Argentina / 1 abril 2026

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Los costos de la guerra

Un conflicto que desborda estrictamente el escenario de la confrontación bélica y que va más allá de Medio Oriente. Las derivaciones económicas. Los países asiáticos afectados. La guerra informativa y los saldos no precisados en víctimas humanas en la población civil.

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Imagen ilustrativa de manos sosteniendo granos

La guerra que Israel y Estados Unidos desataron contra Irán se libra principalmente en el aire y, menor medida, en el mar, pero sus consecuencias son siempre en el territorio. Por el nivel de destrucción que generan las armas de largo y mediano alcance, pero también por la cantidad de víctimas fatales y de heridos no solo en personal militar y combatientes, sino también entre la población civil. Las consecuencias económicas no pueden evaluarse solamente por los daños directos: hay además efectos colaterales de la guerra que perjudican la producción y distribución mundial de mercaderías y de materias primas. 

A ello se suma el menos evaluado costo en vida humanas, cuyo dato es sumamente incierto porque todas las partes beligerantes lo intentan ocultar porque la guerra se libra también en el manejo de la información y la comunicación.

Un mes después de iniciada la conflagración queda claro que la guerra se esparce más allá de Israel, Irán y la zona del Golfo, afectando los sistemas alimentarios, el suministro de cadenas industriales, los mercados globales de commodities. Todo esto proyectará consecuencias en las condiciones financieras y los alineamientos políticos en los años venideros.

Informes de Naciones Unidas y organismos internacionales indican que no se trata apenas de una crisis regional, sino que el mundo enfrenta ya un shock estructural que afecta a toda la economía mundial y que será más grave en la medida en que la guerra se prolongue. Hoy los ojos están puestos en las cotizaciones del petróleo y del gas, pero a la par se incrementan los precios del transporte, de la logística en general y de los seguros asociados a lo anterior.  Hay alerta en relación a la seguridad alimentaria. Los especialistas indican que la inflación se acelera en todo el mundo, que el PBI caerá y que por añadidura habrá también consecuencias en la geopolítica internacional. Esto dicho solo para tomar un ejemplo que quite la mirada de lo que aparece a simple vista, que es la afectación de la producción de petróleo y el alza de los precios internacionales del crudo.

Las consecuencias van desde el suministro de chips hasta en las siembras.

Qatar admitió que el complejo energético de Ras Laffan ha sido fuertemente dañado y, en consecuencia, dejó de volcar al mercado el aproximado de un tercio del suministro mundial de helio que es esencial para la fabricación de usos de alta tecnología, imágenes médicas y semiconductores. Dado que se trata de una producción sumamente concentrada muchos insumos industriales ya se ven perjudicados.

Algo similar ocurre con los fertilizantes. Gran parte de la producción mundial de azufre, amoníaco y urea pasa por los países del Golfo. Los precios de la urea, el fertilizante sintético de nitrógeno más utilizado, aumentó aproximadamente un 30% en el último mes, mientras que los precios del aceite de soja alcanzaron su nivel más alto en más de dos años.

Esto ocurre en el preciso momento en que los productores del hemisferio Norte, Canadá, Brasil y hasta la India están tomando decisiones de compras en medio de total incertidumbre por los precios. Visto que el fertilizante sintético de nitrógeno se produce en su mayoría utilizando gas natural, la interrupción de los envíos de gas desde Medio Oriente también afectaron la producción en otros lugares. ¿Resultado? Menos disponibilidad global de nitrógeno que redundará probablemente en rendimientos de cultivos más débiles dentro de algunos meses.

 

Las consecuencias para los asiáticos

Los países asiáticos, a pesar de no estar directamente involucrados en el conflicto, se cuentan entre los más perjudicados por lo que está sucediendo. 

Estados Unidos insiste en la necesidad de liberar la circulación por el estrecho de Ormuz, bloqueado estratégicamente por Irán. Veinte millones de barriles por día de petróleo crudo y productos derivados del petróleo pasaron por el estrecho en 2025, al igual que alrededor de una quinta parte del comercio mundial de gas natural licuado en 2024. Pero Estados Unidos no es el principal perjudicado por el cierre de esa vía navegable. Más del 80% del petróleo y del GNL enviados a través del estrecho en 2024 se dirigieron a mercados asiáticos. 

China, India, Japón y Corea del Sur han sido los principales destinos. Japón depende de Medio Oriente para aproximadamente el 90% de sus importaciones de petróleo crudo, la mayor parte del cual pasa por Ormuz. Corea del Sur obtiene alrededor del 70% de su crudo de Medio Oriente y más del 95 % de ese volumen transita por Ormuz. Los precios del GNL en Asia se han disparado, y Corea del Sur ya activó un programa de estabilización del mercado de aproximadamente 68.000 millones de dólares en respuesta a la volatilidad relacionada con la guerra.

