Argentina / 11 marzo 2026

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La inseguridad alimentaria también es una cuestión de género 

Criar, cocinar, lavar, limpiar y servir: la histórica división de tareas de cuidado sigue impactando en la salud de las mujeres. En un sistema que exige cuerpos perfectos mientras precariza la vida, es clave visibilizar la brecha de género en el acceso a la alimentación. ¿Por qué son las más afectadas en términos de inseguridad alimentaria?, se pregunta Malena Raggio.

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Históricamente se les impuso a las mujeres un determinado rol social, a partir de una concepción ideológica conformada por bases patriarcales. La responsabilidad exclusiva de la alimentación y el cuidado, en términos de nutrición y desarrollo, siempre recayó sobre nosotras. No obstante, además de la exigencia de deber ser las encargadas del cuidado familiar y de las tareas del hogar, se nos impone encajar en ciertos estereotipos de belleza para ser atractivas y socialmente aceptadas.  

La presión patriarcal tiene como objetivo que las mujeres sean funcionales a un sistema que oprime. Y aunque cumplan con lo que se espera, son criticadas. Deben ser corregidas. Deben mantener un estilo de vida saludable y sin complicaciones, más allá de la carga mental que conllevan todas estas tareas no remuneradas. 

Analizando a la nutrición desde una perspectiva de género, ¿por qué son las mujeres las más afectadas en términos de inseguridad alimentaria y malnutrición? 

Son quienes están a cargo de la preparación de las comidas para la mesa familiar, pero con una marcada diferencia en cuanto al acceso a los alimentos, el tiempo y el esfuerzo que les supone. Un ejemplo de esta situación me remite a la infancia: mi abuela era quien cocinaba, pero la última en sentarse a la mesa. Se naturalizaba que el hombre fuera el merecedor de la atención personalizada, el primero en sentarse y quien mayor cantidad de alimentos de calidad ingería. Esta dinámica, en muchos hogares, aún hoy sigue sucediendo. 

En situaciones de pobreza y vulnerabilidad social, muchas no tienen recursos suficientes para alimentarse ni alimentar a su familia y, en ocasiones, dejan de comer o ingieren alimentos de escasa calidad nutricional para priorizar a sus hijxs. Frente a esta situación, las políticas de desarrollo social no alcanzan. 

En el campo laboral también son las más afectadas, ya que los salarios para subsistir suelen ser menores, existiendo limitaciones si tienen hijxs. Las madres solteras son quienes están mayormente imposibilitadas de desarrollar adecuadamente su trabajo, proyectos personales y mantener a su familia; hay un sistema que las arrastra a eso: deudas alimentarias y económicas por parte de su expareja, violencia social e intrafamiliar, menor disponibilidad de tiempo, escasas oportunidades laborales y mayor dependencia económica. 

La falta de políticas públicas en relación con la promoción de la lactancia materna en quienes así lo decidan obstaculiza su continuidad y perjudica principalmente la salud física y emocional de las mujeres. Un ejemplo de esta situación es la ausencia de lactarios en los ámbitos laborales, las menores licencias por paternidad y la concepción de que la lactancia es una tarea exclusivamente de la madre. 

En relación con los estereotipos de belleza, las campañas publicitarias siguen perpetuando la violencia de género al dirigirse hacia las mujeres como únicas consumidoras de alimentos “light”. Esto refuerza los ideales del sistema patriarcal, estableciendo que para las mujeres no todo está permitido y que estéticamente nos tenemos que “cuidar”. 

Estas son algunas de las prácticas establecidas en un sistema que esclaviza. Además de criar, cocinar, servir, lavar y trabajar, debemos disponer de tiempo para nuestro cuidado. Un cuidado que nunca se logra: malnutrición, carga mental que aumenta el estrés, menor disponibilidad de alimentos nutritivos, menos tiempo para la actividad física y el ocio, menos acceso a la salud, menos posibilidades de alcanzar mejores puestos laborales, de ser independientes y, simplemente, de poder ser. 

La violencia de género (psicológica, económica y física) es una de las causantes de esta desigualdad, impactando a lo largo del tiempo y en diferentes contextos sociales. 

El 8M -como cada día- es imprescindible para visibilizar la situación de las mujeres y exigir políticas públicas que protejan nuestros derechos. 

Deconstruirnos como sociedad es esencial para evitar replicar en las próximas generaciones estereotipos y concepciones patriarcales que excluyen y lastiman a las mujeres y disidencias. 

En la foto, la escultura de mi abuela Dilma Ferrari. Sobrevivió a la violencia de género y con su arte visibilizó su historia. Somos el grito de las que no tienen voz. 

Licenciada en Nutrición (UBA)

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