Hamnet: cuando la ficción explica nuestras propias sombras
Esta crónica cruza la aclamada novela de Maggie O'Farrell con la historia personal de Antonia. La obra explora la pérdida del hijo de William Shakespeare y la figura de su esposa Agnes. Tal fue el impacto que tuvo que la industria cinematográfica hizo que la propia O´Farrell coescribiera el guión junto a la directora Chloé Zhao. Ya ganó el Globo de Oro a la mejor película dramática y cuenta con ocho nominaciones a los Oscar. Esta semana llegó a las salas argentinas.
- febrero 8, 2026
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- febrero 8, 2026
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Antonia no fue lo que se dice una abuela de cuentos. Desde muy chica la presioné a oficiar su rol. De alguna manera le exigí enseñarme a cocinar cuatrocientos noventa ravioles en una tarde. A amasar las tapas de un rogel, pinchar la masa con cariño y batir el merengue a fuego lento. La presioné a que me pidiera que ajuste el rallador de queso a la mesada, a que me diera un cuchillo antes de tiempo. Le exigí todos los mandamientos de la cocina: cómo se logra el estofado rojo carmesí, cuál es la cocción perfecta de la papa al horno, cuál es el grosor justo de los fideos, cuánta harina es necesaria y cuánto es en verdad un chorrito de vino. Por ella sé también cómo se escurre correctamente un trapo de piso, cuánto producto se arroja en el balde, que el Blem no se debe apretar tan cerca del mueble porque quedan manchas, que algunas prendas se lavan a mano, que el vino tinto sale con vino blanco, y que existe el otro lado de las cosas. También entendí que no iba a aprender a poner un disco de Joan Manuel Serrat o Ana Belén, ni a usar el abrelatas, ni el control remoto: a veces me necesitaba.
Cuando cocinaba disfrutábamos como bestias. Su casa olía a azafrán y a jazmín. Apenas terminábamos de comer salíamos al patio. Era enorme, con piso de cemento agrietado que nos raspaba las rodillas. “Dejen de hacer la puerta giratoria, o adentro o afuera, ustedes son un campamento gitano”, decía Antonia. Le dedicaba mucho tiempo a sus uñas y su pelo. Todos los días cruzaba a la peluquería de Horacio a hacerse el brushing y después se acomodaba una hebilla grande de cada lado. Se pintaba las uñas de rojo y usaba colores neutros para los labios, combinaba sus conjuntos, las remeras y los saquitos del mismo género que traía de la boutique, y también pantalones palazzo, que por sus piernas flacas y largas le quedaban increíbles.
Pocas veces me dijo que me quería, me hacía regalos sin decirme feliz cumpleaños, y los domingos me llevó a misa durante varios inviernos. Me apretaba la mano con la suya, fina, venosa, llena de anillos y me decía: la paz está contigo (y con tu espíritu).
Hay libros a los que una teme: teme que el dolor punce, que se parezca a la verdad. Pero después de evitarlos, de intensos rodeos, se toman, aunque se parezcan demasiado a algunas tramas familiares, a las que muchos dicen mejor no o basta. Las que atraviesan generaciones.
Las cosas que no se podían tocar: las duplas de hebillas tornasoladas, los labiales, los perfumes, la caramelera, los cajones, el botiquín con mejoralitos, los muebles del living. No podían tocarse los libros, ni las alacenas, ni abrir la puerta del depósito de adelante. No podía tocarse porque debía estar estático, no remover. En su casa imperaba el orden y la pulcritud de museo porque la trama de su vida fue el drama: una cantidad de embarazos perdidos, una madre y una tía víctimas de un accidente fatal, la viudez temprana, un par de golpes más y una hija muerta. Con esa fatalidad, no había lugar para nada más. Por eso entendí temprano, que debía quedarme al lado y recibir lo que pudiera dar. Hasta que se fue apagando y quedó con mirada de perro, de resignación.
Pensé tanto en ella cuando leí Hamnet. La de Anne Hathaway, esposa de William Shakespeare, o Agnes, según Maggie O’Farrell, era una vida que se sostuvo sin luz, por inercia. Atravesada por la peor pérdida, la que no sigue los mandamientos de la vida.
Hay libros a los que una teme: teme que el dolor punce, que se parezca a la verdad. Pero después de evitarlos, de intensos rodeos, se toman, aunque se parezcan demasiado a algunas tramas familiares, a las que muchos dicen mejor no o basta. Las que atraviesan generaciones. Aunque después una queda prendada, robando huecos al día para seguir y seguir y seguir, y la escenografía se mezcla con la propia vida: caminás las calles de Stratford, perseguís otros deseos, te inunda una tristeza que no es tuya. Así pasó con Hamnet. Lo compré hace meses para darle un lugar entre mis libros y perdió brillo al calor del sol. Y después, de un tirón: engullido, devorado, presa. Cuarenta y cinco minutos de distancia para sí, cada día. Hora y media de ida y vuelta.
Ahora se terminaron. Qué voy a hacer si la próxima aventura no se le parece, pienso. Sin esas vidas bajo hechizo. Historias que te obligan a elegir: la lectura o la vida.
En una escena conmovedora, sobre el final O’Farrel dice lo que Shakespeare a través de su arte: que está muerto y vivo. Que aunque no lo nombre, volvió a su hijo a la vida de la única forma en que podía. Shakespeare, a través de Hamlet, “cambió su sitio con su hijo, tomó su muerte y la hizo suya; se ha puesto en las garras de la muerte y ha resucitado al hijo en su lugar”. Cierro el libro, mientras Hamnet embauca a la muerte.
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