis de los progres en todo el mundo- no es ideológica, sino organizacional. Ni más a la derecha ni más a la izquierda; de lo que se trata es de organizarse mejor.

Varias ideas, instrumentos, prácticas, insumos, surgen de esta propuesta centrada en lo organizacional. Ya con eso, con eso solo, Progres del Mundo justifica su existencia como libro que trasciende el terreno meramente académico y la esfera de los diagnósticos, y busca aportar, transformarse, en una guía para la acción. Entonces, cuando terminás el libro, te dan ganas de empezar a aparecer en la cooperadora de la escuela de tu hijo, de anotarte en un club, de organizar talleres de lectura, de (re) afiliarte a un partido, de aportar a la comunidad. De militar, en un sentido amplio. 

Porque la militancia no es solo “pasar a la acción”, sino también no claudicar en interrogarse y dudar de todo. El libro, en ese sentido, cumple: porque te deja más preguntas de las que tenías antes de leerlo. Es ahí que uno, contagiado con la propuesta de crear comunidad, se anima a preguntar, por ejemplo, sobre la cuestión de la organización. ¿Es tan así, que no importan tanto los posicionamientos ideológicos, que por más que hagas buenas políticas públicas, lo que te va a conectar con el electorado es la forma en que te organices? 

Es todo un mérito haber abierto un nuevo terreno de análisis, indagar en un novedoso factor como causante de nuestras desgracias, pero… es un debate, el organizacional, que se está dando principalmente en Estados Unidos. ¿Se probó en algún lado que ese puede ser el camino? ¿Qué nos dice nuestra experiencia argentina? ¿Son los demócratas de Estados Unidos los que nos pueden enseñar el camino? Porque, aunque en título y espíritu, se hable de progres del mundo, el énfasis, el sesgo, el faro principal del libro, es Estados Unidos. 

Es cierto: hay alguna breve referencia a la propia historia del peronismo, a su fluidez organizacional como secreto para subsistir y trascender las épocas históricas. Pero, ¿se agota allí la cuestión? Porque las características organizacionales del peronismo le permitieron acomodarse a las cambiantes coyunturas, pero en cada uno de esos momentos, los cambios ideológicos fueron mayúsculos: la renovación en los ochenta (acercarse a Raúl Alfonsin y desplazar a los jerarcas sindicales, mariscales de la derrota); el giro a la derecha en los noventa, cuando así lo indicaban los tiempos neoliberales que regían el mundo (y los dólares de las privatizaciones aseguraban materialmente la ilusión de la convertibilidad); y el alineamiento del kirchnerismo, en el nuevo milenio, con el auge regional de los gobiernos progresistas. 

La pregunta que hoy no podemos eludir es: ¿Hacia dónde debería ir el peronismo en la etapa actual? ¿Debería acercarse al humor social mileísta? ¿O le conviene esperar a que esto caiga, por su propio peso, por la inestabilidad intrínseca -dice Tereschuk- que caracteriza a estas derechas radicales? ¿Su laxa estructura lo habilita a acomodarse a todo? ¿O acaso una de las dificultades en la etapa actual no reside en que el peronismo se está enfrentando por primera vez a una fuerza antisistema como Milei, a la que no puede, porque perdería su esencia, imitar? Si la salida es la organización, ¿por qué son los debates teóricos norteamericanos y no el peronismo los que aporten luz? O de otra manera, ¿qué ocurrió, en cuanto a lo organizacional, para que el peronismo haya perdido su otrora eficacia?

Por otra parte, pero relacionado en alguna medida con las preguntas anteriores, ¿no hay material para rescatar de la marea rosa, del progresismo realmente existente en América Latina durante los primeros años del siglo XXI? ¿No está solapada esta cuestión en el libro, cuando se asume -en base a evidencia de papers– que los votantes no valoran las políticas públicas que los benefician? Con crecimiento económico, con bienestar social, con políticas públicas concretas que mejoraron la vida de la gente, ¿no hubo en efecto un cruce virtuoso entre cuestiones materiales e identitarias? ¿No hubo allí una diagonal que se pudo trazar, una fuente que permite imaginar a futuro la reedición de un virtuoso maridaje entre agendas que hoy son visualizadas como contrapuestas? 

Y sobre la genérica etiqueta “progres del mundo”: ¿los que proponen copiar, acercarse ideológica y programáticamente a las derechas radicales, también deben ser considerados progres, convocados a una misma causa orientada exclusivamente a mejorar nuestras organizaciones? Porque además, si hay algo que distingue a estas derechas radicales, a lo Milei, es hacer muy explícito su posicionamiento ideológico, su carácter de clase, su arraigo, pertenencia y organicidad con la élite económica. ¿Y nuestra respuesta debe ir por fuera, por encima, más allá de lo ideológico? 

Más que invalidar el acento organizacional, estas preguntas y dudas apuntan a pensar si no hay también aspectos a saldar en el terreno programático e ideológico. Es poco lo que sabemos de “los progres en el mundo” y ahí está uno de los grandes méritos del libro: abrir el camino para pensarnos más allá de nuestras fronteras, una perspectiva que han implementado, exitosamente, las derechas autoritarias. 



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