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La salud mental como campo de disputa: entre derechos, políticas y vida colectiva

Prólogo al dossier sobre la Ley Nacional de Salud Mental, especialmente producido por Pablo Castillo para 4Palabras.

POR ALICIA STOLKINER Y ANDREA VÁZQUEZ

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Dibujo ilustrativo sobre Prólogo de Dossier de Salud Mental

La salud mental se ha convertido, una vez más, en un territorio de disputa. No es una novedad. Lo que sí resulta significativo es la forma en que esa disputa adquiere en el presente: entre discursos que promueven respuestas rápidas, individualizadas y descontextualizadas del sufrimiento, y perspectivas que insisten en comprenderlo como una dimensión inseparable de las condiciones sociales, políticas y culturales en las que se produce la vida.

Este dossier que 4Palabras pone a consideración de sus lectores se inscribe en ese campo de tensiones. Los textos aquí reunidos no buscan clausurar el debate, sino, por el contrario, abrirlo. Intervenir en él. Porque cuando se discute la salud mental, no se está debatiendo únicamente sobre dispositivos de atención o marcos normativos. Se está disputando el modo en que una sociedad decide alojar el malestar, reconocer derechos y construir formas de cuidado.

En la Argentina, la sanción de la ley Nacional de Salud Mental constituyó un hito en esa dirección. No sólo por sus definiciones técnicas, sino por el horizonte político que propone: el reconocimiento de las personas con padecimiento mental como sujetos de derecho, la centralidad de la comunidad en los procesos de atención, la interdisciplina como principio y la crítica a los dispositivos de encierro como respuesta privilegiada.

Sin embargo, como toda ley que expresa una conquista social, su vigencia no está garantizada de una vez y para siempre. Requiere ser sostenida, apropiada, discutida y, fundamentalmente, puesta en práctica. Una ley es una herramienta de exigibilidad que potencia actores sociales.

Los artículos que componen este dossier dan cuenta de esa complejidad. Abordan la ley no como un texto cerrado, sino como un campo en disputa donde se juegan intereses, modelos de sociedad y concepciones sobre el sufrimiento. Desde distintas perspectivas, problematizan los intentos de reforma que, bajo la promesa de mayor eficiencia o control, pueden implicar retrocesos en materia de derechos humanos. Señalan también las tensiones entre el marco normativo y las prácticas concretas, entre lo que la ley habilita y las condiciones reales para su implementación.

Pero hay algo más que atraviesa estas reflexiones y que resulta central: la necesidad de pensar cómo dar respuesta a los problemas reales de las personas.

Porque si la ley no se traduce en transformaciones efectivas en la vida cotidiana, si no logra incidir en las condiciones concretas en las que se produce el sufrimiento, corre el riesgo de quedar reducida a una declaración de principios. Y, sin embargo, la potencia de la ley Nacional de Salud Mental radica precisamente en su capacidad de articular derechos con prácticas, marcos normativos con políticas públicas, y dispositivos institucionales con la vida comunitaria.

En este punto, la experiencia italiana impulsada por Franco Basaglia ofrece una referencia ineludible. Salvando las distancias históricas y contextuales, su apuesta por la desmanicomialización no fue solamente una transformación institucional. Fue, ante todo, una intervención política y cultural que buscó desarmar las lógicas de exclusión que sostenían al manicomio como dispositivo. Basaglia comprendió que no se trataba únicamente de cerrar instituciones, sino de construir alternativas reales en el territorio, capaces de alojar el sufrimiento sin segregar a quienes lo padecen.

Esa enseñanza conserva plena vigencia. No alcanza con enunciar derechos: es necesario producir las condiciones para su ejercicio efectivo. Y esas condiciones no se construyen exclusivamente en el sistema de salud. Se juegan también en el acceso al trabajo, a la vivienda, a la educación, en la posibilidad de sostener lazos sociales y proyectos de vida.

Desde esta perspectiva, la salud mental no puede pensarse como un campo aislado. Forma parte de un entramado más amplio de luchas por la inclusión social, por la ampliación de derechos y por la construcción de sociedades más justas. Por eso, los debates actuales sobre la ley no son meramente técnicos. Son profundamente políticos.

En el contexto contemporáneo, atravesado por transformaciones tecnológicas que reconfiguran la vida cotidiana y por procesos de desigualdad que profundizan la fragmentación social, el riesgo de respuestas simplificadoras es alto. La tentación de volver a soluciones basadas en el control, el encierro o la medicalización aparece como una forma de gestionar aquello que resulta difícil de abordar en su complejidad.

La salud mental no puede pensarse como un campo aislado. Forma parte de un entramado más amplio de luchas por la inclusión social, por l a ampliación de derechos y por la construcción de sociedades más justas. Por eso, los debates actuales sobre la ley no son meramente técnicos. Son profundamente políticos.

Frente a ello, este dossier propone otra perspectiva: la de sostener la salud mental como un campo de derechos, de prácticas colectivas y de responsabilidad estatal.

Difundir la ley, apropiarse de sus principios, debatir sus alcances y señalar sus límites forma parte de esa tarea. No como un ejercicio académico aislado, sino como una intervención situada en un escenario donde lo que está en juego es la forma en que una sociedad decide cuidar —o abandonar— a quienes atraviesan situaciones de sufrimiento.

En este sentido, la producción colectiva de conocimiento adquiere un valor estratégico.

 Los artículos reunidos en este dossier no sólo aportan diagnósticos o análisis. También construyen herramientas para la acción. Permiten pensar, desde distintos lugares, cómo sostener y profundizar un paradigma de salud mental basado en derechos humanos. Si algo queda claro al recorrerlos es que la ley no es un punto de llegada, sino un punto de partida. Un punto de partida para seguir construyendo políticas públicas que respondan a las necesidades reales de las personas. Un punto de partida para fortalecer dispositivos comunitarios de cuidado. Un punto de partida para disputar sentidos frente a discursos que buscan reducir la complejidad del sufrimiento a soluciones individuales o punitivas.

En última instancia, se trata de una pregunta que atraviesa a todo el campo: ¿qué formas de cuidado queremos construir como sociedad?

La respuesta no puede ser individual. Requiere de prácticas colectivas, de instituciones comprometidas y de un Estado que asuma su responsabilidad indelegable en la garantía de derechos.

Este dossier -cuyos aportes  usted podrá encontrar  en https://4palabras.com/salud-mental-campo-disputa-argentina-ley-debate/ es una invitación a sostener esa discusión. A no retroceder en conquistas que costaron décadas de luchas. A seguir pensando la salud mental no como un problema a gestionar, sino como una dimensión fundamental de la vida social.

Porque allí donde se disputan los modos de nombrar el sufrimiento, también se disputan las formas de habitar el mundo.Y en esa disputa, la defensa de la Ley Nacional de Salud Mental es, también, una defensa de la democracia.

Alicia Stolkiner es psicóloga, ex profesora titular regular de Salud Publica/Salud Mental en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires

Andrea Vázquez es doctora en psicología, profesora adjunta de Salud publica/Salud Mental II la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires

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