Tampoco China se ve librada de consecuencias económicas a pesar de que cuenta con grandes reservas estratégicas y comerciales de petróleo, que deberían cubrir sus necesidades a corto plazo. Pero no podrá evitar que los mayores costos de la energía se trasladen directamente a los costos de producción de acero, químicos y electrónica, reduciendo márgenes y debilitando la competitividad exportadora en un momento de intensa fricción comercial.

Esta guerra ha irrumpido en una economía global que ya estaba lidiando con aranceles, el peso de las deudas acumuladas tras la pandemia y presiones inflacionarias que los bancos centrales de Europa y Asia sólo recientemente han comenzado a contener. Como dejó claro el Informe de Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial, una confluencia de ese tipo puede ser tóxica. Cada semana adicional de disrupción hace que la recuperación sea más difícil y más costosa.

Dado que la guerra golpea uno de los nodos comerciales más críticos del mundo, los efectos secundarios y terciarios se acumulan de maneras que ningún modelo logra captar plenamente en tiempo real. Las primas de los seguros aumentan, las decisiones de inversión se postergan, las cadenas de suministro se redirigen y la confianza en la estabilidad del Golfo se erosiona. Lo que comenzó como un shock en el campo de batalla se endurece y se convierte en un golpe geoeconómico.

El costo de la guerra a menudo se manifiesta en la aritmética más silenciosa de campos que estarán subfertilizados, vuelos que serán desviados, insumos industriales que serán más difíciles de conseguir, familias que pagarán más por alimentos y combustible que ya son caros, y economías que perderán aún más su margen de error.

Más difícil aún es hacer una evaluación del costo de la guerra en vidas humanas. Según Naciones Unidas, 600 escuelas e instalaciones educativas fueron destruidas en Irán causando la muerte de más de 230 estudiantes y profesores. A ello deben sumarse 168 personas –en su mayoría menores de edad– asesinadas en la escuela primaria Shajareh Tayebeh en Minab, en un ataque de las fuerzas norteamericanas.  

Estimaciones extraoficiales indican que más de 1.900 personas han muerto en Irán desde el inicio de las hostilidades y hay cerca de 20.000 heridos. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) calcula que se puede llegar a los 3,2 millones de desplazados en el país a causa de los combates.

La respuesta iraní causó la muerte de 13 soldados norteamericanos, a lo que se suman 18 muertos en suelo israelí por misiles iraníes y proyectiles de Hezbolá. Naciones Unidas sostiene que en Líbano hay más de un millón de desplazados por los ataques israelíes y el ministerio de Salud libanés habla de 1.116 víctimas mortales, entre ellos 121 niños.

No existe un balance total oficial de las víctimas en los países del Golfo, pero se estima que los ataques iraníes terminaron con la vida de por lo menos 25 personas en Emiratos, Kuwait, Qatar, Bahréin y Arabia Saudita.

A la pérdida de vidas y las mutilaciones se añaden los problemas de vivienda, higiene y alimentación de las poblaciones, especialmente graves en suelo libanés y crecientes en zonas muy pobladas de Irán como Teherán, la capital que alberga nueve millones de ciudadanos de los casi 90 que tiene el país. La oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos de la ONU informa de que los civiles sufren interrupciones en el suministro eléctrico y escasez de medicamentos, leche de fórmula para bebés y combustible. “Las hostilidades están debilitando los pilares de la vida civil”, resume el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).

La Sociedad de la Media Luna Roja Iraní (SMRI) denunció que los ataques estadounidenses e israelíes en Irán han tenido como objetivo más de 85.000 lugares civiles, incluyendo escuelas, hospitales, monumentos históricos y medios de comunicación. Más de 40.000 edificios civiles, incluidas 10.000 viviendas en Irán, resultaron dañados en los ataques aéreos durante las dos primeras semanas de la guerra, según informó la ONG, que añadió haber recibido 70.000 llamadas de personas que solicitaban “apoyo, orientación y asesoramiento en materia de salud mental”. Entre ellos hay 300 centros médicos y existen casos menos mediáticos pero confirmados por la prensa internacional como el ataque a un polideportivo en Lamerd, que dejó 20 muertos, la mayoría adolescentes. 

Los bombardeos conjuntos estadounidenses-israelíes suelen describirse como ataques de “doble impacto”, en los que una segunda ronda de ataques sigue a la primera, dirigida deliberadamente contra misiones de rescate, denuncian las agencias de noticias iraníes. Las ofensivas contra civiles, en particular contra equipos médicos y rescatistas, constituyen una violación del derecho humanitario y podrían considerarse crímenes de guerra. No obstante, tanto EEUU como Israel defienden que lo que están haciendo es atacar instalaciones defensivas.

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