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Memoria, salud mental y democracia a cincuenta años del golpe

A medio siglo del terrorismo de Estado, la memoria vuelve a pensarse como una práctica social y política que atraviesa también al campo de la salud mental. Frente a los intentos de negacionismo, recordar no es solo reconstruir el pasado: es una forma de sostener la democracia y cuidar los lazos colectivos.

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Imagen ilustrativa de gente marchando por el 24 de marzo

A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, pensar la memoria desde el campo de la salud mental no es un ejercicio retrospectivo ni un gesto conmemorativo. Es una intervención en el presente.

La memoria no es un archivo inmóvil donde se guardan hechos del pasado. Es un proceso social activo en el que se disputan sentidos, se transmiten experiencias entre generaciones y se elaboran colectivamente las huellas de aquello que intentó arrasar con la vida, la palabra y los vínculos sociales.

El terrorismo de Estado no se limitó a desplegar un aparato represivo basado en el secuestro, la tortura y la desaparición forzada de personas. También buscó producir una reorganización subjetiva sostenida en el miedo, el silencio y la fragmentación de la vida social. La sospecha generalizada, el aislamiento y la desconfianza no fueron efectos colaterales: formaron parte de una estrategia destinada a quebrar el tejido colectivo.

Por eso las consecuencias de aquella violencia no pueden pensarse solo en términos individuales. Sus efectos fueron también sociales, simbólicos y generacionales.

La construcción de Memoria, Verdad y Justicia ha sido, en ese sentido, mucho más que un proceso jurídico o institucional. Ha sido también una forma de reconstruir la vida democrática y de reparar, al menos en parte, los daños producidos por el terrorismo de Estado.

Uno de los objetivos centrales de la represión fue producir silencio. La desaparición forzada no buscó solamente eliminar personas: intentó borrar historias, interrumpir filiaciones y dejar identidades suspendidas.

Frente a ese intento de borramiento, los organismos de derechos humanos sostuvieron la palabra cuando todo invitaba a callar. Madres, Abuelas, familiares y sobrevivientes transformaron el dolor en acción colectiva y el silencio impuesto en memoria activa.

Ese proceso también implicó aprender a escuchar de otro modo. Los juicios por delitos de lesa humanidad permitieron que los testimonios de quienes atravesaron el terror estatal ocuparan un lugar central en la reconstrucción de la verdad histórica. Escuchar dejó de ser un gesto individual para convertirse en una práctica democrática.

La memoria no es solamente una evocación del pasado. Es una práctica del presente. Recordar también es una forma de cuidado colectivo. Porque una sociedad capaz de nombrar su horror, juzgar a sus responsables y sostener la memoria de lo ocurrido no solo fortalece su democracia.

El campo de la psicología forma parte de esa historia. Durante la dictadura, numerosos profesionales de la salud mental fueron perseguidos, exiliados o desaparecidos. Entre ellos, Beatriz Perosio, psicóloga y presidenta de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, secuestrada y desaparecida en 1978.

Recordar esas trayectorias no es un gesto meramente testimonial. Es reconocer que la psicología también fue considerada peligrosa cuando habilitaba la palabra, la reflexión crítica y la construcción de lazos sociales.

La memoria argentina está además profundamente marcada por el protagonismo de las mujeres. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo transformaron el dolor en una práctica política persistente que cambió la historia del país y abrió caminos para nuevas generaciones de luchas sociales.

Hoy, cuando reaparecen discursos negacionistas que relativizan el terrorismo de Estado, la memoria vuelve a ser terreno de disputa. No se trata únicamente de discutir cifras: se trata de defender la legitimidad de la experiencia de quienes atravesaron el horror.

Quienes trabajamos en el campo de la salud mental sabemos que el negacionismo no es inocuo. Reabre heridas, erosiona consensos democráticos y debilita los procesos colectivos de elaboración de la violencia.

Por eso la memoria no es solamente una evocación del pasado. Es una práctica del presente.

Recordar también es una forma de cuidado colectivo. Porque una sociedad capaz de nombrar su horror, juzgar a sus responsables y sostener la memoria de lo ocurrido no solo fortalece su democracia.

También protege su salud mental.

Andrea Vázquez es psicóloga

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