Lectura y reparación
¿Cómo se construye un lector? Entre el recuerdo de los libros de la niñez y la lectura como un acto de libertad, juego y memoria.
- enero 9, 2026
- Lectura: 3 minutos
Compartir:
- enero 9, 2026
- Lectura: 3 minutos
Compartir:
Los pequeños lectores, esto es los niños de hasta 5 años, cuentan con libros que nosotros desconocíamos. Son libros objeto, hechos de plásticos blandos o de tapas duras, que se pueden morder, mojar, tirar. Nosotros hacíamos exactamente eso con los libros porque en casa los teníamos a mano, contrariamente a lo que sucedía en otras donde los libros eran tratados con delicadeza. Nosotros los mojábamos, los tirábamos, competíamos en violentas luchas por quedarnos con ellos aunque fueran desguazados. Lo hacíamos para leer pero también, secretamente, porque sabíamos que, llegadas las vacaciones de invierno, una de las actividades era sentarnos a la mesa del comedor, arrebatada de hojas y tapas de libros sueltos, a reencuadernarlos.
A veces me preocupo al ver a algunos papás que reprenden a sus hijos por “maltratar” a los libros. En ese intento de buena educación, desestiman el hecho de que los niños se acercan de otra manera a los objetos. Los aprenden con todos los sentidos. Los prueban. Los degustan. Los fuerzan. Les dan nueva forma.
Nuestra manera de manipular los libros cuando éramos pequeños no era aplaudida por nuestros padres, pero tampoco censurada de manera tal que después sintiéramos temor a la hora de leerlos. Porque leer para un niño es un juego y es también la posibilidad de atrapar por un rato a sus padres mientras le leen.
Nosotros atrapábamos a mamá cuando nos leía o cuando le leía a alguno de mis hermanos más chicos. Tengo la suerte de ser una de las más grandes, así que pude escuchar leer a mamá durante muchos años. Su forma de leer teatralizada, su cadencia, su fascinación para contar historias; la posibilidad de rodearla entre todos y tenerla así cercada por un rato, se repetía a la hora de reparar los libros rotos.
Sé que suena raro en tiempos de hiperconsumo y de descarte que reparáramos los libros, pero no eran accesibles y además nos gustaban. ¿Por qué tirarlos?
A veces no queremos que el libro termine y lo dejamos de leer, a diez páginas de la última, porque no podemos hacer que sea infinito, porque no sabemos qué leer después, porque es un poco volver a las escenas primarias de lectura, en las que escuchamos historias de nuestros abuelos o de nuestros padres, de nuestras maestras o de algún vecino.
Entonces de la montaña de hojas sueltas y tapas duras, íbamos sacando las piezas del rompecabezas. Si las hojas estaban rajadas a la mitad, les poníamos cinta scotch. Las ordenábamos. Si faltaba alguna, el libro era una nueva historia con una gran elipsis. Mamá cosía las hojas con aguja e hilo, claro está. Y ese oficio, esa maestría, eran hipnóticas. Después llegaba el momento de poner las tapas que generalmente habían perdido el lomo. Mamá las pegaba una a otra inventándoles un lomo de una tela de la que no recuerdo el nombre. Lo mismo hacía desde las tapas a la pila de hojas ya cocidas. Y, de nuevo, el libro aparecía casi mágicamente ante nuestros ojos. Toda la casa se llenaba de olor a pegamento. Y los libros se iban secando hasta volver a las manos de mamá que nos leía algo. Los libros, pasados los días, regresaban a nuestras manos y algún que otro invierno a la mesa, ya destripados, deshechos, fragmentados.
A veces me pregunto de dónde se queda enganchado un lector, es decir, dónde encuentra el gancho que hace que permanezca el resto de sus años leyendo. Hay quienes dicen que la lectura es un gesto que se copia, que si vemos leer a alguien cuando somos niños probablemente copiemos el gesto. Pero nada es absoluto. Hay quienes, sin ningún gesto que copiar, se vuelven lectores. Esos lectores que, tendidos, sentados, desparramados, sostienen un objeto entre sus manos y se enajenan del espacio en el que se encuentran.
Sostener un objeto, echados en una cama o en un sillón, en el suelo, en el pasto, y enajenarse se parece bastante a mirar un celular. La cosa está ahí, atrapando nuestra atención, evadiéndonos de lo real. Pero lo que ocurre es sin dudas otra cosa: mientras el celular es una especie de góndola de la que consumimos objetos, en el scrolleo infinito, el libro es un puente entre alguien que no está y nosotros, una historia que nos incita a imaginar, a volver sobre nuestro propio entorno (aunque estemos leyendo un texto escrito hace tiempo), a volver sobre nosotros mismos, a dudar, a certificar, a negar.
A veces no queremos que el libro termine y lo dejamos de leer, a diez páginas de la última, porque no podemos hacer que sea infinito, porque no sabemos qué leer después, porque es un poco volver a las escenas primarias de lectura, en las que escuchamos historias de nuestros abuelos o de nuestros padres, de nuestras maestras o de algún vecino.
Y tarde o temprano el libro vuelve a la estantería, a confundirse con otros, de los que recordaremos en detalle poco, solo aquello que resonó por causas que una vaya a saber cuáles son.
4Palabras
Compartir:
Temas relacionados
- #infancias#Lectura#libros#literatura
Comentarios Cancelar la respuesta
Más leídas
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad
Suscríbete a nuestro boletín para mantenerte actualizado
Publicidades
Más información
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad



