Mercosur-UE: un acuerdo de otro tiempo para estos tiempos
Luego de 28 años, el acuerdo avanza en un escenario contradictorio: aunque surge como un anacronismo del libre comercio, su defensa del multilateralismo resulta oportuna frente al proteccionismo global y la incertidumbre actual.
- enero 14, 2026
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El trabajoso proceso de adopción del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europeo dio un gran paso adelante con la aprobación (mayoritaria, pero no unánime) del Consejo Europeo, aunque aún resta la ratificación del capítulo comercial por el Parlamento Europeo. Así, 28 años después del inicio de las negociaciones, el espíritu que anima el acuerdo se revela paradójico: puede ser visto a la vez como anacrónico y como oportuno.
Cuando las partes empezaron su diálogo, campeaba un optimismo sin límites respecto de las bondades del libre comercio. El Mercosur mismo había sido ideado bajo la premisa del regionalismo abierto: un mecanismo que no tenía la integración de los estados miembros como estación final, sino como punto de partida para una inserción plena en la corriente de la globalización. En aquel entonces, ninguno de los involucrados en las conversaciones dudaba del multilateralismo como principio organizador de un orden internacional basado en reglas para limitar o al menos legitimar el poder. En materia económica, reinaba sin mayores resistencias el consenso neoliberal.
En casi tres décadas de negociaciones, las vigas conceptuales que las sostenían cambiaron mucho menos que el mundo a su alrededor. El desencanto con el consenso neoliberal en América Latina y la autoabsorción europea en el proceso de ampliación de la UE hacia el Este se combinaron para producir un parate total de aquellas negociaciones entre 2004 y 2010. Al relanzamiento sucederían 15 años de pasos de tortuga intermitentes. La gran innovación conceptual de esos años fue la incorporación de principios ambientales y la internalización de los acuerdos sobre la crisis climática. En cualquier caso, el tirón de la globalización, cada vez más débil desde la crisis de 2008, y la (no) resolución económicamente heterogénea y socialmente desigual de esa crisis le restó a las partes la energía para acelerar un proceso que ahora alcanza su etapa final más por la persistencia de las burocracias que por la iniciativa de los gobiernos.
El parto casi asegurado (pendientes las ratificaciones del Parlamento Europeo y de los congresos de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) del acuerdo comercial interino entre los dos bloques regionales se asoma un mundo donde la utopía del libre comercio ha sido reemplazada por la realidad del comercio seguro, donde el multilateralismo ha sido aplastado por el ejercicio unilateral del poder y donde más intercambio no significa más paz. El anacronismo no podría ser más brutal.
Al mismo tiempo, lo que el Mercosur y la Unión Europea están por empezar a alumbrar implica un desafío a quienes están matando el derecho internacional. El acuerdo implica la creación de múltiples nuevas reglas orientadas a la igualdad soberana entre los estados y a la fluidez y previsibilidad del comercio internacional, en momentos en que Estados Unidos (no solo, pero sí en particular) juega a propagar la incertidumbre y a imponer una discrecionalidad sin mediaciones. Visto así, el acuerdo no puede ser más oportuno.
Es notable el contraste entre la importancia que ha tenido este avance final para la ciudadanía europea y la indiferencia con que los mercosureños de a pie han visto pasar la cuestión.
La contribución al multilateralismo es mucho más nítida en los capítulos del Acuerdo de Asociación referidos al diálogo político y la cooperación. Sin embargo, esa es la parte del acuerdo que demorará más su aprobación, porque requiere su adopción unánime por el Consejo Europeo y su ratificación por todos los poderes legislativos de los países involucrados. Para imaginar los tiempos de esta ratificación, consideremos el ejemplo del Acuerdo Integral de Economía y Comercio (CETA) entre la UE y Canadá, cuyo capítulo comercial rige provisionalmente desde 2017, pero al que le falta todavía la ratificación de 10 países europeos.
Volviendo a la coyuntura, es notable el contraste entre la importancia que ha tenido este avance final para la ciudadanía europea y la indiferencia con que los mercosureños de a pie han visto pasar la cuestión. En Europa, en particular en los dos países más grandes que se opusieron a la adopción del acuerdo comercial, el proteccionismo se manifestó con la misma fuerza y desde el mismo encuadre conceptual con el que los sectores de la agricultura se opusieron desde 1995: las importaciones del Mercosur destruirán el sector agrícola europeo. Los gobiernos de Francia y Polonia mueren con las botas puestas votando contra el acuerdo en el Consejo Europeo, no sin antes haber obtenido salvaguardias y regulaciones que podrán alzar barreras fitosanitarias a la llegada de importaciones de nuestra región.
La discusión ha sido tapa de diarios y primera noticia de los telediarios durante meses porque los potenciales perdedores del acuerdo en la UE se han hecho oír con movilizaciones, tractorazos y a través de sus gobiernos. En el Mercosur, los potenciales perdedores de la industria apenas han dicho esta boca es mía y el tratamiento mediático de la noticia ha sido superficial al extremo.
Los potenciales perdedores europeos han obtenido, en proporción a la fuerza de su reclamo, garantías de ingente ayuda para adaptarse a un comercio más libre con una región con un agronegocio muy competitivo. Los potenciales perdedores en el Mercosur, en tanto, pueden terminar consiguiendo tan poco de sus gobiernos como poco les han exigido. Dada la orientación del gobierno de Lula da Silva en Brasil y dado el vigor de sus asociaciones empresarias, tal vez allí la industria cuente con el sostén que necesitará para adaptarse y aprovechar el acuerdo. En Argentina, donde gobierna el último fanático del libre comercio, el romántico de la destrucción supuestamente creativa, el acuerdo puede ser un nuevo clavo en el féretro de una industria cuya mera existencia Milei considera una aberración contraria a las sacrosantas ventajas comparativas.
En definitiva, el acuerdo contradice el proteccionismo elevado a religión por los Estados Unidos de Donald Trump y esboza el potencial de un proyecto transatlántico que no está atado ni a los esquemas de seguridad del pasado, ni a los que aquella potencia dibuja a pura fuerza para el futuro. Sin embargo, si los gobiernos involucrados no apoyan activamente a los sectores económicos y sociales vulnerables en la adaptación a las nuevas reglas comerciales, el riesgo de que termine alimentando las tendencias negativas a las que viene a contraponerse es grande.
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