- Internacional
- /
- Lula vs. el primogénito, cabeza a cabeza
Lula vs. el primogénito, cabeza a cabeza
El ascenso de Flávio Bolsonaro en las encuestas ha pulverizado la ventaja del líder del PT, devolviendo a Brasil a una polarización extrema de cara a las presidenciales. Pese a indicadores económicos positivos y un desempleo en mínimos históricos, el “antipetismo” se aglutina en torno al heredero del exmandatario.
- abril 1, 2026
- Lectura: 7 minutos
Compartir:
- abril 1, 2026
- Lectura: 7 minutos
Compartir:
Bastó con que la candidatura presidencial del senador Flávio Bolsonaro alcanzara el máximo nivel del conocimiento para que las encuestas empezaran a mostrar un empate en Brasil. Los doce puntos porcentuales de ventaja en una hipotética segunda vuelta de los que el presidente Lula Da Silva gozaba en diciembre, cuando el primogénito del capitão encarcelado se lanzó, se esfumaron apenas el electorado entendió que el antipetismo tenía ya un candidato definitivo. Disipado el efecto de “unión en torno a la bandera” que congregó a la mayoría de los brasileños alrededor de Lula cuando Donald Trump disparó su cañonera arancelaria contra Brasil, en agosto de 2025, la elección presidencial cuya primera vuelta tendrá lugar en seis meses vuelve a mostrar un electorado dividido en mitades casi idénticas y anuncia una definición voto a voto. Unos indicadores económicos envidiables parecen no ser argumentos decisivos frente a una polarización afectiva que sigue tan vigente como hace cuatro años.
Tras un ciclo que acumula 18 años en el gobierno desde 2003 (interrumpidos por el hiato de los gobiernos de Michel Temer y Jair Bolsonaro), no debería ser objeto de polémica afirmar que el Partido de los Trabajadores ha estado al frente de un proceso de desarrollo económico consistente. Los indicadores del crecimiento al alza (los más altos entre los gobiernos que se han sucedido desde la recuperación de la democracia) y los de desigualdad en baja son definitorios del largo ciclo durante el que el PT ha sido o bien el gobierno, o bien la fuerza a derrotar.
Aunque Brasil siga, como el resto de América Latina, sin poder alcanzar los estándares de los países más avanzados, estas casi dos décadas le han permitido achicar la brecha de desarrollo y reducir el índice de Gini, que mide la desigualdad, de los 58,1 puntos que medía al llegar Lula a la presidencia en 2002, a 51,6 en 2023, último año para el que está disponible este indicador.
La coyuntura inmediata refleja esas tendencias de largo plazo, desafiando condiciones internacionales que no son las del boom de las commodities que marcó la primera presidencia de Lula. El producto interno bruto creció 3,4% en 2024 y 2,3% en 2025, porcentaje que el Ministerio de Economía espera repetir este año, aunque el Fondo Monetario Internacional proyecte un más modesto 1,9%. La inflación –que ni Lula ni Dilma Rousseff dejaron que se escapara– sumó 3,81% en los últimos doce meses, justo en el medio entre el objetivo de 3% y la banda superior de 4,5% fijada por la autoridad monetaria. El desempleo, para terminar este resumen, bajó a 5,6% en 2025, el menor porcentaje desde que se mide, cerca de lo que técnicamente se considera pleno empleo.
La combinación de la fotografía de estos datos con la de la opinión pública tomada en simultáneo desmiente cualquier análisis economicista que pretenda postular un automatismo entre buenos números y aprobación de la gestión y, menos aún, intención de voto. Al tiempo que la economía viaja en la trayectoria descrita, la desaprobación de la gestión de gobierno está en rojo desde enero de 2025, después de dos años con diferencial positivo. La explicación de ese estado de cosas no excluye lo económico-social, aunque debe considerarlo en sus contradictorias dimensiones: la percepción de bienestar, que puede jugar a favor, y la ampliación de las expectativas, que puede jugar en contra. Pero también hay que tener muy en cuenta (cada vez más) que los adversarios también juegan.
El producto interno bruto creció 3,4% en 2024 y 2,3% en 2025, porcentaje que el Ministerio de Economía espera repetir este año. La inflación sumó 3,81% en los últimos doce meses. Y el desempleo bajó a 5,6% en 2025, el menor porcentaje desde que se mide.
