El poder por sobre la razón: Trump pone fin a la gobernanza basada en el multilateralismo
El posicionamiento internacional del mandatario norteamericano, con eje en el poder militar y en los beneficios económicos para su país, deja atrás el multilateralismo que dio lugar a la gobernanza mundial desde los acuerdos posteriores a la II Guerra Mundial.
- enero 9, 2026
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Ante una pregunta acerca de los límites que pueden existir a su actual estrategia internacional y en el marco de una entrevista publicada el 8 de enero de 2026 en The New York Times, el presidente norteamericano Donald Trump afirmó que el único límite real a su poder es su propia moralidad y su mente. “Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. La concluyente afirmación del mandatario desborda –en términos políticos pero también económicos— la simple referencia a las operaciones recientes de Estados Unidos en Venezuela para proyectarse claramente en las pretensiones del propio Trump con respecto a otros países de la región latinoamericana (Colombia y México, por ejemplo) y más allá de ello a las afirmaciones sobre Groenlandia y hasta Canadá.
Para Trump el derecho internacional y las normas que lo rigen son absolutamente secundarias. Su juicio y consideración personal están por encima de todo ese aparato jurídico e institucional que –hasta el momento— ha servido, aún con deficiencias, a sostener la gobernanza global. Para ratificar esa posición el mandatario emitió una orden para que su país deje de participar en forma inmediata de 66 organismos internacionales –la mayoría de ellos integrantes del sistema de Naciones Unidas— y renuncie a la presencia comprometida en pactos o tratados referidos al cuidado del clima y la preservación ambiental. Para Trump todos estos espacios son nidos del globalismo, de la agenda woke y reductos de la izquierda.
En una aparente contradicción, en la misma entrevista Trump aseguró que «no busco hacer daño a la gente», pero reafirmó que para tomar decisiones «no necesito el derecho internacional». También puso en cuestión la concepción del “derecho internacional” porque –señaló– «la propiedad es muy importante… te da cosas y elementos que no puedes obtener simplemente firmando un documento” para hacer referencia a un tratado o a un acuerdo.
Para Trump el derecho internacional y las normas que lo rigen son absolutamente secundarias. Su juicio y consideración personal están por encima de todo ese aparato jurídico e institucional que –hasta el momento— ha servido, aún con deficiencias, a sostener la gobernanza global.
De esta manera, Trump explicita las razones que –a su juicio– lo habilitan para decir que su país controlará política y económicamente a Venezuela por el tiempo que lo considere y teniendo como principal (¿único?) propósito el beneficio de Estados Unidos. No extraña tampoco que considere que el petróleo venezolano es “nuestro”, que las empresas norteamericanas sean las únicas habilitadas para explotarlo y que los eventuales recursos que surjan de allí tendrán que ser destinados a la adquisición de bienes que el mercado norteamericano proveerá. Bajo esta mirada, en la nueva gobernanza del mundo el poder se impone a la razón, o bien es la única razón existente.
Dentro de esa lógica cabe también el indulto concedido porque “es de los nuestros” al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, preso y condenado a 45 años por la justicia norteamericana bajo los cargos de narcotráfico. O la intromisión directa en favor de Nasry Asfura en Honduras y de Javier Milei en Argentina amenazando con represalias si los ciudadanos osaran votar en contrario de éstos… que fueron “sus” candidatos.
Así planteadas las cosas lo que antes era “malo” ahora hasta puede ser “bueno”. Tampoco hay posturas doctrinales o de principios inamovibles. Es lo que permite entender que secuestrado y sometido a juicio Nicolás Maduro, Estados Unidos siga admitiendo como interlocutor válido a Delcy Rodríguez, en tanto “presidenta encargada”, y al entorno residual del madurismo representado en Diosdado Cabello, mientras humilla (por ahora) a Corina Machado al no reconocerle condiciones para gobernar Venezuela.
Es el pragmatismo del poder de las armas. Una versión actualizada del imperialismo que intenta –al menos por el momento— establecer regiones o zonas de influencia territorial para quienes Estados Unidos sigue reconociendo como los únicos interlocutores con poder en el escenario mundial: Rusia y China. A éstos se les reserva zonas de influencia por fuera de las áreas de interés autoadjudicadas por Trump. Situación que puede variar sin previo aviso si en determinado momento la “moralidad” y la “mente” de Trump consideran que Groenlandia es imprescindible para asegurar sus intereses, que Irán es una “amenaza” a su desarrollo nuclear o que es importante intervenir militarmente contra los rebeldes yihadistas de Boko Haram en el norte de Nigeria como manera de sostener al régimen de su aliado el presidente Bola Ahmed Adekunle Tinubu y con el pretexto de defender a los cristianos frente a la persecución islámica.
Para Trump el mapa del mundo se reconfigura en función de los intereses de Estados Unidos leídos e interpretados bajo el criterio de “la moralidad” y la “mente” de su presidente. Y así como no existen los límites del derecho internacional tampoco los hay para los pronunciamientos del Senado de Estados Unidos que, en estos mismos días, se expidió en contra de las operaciones militares transfronteras practicadas por el mandatario.
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