La historia política reciente de Brasil está marcada por dos dinámicas contrastantes. Por un lado, la inclusión social de millones de nordestinos fue clave para el surgimiento del lulismo, un fenómeno intangible que le garantizó al PT victorias electorales que de otro modo habrían sido inalcanzables. Por otro lado, el escándalo del mensalão en 2005 desencantó a la clase media del sudeste industrial y le proveyó un mito a la oposición conservadora. Esta tensión terminó por configurar el Brasil bipolar que ha definido las contiendas presidenciales de las últimas dos décadas. El antipetismo le negó a Lula la victoria en primera vuelta aún después de terminar su primer mandato con cotas de popularidad que, si se hubieran traducido en votos, se la hubieran ahorrado.
Vista en el tiempo largo, la brecha entre Lula y Flávio Bolsonaro en las encuestas de diciembre, amenazaba con ser flor de un día. La identidad negativa que hasta la irrupción de Jair Messias Bolsonaro en 2018 había tenido la cara amable del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), ese raro partido centrista que lideró por largo tiempo a un electorado a su derecha, encontró un representante que llevó esa negatividad al extremo. Al hacerlo, contribuyó a desacomplejarla y a movilizarla, a hacerla dueña (o al menos copropietaria) de la calle. El intento de golpe de estado del 8 de enero de 2023 mostró todo el potencial que había desatado. El fracaso de la intentona reveló al expresidente como un Ícaro que sólo obtuvo la cárcel como respuesta a su ambición, pero no significó de ninguna manera la desintegración del movimiento que había puesto en pie.
Su hijo Flávio se encamina a ser el tributario de ese logro, alcance el triunfo electoral o cause tan sólo un nuevo pico de ansiedad a Lula y sus seguidores. Termine como termine, tiene el camino poblado de obstáculos. En primer lugar, enfrenta un gobierno que tiene muy pocas chances de perder el control solvente de la economía y que se mantiene como favorito estructural. En segundo lugar, tiene que romper el invicto de un líder formidable, cuyo partido sólo perdió la elección en la que un proceso judicial amañado lo proscribió de hecho. En tercer lugar, no es su padre, cuyo liderazgo sus aliados estaban obligados a obedecer sin chistar, sino un heredero que tendrá que ganarse esa obediencia en un campo, el de la derecha, organizativamente fragmentado y que puede volverse inesperadamente difícil de ordenar.
Con todo y sus críticas al gobierno de Lula, la opinión pública antipetista dio algunas señales de preferir un estilo más ordenado en la gestión pública que el caos bajo Jair Bolsonaro. Si Tarcísio de Freitas, el gobernador de São Paulo era la persona para ahuyentar esos resquemores, ya no lo sabremos, pero Flávio no parece proyectar una figura que se diferencie de su padre ni en ese aspecto, ni en ningún otro. Para pintarlo como comparativamente moderado, no sirve invocar a su padre, sino a su hermano Eduardo, autoexiliado en EE.UU. y expulsado de la Cámara de Diputados.
Hiperbólico como su progenitor, cuando Trump le impuso aranceles de 50% a las exportaciones brasileñas como extorsión para sacar de la cárcel al expresidente golpista, Flávio instó a Lula a la rendición antes de que cayeran sobre el país “dos bombas atómicas” (sic). Su presteza en ondear la bandera blanca habría terminado con la carrera de cualquier político en otros tiempos. Sin embargo, aún si Lula vio fortalecer su imagen por algunos meses tras la bravata trumpiana (y después de arrancarle concesiones a su par estadounidense sin casi alzar la voz), el escaso patriotismo de Flávio no le ha pasado factura. Habrá que tomar nota aquí del efecto performativo que tiene la política exterior partidizada que protagonizan las extremas derechas: el interés nacional queda en segundo plano y prevalecen las preferencias ideológicas. No se premia el contenido brasileño de la política exterior, sino que se consiente a los políticos que priorizan la camiseta de sus valores, sin importar la bandera nacional.
La campaña electoral se anuncia brutal. Flávio ha sido multado por la difusión de noticias falsas y apostará desprejuiciadamente a sacar una diferencia abusando de ellas. Los antecedentes son preocupantes no sólo por el recuerdo de la campaña de 2022, sino por la reciente experiencia del ministro de Economía Fernando Haddad, que se vio obligado a retirar una medida orientada a la transparencia financiera de las fintechs cuando se esparció la idea falsa de que el gobierno cobraría impuestos sobre las transacciones cotidianas con el sistema de pagos instantáneos Pix.
Solo hay dos certezas: que hoy nadie sabe quién será el próximo presidente de Brasil y que, sea quien sea, no controlará el Congreso sin pagar el alto precio de lotear su gobierno. Pero de esto último hablaremos otro día.
4Palabras
Compartir:
Temas relacionados
Comentarios Cancelar la respuesta
Más leídas
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad
Suscríbete a nuestro boletín para mantenerte actualizado
Más información
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad



